EL-SUR

Lunes 08 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Un futuro de ficción

Florencio Salazar

Octubre 20, 2025

Parece que hilamos la enciclopedia
de la ignorancia. Jorge F. Hernández.

La inteligencia artificial (IA), no solo está cambiando las herramientas de trabajo; está modificando la estructura del poder. En su avance vertiginoso, perfila un gobierno planetario que podría presentarse como el mayor logro de la racionalidad humana, pero también como la culminación de su servidumbre. En este futuro posible, los continentes se convertirían en naciones federadas; las elecciones serían siendo representativas, pero el gobierno –como en la antigua Roma– estaría en manos de una élite corporativa de alcance global.
El Estado mundial determinará quién estudia qué, de acuerdo con las necesidades del propio sistema. La salud será universal, aunque estratificada: todos tendrán derecho, pero como diría Orwell: unos tendrán más derechos que otros. La cultura será dominio de especialistas, mientras el deporte, cada vez más masivo, ofrecerá héroes que compensen la falta de ideales. Los científicos –anónimos y opulentos– trabajarán para corporaciones que administren el conocimiento como recurso estratégico. El mérito, medido por algoritmos, será la nueva moral. Australia, esa isla-continente lejana, podría convertirse en Arcadia: el territorio donde todas las libertades estén confinadas. Será híbrido de Esparta, Roma, Star Wars y 1984, quizá con el desierto y la violencia de Mad Max.
Mientras el mundo discute los límites éticos de la IA, Guerrero sigue atado al atraso estructural que lo ha definido durante décadas. Su economía depende del gasto público (noventa centavos de cada peso es federal), de los programas sociales y de las remesas. La violencia, el caciquismo y la corrupción son males persistentes que degradan cualquier esfuerzo de modernización.
En un contexto así, hablar de un gobierno planetario tecnocrático puede parecer un ejercicio de ciencia ficción. Pero lo inquietante es precisamente lo contrario: el riesgo de que la humanidad avance hacia un sistema de inteligencia centralizada mientras amplias regiones del planeta quedan desconectadas, sin educación de calidad, sin industria y sin esperanza. El salto tecnológico no reduce las desigualdades: las profundiza.
La inteligencia artificial puede conducirnos también a una esfera dividida entre quienes controlan la información y quienes sobreviven en la ignorancia.
En México –imagínese Guerrero– el signo más claro de esa fractura es el deterioro educativo. La reducción del libro de matemáticas a apenas treinta páginas no es un descuido técnico; es un síntoma. La educación pública se está vaciando de contenidos y de propósitos. Sin matemáticas, sin ciencia, sin filosofía, no hay pensamiento crítico: solo capacitación básica para la obediencia.
Mientras en laboratorios globales se diseña el futuro, en las aulas rurales se disuelve el presente. El país que no alfabetice en tecnología será mano de obra barata en la nueva servidumbre digital. Guerrero con su potencial humano y natural, podría ser laboratorio de innovación; en cambio sigue siendo territorio de rezago. Ejemplo aleccionador es la próxima sucesión gubernamental: no se piensa en el mejor perfil, sino en quien es más cercano al poder decisorio. Se trata de un juego de influencias sin considerar las aptitudes.
El atraso de Guerrero no es un destino: es la consecuencia de haber confundido el discurso social con el desarrollo real. Si la inteligencia artificial está gestando un gobierno global, lo mínimo que deberíamos exigir es que ese poder no nos encuentre de rodillas, sino con la mente alerta y en acción.