Federico Vite
Julio 08, 2025
Llevo algunos meses conversando con editores, distribuidores de libros, autores y uno que otro reportero que se interesa por la vida literaria. El tema en común es el miedo.
El punto en común de todas esas charlas casuales se ha ido formando, como una efecto bola de nieve, hasta convertirse en una especie de inseguridad que nace de la opinión pública y afecta la fragilidad editorial. Y, según lo veo, en otros ámbitos también está ocurriendo. El miedo se ha entronizado. Es un espectro nacido de la míticas pesquisas que nos recuerdan, con sus debidas distancias, la Santa Inquisición, porque lo que me han dicho está relacionado con el temor de que alguno de los libros en los que trabajan tenga el mal tino de molestar a un político, a un magistrado, aun ferviente morenista que se sienta ofendido, a una asociación civil, a un hombre o mujer de poder. ¿Por qué? La respuesta es la misma: “Porque nadie quiere problemas”.
Yo tenía mis reservas, debo ser honesto, pero al echar un vistazo al caso de algunos reporteros que han pisado callos empiezo a dibujar en el panorama lo que tantos otros me han dicho: “Nadie quiere problemas con los que tienen todo a su favor. Se avecinan juicios sumarios, denuncias en redes sociales, señalamientos por violencia de género, por violencia política. Se vienen multas económicas y, en casos extremos, cárcel”. Dicho de una manera más sencilla: Nadie quiere problemas con los que tienen el poder de aplastarte. Esta aseveración no es exclusiva de un grupo político, sino de una fuerza ominosa, algo más grande.
Yo llevo veinte años en el ámbito cultural. He trabajado en varias partes del país y, por supuesto, he tenido que convivir con políticos de varios colores, con autores de todos los tamaños, con editores pedantes; también con algunos generosos, y con muchos reporteros. En todo este tiempo no había percibido la sensación de miedo que ahora palpo en el ámbito editorial. Un miedo que puede entenderse si se mira con cuidado el caso del narrador español Luisgé Martín, autor de El odio (2025) o si piensa en lo ocurrido con La historia secreta (2024), de la mexicana Anabel Hernández. La periodista refirió que le cancelaron las presentaciones, la boicoteaban e incluso la amedrentaron algunos militantes de Morena.
Martín se propuso explorar la mente del asesino José Bretón, quien en 2011 mató a sus hijos. Ejerció una terrible violencia vicaria. Ellos tenían seis y dos años de edad; el padre los incineró. La madre, Ruth Ortiz, ni siquiera estaba al tanto del libro. No fue consultada por el autor. Así que Ortiz emprendió una lucha para que la editorial retirara del mercado El odio, porque ese libro perpetuaba la violencia que ella y sus hijos padecieron.
El odio se asemeja a Mind Hunter: Inside FBI’s Elite Serial Crime Unit (1995), de John E. Douglas y Mark Olshaker; pero el antecedente en español es Magnetizado (2018), del narrador argentino Carlos Busqued, quien conversó con el asesino Ricardo Melogno y logró algo muy parecido a lo hecho por Douglas y Olshaker. Busqueds hizo un trabajo de no ficción estupendo. De hecho, también fue publicado por Anagrama. En el caso de Martín, Anagrama retiró del mercado El odio. ¿Hubo censura? ¿Se evitaron problemas legales? ¿Hubo negligencia de la editorial y el autor?
Anagrama emitió un boletín de prensa, cuyos aspectos esenciales reproduzco:
“Desde Anagrama somos plenamente conscientes de la monstruosidad de los crímenes cometidos por José Bretón y comprendemos la sensibilidad que puede suscitar la exploración de la condición del asesino que aborda el escritor Luisgé Martín en El odio.
La literatura trata desde siempre realidades complejas y dolorosas, también crímenes que han marcado a sociedades enteras. Desde Emmanuel Carrère o Truman Capote, y tantos otros, los escritores pueden trabajar con materiales difíciles y controvertidos. La obra de Luisgé Martín intenta dilucidar una violencia extrema, las condiciones en las que se produce y las implicaciones filosóficas y éticas de la crueldad como una pulsión en lo humano, explorando cómo la sociedad y la sicología individual convergen en actos que desafían la moral.
El tratamiento literario de El odio se aleja y rechaza cualquier intención que no sea la de presentar al lector la maldad del asesino sin justificar ni exculpar el crimen sino al contrario, mostrando su horror.
Reafirmamos nuestro compromiso con la responsabilidad editorial y la libertad de expresión, sabiendo que ambas deben convivir. En este sentido, entendemos que la literatura puede y debe abordar estos temas sin dejar de lado la complejidad que representan, como hace Luisgé en El odio.
La Constitución reconoce el derecho fundamental a la creación literaria. Por ello, Anagrama considera que tanto el autor como la editorial están en su derecho de publicar esta obra, pero esperaremos a lo que las resoluciones judiciales indiquen”. El asunto es que días después de esta aseveración, la editorial suspendió, de manera voluntaria, la distribución de la obra.
¿Ha dicho algo Luisgé Martín? Él también emitió un boletín. “Mi intención ha sido indagar sobre el odio, sobre la brutalidad de la naturaleza humana, sobre la crueldad, sobre las estructuras sociales que sostienen esa violencia inacabable”.
Martín argumentaba que, en realidad, él “quita voz a Bretón, niega su explicación de los hechos, le enfrenta con sus contradicciones (…), sirve para mostrar los laberintos de la infamia y de la vileza de un asesino”. Agregó también: “Merece una reflexión que un libro como El odio, que pocas personas han leído, despierte el odio público que ha despertado entre los que no lo han leído”.
Ya no puede leerse, por lo menos en Anagrama, El odio; los derechos regresan al autor. Desató múltiples enconos, ofendió a más de una persona y marcó un rumbo: no provocar a la gente, porque eso afecta el negocio editorial. Este caso revela una lección mayor: hay temas que ya no deben tocarse, ya no deben mencionarse, ni mucho menos defenderse. Es una característica de nuestro tiempo. El miedo, a eso alude mucha gente de éste y otros ámbitos, está en ciernes. Y produce algo más: el miedo renueva el debate sobre la libertad creativa y la sensibilidad para hablar de las víctimas. Luisgé Martín no tuvo la sensibilidad para acercarse a la señora Ortiz y nutrir el libro de otra manera. Ahí está el telón de Aquiles.
Pero de lo que más me han hablado esos editores, autores y reporteros, no es de la sensibilidad para abordar el asunto de las víctimas, sino de la necesidad de borrar todo vestigio, seña o identidad que pueda enfurecer a un juez, un magistrado, un político o un militar; sobre todo, en tiempos en los que disentir tiene repercusiones graves.
@FederíVite