EL-SUR

Martes 28 de Junio de 2022

Guerrero, México

Opinión

Un mundo enloquecido

Jorge Zepeda Patterson

Enero 12, 2004

 

 

Corre por internet un mensaje anónimo que describe de manera impecable la confusión y la incertidumbre que hoy se vive. “Sabes que el mundo ha enloquecido cuando el mejor rapero es un blanco, el mejor golfista es un negro, Suiza tiene la Copa América, Francia acusa a Estados Unidos de arrogancia y Alemania no desea ir a la guerra” (dicho sea de paso, la Copa América es la máxima presea mundial en materia de competencias de velero, y sin embargo Suiza, que carece de mar, fue campeón de la prestigiada justa).

El párrafo anterior parece un simple chiste, pero da pistas de una verdad diáfana y contundente: el mundo es un carnaval, en el que se han perdido muchas de las certidumbres de antaño.

En México hay cosas que nunca volverán a ser las mismas. Los regiomontanos se han vuelto despilfarradores y ostentosos, el equipo Pachuca tiene más campeonatos en los últimos años que el Guadalajara, el América y el Cruz Azul sumados. Y la posibilidad de una reelección presidencial parece que está de vuelta por la vía más inesperada: el lanzamiento de Marta Sahagún.

El caso más reciente de esta feria de paradojas tiene que ver con el asunto migratorio. Para muchos especialistas el acuerdo propuesto por Bush en los últimos días respecto del tema de migración es una panacea; quizá no es el plan ideal pero representa un buen pedazo de “la enchilada” que se estaba buscando. Para otros, en cambio, no sólo es insuficiente sino también indigno. Lorenzo Meyer, el conocido historiador de El Colegio de México, asegura que la cláusula que establece que dicho acuerdo sólo legalizará trabajos que no sean queridos por un norteamericano, equivale simple y llanamente a una suerte de esclavitud. Los imperios, dice Meyer, siempre han requerido de trabajadores para que hagan las tareas que los ciudadanos libres consideran indignos. En Roma y en Grecia justamente por ese motivo se justificaba la esclavitud.

Quizá la palabra esclavitud es excesiva. Pero lo cierto es que fue un detalle de rudeza innecesaria explicitarlo de esa manera. El proyecto de ley establece que el trabajador extranjero podrá legalizar su estancia si el patrón demuestra que ese empleo no era deseado por algún ciudadano estadounidense. Pero había muchas maneras de plantearlo; habría bastado con decir que se trataba de empleos no satisfechos por la demanda local. Desde luego la diplomacia nunca ha sido una de las virtudes del Imperio.

También llama la atención el cuidado escrupuloso que puso la Casa Blanca en la manera de dar a conocer la noticia: se aseguró que por ningún motivo la opinión pública mexicana lo considerara un triunfo por parte del gobierno mexicano. Si bien está claro que el proyecto de Bush tiene esencialmente un propósito electorero (ganar votos entre la creciente minoría latina de cara a las elecciones presidenciales de fines de este año), nada le costaba involucrar parcialmente al gobierno de Fox, por lo menos en el aviso, para que éste pudiera apuntarse un éxito en su abollado arranque de segundo trienio.

Pero todo indica que los funcionarios mexicanos se enteraron del proyecto por la televisión norteamericana en el momento en que lo anunció la Casa Blanca. Sin duda fue la respuesta puntual, el desquite, del equipo de Bush a la falta de apoyo por parte del gobierno de México en la coyuntura de guerra con Irak (falta de apoyo que Bush asumió como un desaire personal de parte de su amigo Vicente Fox).

Pero más allá de la anécdota, lo importante es el acuerdo. Desde luego es insuficiente pero soy de la opinión que debemos festejarlo por lo que ello representará para varios millones de compatriotas. Para ellos es asunto de vida o muerte (poder cruzar legalmente una y otra vez la frontera, llevar a sus parientes, tener prestaciones), mientras que para muchos de nosotros es un tema para polemizar en el café. Obviamente el gobierno mexicano debe intentar ir por más. Pero antes de rechazar lo que se ha logrado, o de desgarrarnos las vestiduras por la manera “indigna” en que los gringos ofrecen migajas a nuestros trabajadores, tendríamos que asumir moralmente el hecho de que esos compatriotas tienen que irse porque aquí no les ofrecemos esas migajas. El modelo económico vigente desde hace décadas los ha convertido en parias de su propia tierra y les ha obligado a buscar el sustento en los cinturones de miseria en torno a las ciudades o en el extranjero. Las clases medias urbanas que hemos sido los beneficiarios de esa expoliación no tenemos ningún derecho a criticar la posibilidad de una leve mejoría a través de este nuevo acuerdo. Podríamos intentar mejorarlo, pero no rechazarlo. Lo que deberíamos hacer, en todo caso, es revisar a fondo el orden de cosas para que estos mexicanos pudieran tener una vida digna en la tierra que les pertenece. Pero eso no se hará porque perjudicaría el nivel de vida de los que no tienen que emigrar pero se indignan por lo que los gringos hacen a nuestros compatriotas. Desde luego vivimos en un mundo enloquecido.  [email protected]