EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Un paseo al parque ecológico Aztlán

Silvestre Pacheco León

Noviembre 12, 2017

Fue uno más de mis propósitos y retos antes de finalizar 2017. Las lluvias estaban por terminar y la temporada baja de turismo había comenzado.
El reto era visitar caminando el parque ecológico del Fonatur, localizado en el extremo poniente del litoral turístico, a unos 15 kilómetros de Zihuatanejo.
Me animó el clima fresco por el día nublado. Ya eran casi las 12 del día cuando me puse a caminar con la mochila de tantos viajes provista de las cosas básicas para estos menesteres, una cámara fotográfica, mis binoculares, una navaja de acampar, una toalla para limpiarme el sudor, lentes oscuros, repelente contra moscos, un sombrero, y mis zapatos flexibles, además del traje de baño y mis googles, el libro del momento y mi hamaca inseparable, sin faltar el agua para beber.
En 15 minutos a buen paso estoy en la orilla de la ciudad, entre la colonia del Vaso Miraflores y la del Limón.
Aquí da inicio la ciclopista, una obra magnífica construida en la época del gobierno de Ernesto Zedillo quien como asiduo vacacionista de Zihuatanejo disfrutaba con su familia los paseos en bicicleta.
En la época de lluvia todo es verdor y la hierba crece como si fuera competencia, de hecho cada planta emprende una carrera contra el tiempo para reproducirse porque no sabe lo que tarde la lluvia ¿o sí?
Todo el primer tramo de la ciclopista es cuesta arriba, no de mucha pendiente pero lo suficiente para resentirlo en los primeros 500 metros que se completan cuando uno está frente a la entrada al parque ecológico del Limón, otro lugar de Zihuatanejo para la recreación.
En el camino escasea la sombra y comienzo a resentir el calor del sol; mi cuerpo suda y las piernas comienzan a sentirse rígidas, pero me anima que está cerca la cima.
Casi llegando hay una escalinata rústica que serpentea a la derecha para llegar hasta una roja peña que se abre como una manzana. Alguien construyó un altar en ése lugar donde se ven algunos cuadros de santos y restos de veladoras.
Un descanso en la cima

Ya estoy en la cima, frente al monumento del Fonatur, en ése nudo de caminos donde confluyen las carreteras que vienen de la playa de la Majahua, Ixtapa y Lázaro Cárdenas. Para pasarlo hay que hacerlo por un túnel siguiendo la ciclopista.
Llevo una hora de camino y me detengo a descansar frente al puente de retorno que hay rumbo a Ixtapa.
Algunas palmeras y parotas convidan a sentarse sobre el pasto verde y recortado.
No lo he dicho pero todo el trayecto de la ciclopista está sembrado de plantas y árboles de ornato que tienen su propio atractivo.
Frente a la sombra donde descanso atrae mi vista el campo amarillo de las flores copas de oro y bugambilias de diferentes colores, ambas plantas no saben vivir si no florean y entonces el ambiente se vuelve más amable.
Como ha sido un temporal lluvioso que recordaremos por el temblor que se repitió en la misma fecha de 1985, del magnífico cerro de Ixtapa bajó nuevamente la cascada en la que se bañan cientos de paseantes.
Como lo que sigue todo es bajada uno se siente con ganas de avanzar después del ligero descanso.
A pocos pasos se penetra a un espacio de bosque totalmente solitario, tanto que los pájaros se incomodan con la presencia de extraños y lo manifiestan con su gorjeo.
Así, bajamos hasta el plan donde comienza la enorme avenida de los Viveros, calles anchas y rectas, nada concurridas a pesar de ser domingo o quizá porque es día de descanso. Entre semana la invaden los estudiantes de un colegio privado que hay en esta zona.
Hago exactamente media hora en recorrer el Paseo de los Viveros cuando estoy entre el cuartel del Ejército Mexicano y los talleres de Fonatur, frente al segundo campo de golf de los de Ixtapa.
Aquí comienza la segunda cuesta, bastante más corta y descansada que la anterior, en unos diez minutos estamos nuevamente bajando hasta el plan que no se modificará en todo lo que nos falta del trayecto.
Aquí me encuentro a tres jóvenes ciclistas que vienen del paseo y a uno que apenas va.
Sigo avanzando y ahora son tres mujeres las que vienen de regreso, pedaleando cansadas y sudorosas.
Ya debo pasarme al lado lateral de la derecha porque comienza el tramo de recta que me llevará hasta la entrada al parque ecológico.
En esta parte que es de las más bajas del terreno aparece otro tipo de vegetación y de vida, a pesar del medio día ya está el concierto de ranas y sapos como anunciando que es el comienzo de la laguna del Negro como se conoce el estero que crece a los pies del cerro del que dicen que fue refugio de piratas y lugar de tesoros escondidos.

