EL-SUR

Viernes 01 de Julio de 2022

Guerrero, México

Opinión

Un país embrujado

Jorge Zepeda Patterson

Agosto 21, 2006

Entre las muchas explicaciones que he escuchado sobre la situación política, la de una afanadora del aeropuerto me parece tan buena como cualquier otra: “Lo que pasa es que el país está embrujado, alguien con mucho poder le echó un mal de ojo y así como las personas se enferman y se vienen abajo, seguro que a México le ha pasado lo mismo”, dijo con firmeza esta experta en artes ocultas. La verdad, no me imagino a Carlos Salinas enterrando alfileres en la bandera tricolor en una ceremonia vudú, pero la tesis de esta señora por lo menos tiene un asidero. El resultado electoral del pasado 2 de julio, y lo que ha sucedido después parece el producto de un guión de muy mala leche. De entrada, porque la diferencia entre el primero y el segundo lugar es prácticamente una pestaña. Luego, porque justamente el que quedó en segundo lugar había sido el favorito de las encuestas durante largos meses, por lo que ahora genuinamente cree que le arrebataron la Presidencia.
El guión pos electoral sigue por los mismos caminos del humor negro. Hasta ahora no hay resultados oficiales sobre el recuento de votos en 9 por ciento de las casillas coordinado por el Trife, pero cada bando exhibe datos como argumento para validar sus pretensiones.
El problema de fondo es que ambos tienen una parte de la razón. Tiene razón AMLO cuando dice que la competencia no fue pareja y que los poderes de facto inclinaron la balanza en su contra. Tiene razón Calderón cuando afirma que los ciudadanos decidieron con su voto otorgarle la mayoría. Tiene razón AMLO cuando asegura que la causa de los pobres es prioritaria y que el país podría no resistir seis años más del mismo modelo (un estudio dado a conocer esta semana revela que México es uno de los cinco países con mayor desigualdad en el mundo y que la brecha sigue aumentado). Tiene razón Calderón cuando afirma que el país necesita consolidar las leyes, los tribunales y las normas democráticas. Desde luego es un país embrujado cuando las dos posiciones tienen tan poderosos argumentos para atrincherarse cada una en su propia necedad.
López Obrador sabía que estaba entrando en una competencia desigual, pero estaba tan convencido de que a pesar de ello iba a ganar la elección que no hizo mayores reclamos hasta después del resultado. Recordemos que fue Roberto Madrazo, y no El Peje, quien casi un mes antes de la jornada denunció una “elección de Estado” por las intervenciones de Fox y el gobierno federal. Ciertamente AMLO se había quejado pero lo había hecho más en tono de chunga (“cállate chachalaca”). Tenía tal confianza, que veía la intervención de los poderes en su contra como una circunstancia que hacía más meritorio su triunfo e investía a su causa de una especie de mandato moral. AMLO denunciaba las irregularidades pero no con el ánimo de deslegitimar o invalidar el proceso, sino para evidenciar la naturaleza contestataria, casi épica, de su inminente triunfo.
Pero perdió. Lo demás es historia. Hay suficientes elementos para asumir que, en efecto, algunos grupos de poder operaron en su contra. No será fácil demostrar en tribunales que esas intervenciones fueron suficientes para propiciar un vuelco en el resultado. A juzgar por las actitudes del propio AMLO, quien convocó a una Convención para el 16 de septiembre, parecería que el movimiento se prepara para una larga fase postelectoral.
El futuro inmediato dependerá del fallo del Trife. En caso de nulidad, escenario menos probable, la indefinición se extendería otros 18 meses hasta que se celebren elecciones extraordinarias. En el caso de que se otorgue el triunfo a Calderón, todos los reflectores estarán puestos en el movimiento lopezobradorista. Al menos en dos sentidos: primero, sobre la intención; ¿reventar el gobierno de Calderón a cualquier costo o simplemente generar una presión política y social para impulsar un modelo más equitativo? Y segundo sobre la fuerza o músculo del movimiento: ¿mantendrá el apoyo masivo que hasta ahora ha tenido y conservará unido a sus aliados y cuadros políticos, o comenzará a diluirse la fuerza y dividirse en fracciones el grupo político?
Es muy pronto para decirlo. Al margen de las intenciones de su dirigencia, la situación entraña riesgos que podrían escapar al propio AMLO. A partir de la convocatoria a la resistencia civil, se han incorporado al movimiento grupos más radicales. Sectores cercanos al EZLN y equivalentes, células de barrio y sindicato marginales, agrupaciones campesinas maoístas, etc. El Subcomandante Marcos había criticado a AMLO y boicoteado a las elecciones. Pero bastó que el PRD impugnara los comicios para que todos ellos se sumaran a su causa. Por el momento no ha pasado nada, pero son grupos que están en las marchas y plantones, y tienen su propia lógica, su propia agenda. Hace una semana dediqué este espacio a analizar el surgimiento de los “halcones” por parte de la derecha. Por desgracia se requiere simplemente un grupo provocador de un lado, y una fracción dura y represora del otro para iniciar una conflagración. Esperemos que no sea el caso y que los dos bandos defiendan sus causas y sus razones sin transitar por su lado oscuro de intransigencia y violencia.
Ojalá que el guión de humor negro que han seguido los acontecimientos no tenga giros dramáticos. Quizá todos hemos sido responsables del mal de ojo que tiene al país embrujado. Entre todos hemos creado este clima de polarización. Habría que empezar a extraer los alfileres y dejar de recurrir a etiquetas para describir al rival. Lo que ha sucedido al país puede ser el prólogo de una tragedia si los dos bandos siguen empeñados en derrotar a su adversario a toda costa. Pero también ofrece la oportunidad de emprender cambios que son urgentes desde hace tiempo.

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