EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Un lugar para la esperanza

Jesús Mendoza Zaragoza

Diciembre 16, 2007

En contextos de conflictos políticos, de contrastes económicos, de crisis culturales y de tensiones sociales emerge una
interpelación que, a mi juicio, en fundamental: ¿tiene sentido desgastarse en la lucha por un mundo mejor que el que tenemos?
¿Hay una garantía de que el mundo puede ser mejor y que no estamos condenados hacia una frustración más? ¿Hay razones para
esperar que el futuro no se nos vaya de las manos? En fin, se trata de la pregunta por la esperanza.
Muchas acciones públicas realizadas desde los sectores público, privado y social se perciben tan cerradas en sí mismas y sin una
perspectiva de futuro y de bien público. Las autoridades cumplen programas para publicarlos y para permanecer en el poder, los
partidos se enfrascan en disputas interminables para tener más electores, los empresarios invierten para obtener más ganancias,
las organizaciones sociales luchan simplemente para sobrevivir sin más. Horizontes estrechos, todos, que se sustentan en
visiones tan parciales, cerradas y hasta egoístas. Ya no hay utopías, ya nadie habla de socialismo ni de sociedad sin clases ni de
un mundo nuevo. Ni siquiera eso.
Se experimenta una inercia desprovista de esperanzas. Pareciera que las que había en tiempos anteriores ya murieron y estamos
condenados a cancelar nuestro futuro. En este contexto, hay una insistente pregunta de Benedicto XVI: “¿Qué podemos esperar?”.
En su reciente encíclica “Spe Salvi facti sumus” (En esperanza fuimos salvados) enfoca de manera directa el tema de la esperanza,
su actualidad y su necesidad actual. Hace una serie de planteamientos que quieren ser de gran ayuda para quienes profesan su fe
en Jesucristo. Pero, sin lugar a dudas puede abrir horizontes a quienes al luchar por un mundo más justo y fraterno se estrellan
contra su propia impotencia y contra los muros que obstruyen la justicia y la paz en el mundo y en cada contexto particular.
La esperanza es un eje fundamental de la vida. Y es decisivo para quienes, con toda honestidad y con toda la pasión entregan lo
mejor de sí mismos – en ámbitos públicos o particulares- para hacer este mundo más justo y fraterno. “Cuando los pacíficos
pierden toda esperanza, los violentos encuentran motivos para disparar” decía Harold Wilson, mientras que Jorge Guillén
afirmaba que “cuando uno pierde la esperanza uno se vuelve reaccionario”. En este sentido, arrancar las esperanzas del corazón
de un pueblo es condenarlo a muerte. Y por otra parte, no hay tarea más noble que despertar las esperanzas en los pobres, en
los sufrientes, en los excluidos porque de ella se desprenden las energías que necesitan para liberarse de todas sus ataduras y
forjarse una vida digna.
Pero hay de esperanza a esperanza, según el soporte de cada una. Hay pequeñas y grandes esperanzas según sea la solidez de
su fuente. Hay gobiernos que levantan esperanzas para después defraudarlas, hay quienes sostienen las esperanzas de otros por
su solidaridad o por su humanismo, hay instituciones en las que la gente se ampara para seguir esperando soluciones a sus
pequeños o grandes problemas.
Pero el ser humano necesita vivir a partir de una Esperanza, así con mayúscula. La cercanía de las fiestas navideñas nos da la
oportunidad de hacer una consideración al respecto. En el corazón del pueblo de Israel se desarrolló una esperanza a lo largo de
muchos siglos. La esperanza mesiánica daba un sentido a la historia de este pueblo. Y dicha esperanza tenía como fundamento
una promesa divina. El Mesías vendría a dar cumplimiento a dicha promesa. La constitución de Israel tuvo como fundamento la
esperanza misma, arraigada en Yahvéh. “Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un
rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es
un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos
alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en
un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello
que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es ‘realmente’
vida”, sostiene el Papa Ratzinger.
Estamos hablando de una utopía religiosa que puede tener un impacto decisivo en los esfuerzos históricos por mejorar la suerte
de los pueblos, sobre todo de los pobres. Y la carencia de utopías que activen las esperanzas humanas es uno de los graves
males que tenemos que soportar en estos tiempos postmodernos. Hay que tener en cuenta que “el esfuerzo cotidiano por
continuar nuestra vida y por el futuro de todos nos cansa o se convierte en fanatismo, si no está iluminado por la luz de aquella
esperanza más grande que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el fracaso en los
acontecimientos de importancia histórica. Si no podemos esperar más de lo que es efectivamente posible en cada momento y de
lo que podemos esperar que las autoridades políticas y económicas nos ofrezcan, nuestra vida se ve abocada muy pronto a
quedar sin esperanza”.
Sin embargo, es importante saber que todavía se puede esperar, aunque aparentemente ya no tengamos nada más qué esperar
para nuestra vida o para el momento histórico que estamos viviendo. Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las
frustraciones, la vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias
al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para vivir y para luchar
por la justicia.
El frenético devenir de las tensiones, los desencuentros y los conflictos públicos que a diario se ventilan en los medios, nos urge
a encontrar espacios para mirar las pequeñas historias y la gran Historia con una perspectiva de mayor amplitud y profundidad.
Bien se dice que hay que actuar localmente pero hay que pensar globalmente, con visión e inteligencia si queremos promover los
cambios necesarios para construir una sociedad mejor que la que tenemos, abierta y dispuesta parta todos sin exclusión ni
discriminación. Pero por más que pensemos globalmente, el espíritu humano reclama, además, la necesidad de una esperanza
que se tenga su fundamento más allá de todos los límites que la condición humana impone a nuestras luchas y nuestros
esfuerzos por establecer una convivencia humana más fraterna y abierta al futuro.
Los proyectos históricos de cambio social están urgidos de esperanza, de esa Esperanza con mayúscula que capacita para no
detener la Historia después de cada descalabro, de cada frustración o de cada traición. La Esperanza abre siempre una puerta
cuando otra ha sido cancelada y empuja la marcha hacia delante para no detenerse ni extraviarse ante las inercias de la injusticia
y de la mentira.