EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Un día violento en la sierra

Silvestre Pacheco León

Agosto 12, 2018

En el año 2008 trabajaba en un proyecto para la conservación y cuidado del bosque en la Sierra Madre del Sur, muy cerca del puerto de Zihuatanejo.
Nuestra agencia inventariaba la diversidad biológica de los ejidos y gestionaba apoyo para su conservación.
El trabajo lo hacíamos con apoyo de los campesinos que respondían por nuestra seguridad, sobre todo cuando había que atravesar los plantíos de amapola establecidos en las laderas de las barrancas profundas y de agua abundante.
Aquel día de abril era el último dedicado al pueblo de los Valles. Nos interesaba conocer un manantial que a decir de su dueño, lo había creado con agua del mar sembrada al pie de un Bursera simaruba o palo mulato. Sabíamos de esa antigua creencia que tienen los campesinos quienes en las ferias de la costa suelen aprovechar para llevar el agua de mar en botellas que entierran en el lugar que consideran apto para que nazca un manantial u ojo de agua como le llaman.
Nos sorprendió que el ojo de agua estaba ahí junto al garrafón enterrado, confirmando su dicho, aunque al final nos confesara que en realidad se trataba de un manantial desaparecido poco después un incendio que acabó con la capa vegetal de pinos y encinos. Había surgido después de que el bosque se repuso, (quizá con algo de ayuda con el agua de mar).
De regreso a la cabecera ejidal, después de haber concluido nuestro trabajo, casi chocamos con una cuatrimoto piloteada por un joven que salió violentamente del patio de la escuela secundaria rumbo a la salida del pueblo llevando por la fuerza a una estudiante que luchaba por zafarse.
Pensando en la violencia que se respiraba en el ambiente, los del equipo de estudio quisimos alejarnos del lugar pero al final accedimos a la invitación de los campesinos que insistentes nos habían convidado a comer.
Estábamos llegando al restaurante de la carretera cuando nos llamó la atención la violencia con la que dos jóvenes del lugar subían a su camioneta y se alejaban a gran velocidad rumbo al Filo Mayor de la sierra, pero más nos sorprendió su regreso casi inmediato porque en cuanto se detuvieron frente a nosotros, tanto el chofer como su acompañante descendieron del vehículo empuñando sendas pistolas con las que apuntaron y luego dispararon en dirección al restaurante de la esquina.
Al oír los disparos instintivamente nos tiramos todos al piso, entre mesas y sillas de plástico porque en seguida nos dimos cuenta que los atacados también respondían a balazos repeliendo la agresión.
Quedamos inermes en medio del fuego cruzado, protegidos por una endeble pared de madera que servía de mostrador.
Entre gritos y llanto de la gente que corría para ponerse a salvo oímos la voz de Pedro.
–¡Me dieron!, dijo asustado mientras instintivamente nos pegábamos más al piso pensando que podíamos correr la misma suerte de nuestro compañero.
Entonces recordé que habíamos dejado nuestro carro a un lado de la parada de autobuses, casi frente al restaurante en el que estábamos parapetados. Cuando quise ubicarlo descubrí que un sujeto gordo con un arma larga disparaba parapetado en el auto.
Fue en ese momento que llegó el autobús de pasajeros y me tapó la visibilidad, luego la balacera se interrumpió como dando tregua a que los pasajeros bajaran, cargaran sus maletas y se alejaran de la zona de peligro.
Cuando el autobús siguió su camino tuvimos frente a nosotros una escena escalofriante: el comisario del lugar con algunos voluntarios iba levantando los muertos y heridos echándolos en la batea de una camioneta como si se tratara de animales.
Entonces fueron los lamentos de Pedro los que nos volvieron a la realidad.
–Tengo sed y siento que me voy a desmayar.
–Aguanta, no te va a pasar nada, nadie se muere por un balazo en la nalga, le dijimos para consolarlo, mientras yo pensaba afligido que estábamos a merced de la violencia, totalmente aislados, sin nadie a quien recurrir por ayuda y sin la posibilidad de avisar a nuestros familiares de la situación en la que estábamos porque en el pueblo no había señal para llamar por teléfono.
La balacera quizá duró media hora que para nosotros fueron una eternidad, y sobreponiéndonos al miedo quisimos aprovechar la tregua de disparos pensando en la forma de poder llegar al carro donde ahora el gordo que disparaba yacía tendido junto a la puerta.
Cuando los que despejaban la plaza levantaron al gordo y lo echaron a la camioneta dejando libre nuestro carro nos dispusimos a cruzar la carretera para abordarlo.
–Que Pedro camine como si estuviera sano, porque si ven que va herido lo vienen a rematar, nos dijo como recomendación el campesino que nos acompañaba.
Con el mayor aplomo que pudimos llevando en medio del grupo a nuestro compañero herido llegamos al auto y nos dispusimos a dejar el pueblo y su estela de muertos.
A pesar de que manejaba a la mayor velocidad en esa carretera curveada y peligrosa no sentía que avanzáramos y en cuanto tuvimos señal avisamos a Zihuatanejo de la balacera ocurrida y del herido de bala que llevábamos.
Ya estaba oscureciendo cuando encontramos la ambulancia que acudía a nuestro llamado. Ahí subimos al herido que se desmayó en manos de los paramédicos y llegó directo al hospital donde lo esperaban para la cirugía.
Pocos días después de la balacera en los Valles conocimos la historia del drama que refería una rivalidad de años y agravios entre dos familias de pueblos vecinos.
El último era el robo de la estudiante que nos tocó presenciar. El muchacho de la cuatrimoto recién había llegado del norte. No se sabe si la joven respondía de algún modo a las pretensiones y cortejo del recién llegado, pero el hecho apunta a que ella no subió voluntariamente a la moto en que la llevaba, y que la violencia y la fuerza actuaron a favor de él, aunque no así las demás condiciones para el rapto, porque oportunamente familiares de la estudiante tuvieron tiempo para poner un retén a la salida del pueblo donde liberaron a la muchacha y retuvieron al galán.
La pretensión de rescatar al enamorado fue sin medir consecuencias. Sus tíos, los de la camioneta que estuvo frente a nosotros, atacaron a balazos a la familia de la joven que ya estaba prevenida con el rehén.
Dicen que era una mujer, con un rifle de alto poder, la que enfrentó con ventaja a todos los atacantes quienes cuando se vieron tan disminuidos optaron por negociar el rescate.
Al final los atacantes enterraron a sus muertos y regresaron al enamorado para el norte.
La muchacha dejó la escuela y el lugar por decisión familiar, previendo nuevas represalias.