A las puertas del parque

He caminado dos horas desde la Fuente del Sol y estoy a las puertas del parque ecológico Aztlán que permanece abierto de 7 de la mañana a 7 de la tarde.
Sus atractivos naturales son la selva baja que colinda con el estero y el cerro a la orilla del mar que sirve de referencia a los pescadores ribereños.
Su flora y fauna es la característica de la región y el paseante las puede apreciar con la comodidad del camino seco y despejado.
Apenas llevo medio kilómetro andado cuando veo delante de mí a una pareja de jóvenes novios. Van de la mano caminando sin pena. La muchacha vestida como si fuera a la plaza, con zapatos de calle y bolsa de paseo, su pareja en playera y bermudas.
Los alcanzo, los saludo, sigo caminando y de pronto comienza el espectáculo.
Primero veo una mariposa blanca de esas grandes que vuelan lentas, con gracia y candor, más adelante me distrae una pareja de mapaches que corren asustados al verme, cada uno va por rumbos distintos.
Mientras preparo mi cámara va la iguana recién nacida, de color verde como terciopelo caminando lenta por la raya blanca, se detiene, me mira con curiosidad mientras casi la toco, y luego sigue su camino.
Ahora es un par de urracas las que aparecen en la copa de un árbol, son esos pájaros largos y flacos de gris y negro, coronados con una especie de cuernos, tienen mala fama entre las gentes del campo porque dicen que esas aves delataron a Cristo cuando huía de sus perseguidores, pero la verdad es que su desafinado canto es una especie de alerta para los habitantes de la selva.
A un lado del camino veo una pareja de tejones que trompean en el lodo sin reparar en mi presencia.
Apenas los he dejado atrás cuando en una curva miro uno, dos, tres, cuatro ocho, nueve ejemplares más, toda una familia ocupada excavando con sus hocicos en la tierra mojada sin molestarse en voltear.

El mata palo

He llegado hasta la ceiba que está a bordo del camino, con un letrero que la identifica. Los lugareños le llaman mata palo, porque en algunos casos que nace junto a otro árbol, lo cubre totalmente con su piel hasta matarlo.
En éste caso se trata de una palma real de unos seis metros de alto que está a punto de sucumbir con el tallo cubierto por la piel de la Ceiba. Caprichos de la naturaleza.
Después del escándalo de las urracas escucho el apacible canto del cenzontle, aunque no lo veo, pero buscando entre el follaje aparece frente a mí ése pájaro raro que no he podido clasificar, azul tornasolado, con el pecho amarillo y una cola extravagante por larga y bien cortada.
Estoy tomando fotos cuando escucho el ruido de personas, son dos mujeres y un joven que pasan en sus bicicletas y me saludan.
Más adelante es una pareja que viene de vuelta. Después otros dos jóvenes me están rebasando, y cuando llego hasta el primer mirador que se llama De las tortugas me encuentro a toda una familia de ciclistas que descansa comentando sobre los tejones.
Mientras descanso tomando fotos pasan otros ciclistas y cuando reanudo mi camino otra vez vuelvo a escuchar el concierto de las ranas en el estero que de tan lleno casi llega al borde del camino.
De vez en cuando me detiene un ruido en el agua, como algo pesado que cae, puede ser un cocodrilo capturando una presa, porque aquí los cocodrilos abundan y en tiempo de escasez de comida, incursionan en el mar.
En las distintas épocas del año también se pueden admirar los majestuosos patos migrantes que llegan de Canadá en grandes parvadas y de vez en cuando el espectáculo de los flamencos rosados que con más frecuencia llegan a Celestum, en la península de Yucatán.
Estoy llegando al final del paseo después de tres horas de camino. Al salir de la selva cuento hasta 25 personas que han hecho el paseo en bicicletas descansando frente al cocodrilario donde medio centenar de ejemplares descansa plácidamente.
En diez minutos más estoy frente al embarcadero de la isla de Ixtapa, pero como quiero nadar me encamino hasta playa Quieta, donde a la sombra de un mangle cuelgo mi hamaca, repongo fuerzas y me refresco nadando en las aguas del Pacífico.
Cuando estoy descansado y repuesto del camino, con el pardear de la tarde, feliz y satisfecho regreso a Zihuatanejo.