EL-SUR

Jueves 18 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Un tête à tête sobre África

Federico Vite

Abril 20, 2021

El autor nigeriano Chinua Achebe publicó en 1958 Todo se desmorona (Traducción del inglés: José Manuel Álvarez Flórez. España, De Bolsillo, 2010, 208 páginas). Novela que vertebra una gran crítica a Heart of darkness (1899), conocida en español como El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Todo se desmorona es la primera piedra de una trilogía (Me alegraría de otra muerte y La flecha del dios) en la que Achebe intenta revertir lo señalado por Conrad, a quien responsabiliza de haber deshumanizado a la gente de África.
Para Achebe, Conrad escribió desde una terrible ignorancia. Superflua y lastimosamente refirió atuendos, maquillaje, armas y comportamiento como si los africanos fueran animales. En honor a la verdad, El corazón de las tinieblas puso el ojo sobre el colonialismo atroz del hombre blanco, eso sin duda es un acierto, pero propició algunos prejuicios que flagelan a los de piel oscura. Otro elemento destacadísimo de Conrad en esta novela es la destreza técnica, porque no sobra decirlo, estamos ante un artefacto técnicamente ejemplar.
Con la mente puesta en señalar los abusos autorales, digamos, Achebe edificó una novela. Tomó la cultura de un pueblo para oponerla a lo referido por Conrad. Se dio a la tarea de mostrar la organización social y teológica de un clan. A diferencia del escritor polaco-inglés, Achebe muestra el idioma de los igbos como un fruto de la reflexión y el análisis de la realidad, finalmente una manera de aprehender el mundo. Derrumba así lo que describió Conrad como el lenguaje de los aborígenes: “gritos, meros balbuceos y aullidos”. El idioma del otro, sugiere Achebe, es sagrado. Todo se desmorona abrió la puerta, entre otras tantas cosas, a los estudios postcoloniales.
Achebe hace una enfática referencia a algunos de los pasajes de El corazón de las tinieblas en los que los africanos aparecen como esclavos y, lastimosamente, como gente salvaje y violenta. Sugiere que actúan sin raciocinio, sólo por inercia y crueldad. Si nos quedamos con la idea de Conrad, no habría mucha diferencia entre la gente, la fauna bulliciosa y la flora exuberante de África. Todo sería un mero paisaje matizado por la intensidad del follaje verdísimo que oculta la violencia tras esa cortina vegetal. Pero debe enfatizarse también que Conrad creó un libro terriblemente simétrico, un artefacto impecable a nivel técnico, que explora la depredación incontenible del humano. En cuanto a lo simétrico de esta empresa narrativa, me parece prudente citar lo señalado por Sergio Pitol en el ensayo Conrad, Marlow, Kurtz: “Marlow, sentado en la cubierta de un barco anclado en el Támesis, espera a que cambie la marea para poder zarpar. Es de noche. Unos cuantos amigos lo rodean. De pronto, inicia uno de esos vagos, larguísimos relatos a los que sus amigos seguramente están ya acostumbrados. Se trata de una evocación del bosque extendido frente al río donde está anclado el barco, diecinueve siglos atrás, cuando en aquel país reinaba la más absoluta oscuridad y a donde en un cierto momento llegaron las legiones de Roma”. No sobra decir que cuando uno lee El corazón de las tinieblas tiene la certeza de que se trata de un autor vivo hablando, obviamente, de un problema reciente. La actualidad de esta novela es asombrosa; en cambio, Todo se desmorona se dirige necesariamente al pasado. Para ser precisos, emprende un camino de regreso al origen. Se fecha el relato en 1890. Nigeria y los ibgos son la sustancia del texto; en especial, Okonkwo, El Gato, un líder social y campeón de lucha en Umuofia, un grupo de nueve pueblos ficticios de Nigeria, que para usos prácticos de la ficción se encuentra al oeste de la ciudad real de Onitsha, en la orilla oriental del río Níger. Debe decirse, también, que Conrad no oculta el saqueo flagrante en África, representado en el relato por el temerario Kurtz, un manipulador ambicioso y rapaz que sólo buscaba explotar el marfil del Congo. Un personaje de resonancias míticas.
Todo se desmorona contiene una historia en la que Okonkwo tiene mucho que ver. El lector se entera que el protagonista es voluble y proclive al mal humor. Pierde la estabilidad fácilmente. Es buen granjero y gran guerrero. Buen esposo y padre, pero su vida se viene abajo cuando mata al hijo de un miembro del clan y es sentenciado a siete años de exilio. Okonkwo se va a la región de Mbanta. Cuando él está allá aparecen los británicos y se entera, por medio de un amigo, que el clan está siendo destruido. Okonkwo se mete en más problemas y comete una gran falta: le arranca a una persona la máscara de un egwugwu (símbolo de uno de los espíritus ancestrales del pueblo) durante la ceremonia de adoración a la tierra. Como una deriva de ese hecho, se desata otro problema: Okonkwo mata al mensajero de los comisionados del distrito británico. Por tanto, el comisionado de distrito busca a Okonkwo. El fin de la historia es extraordinario.
El lector también puede rastrear en Todo se desmorona el colonialismo británico en África occidental. Aparecen, por supuesto, los misioneros católicos, quienes poco a poco hicieron que los igbos adoptaran otra religión, otro dios y otra forma de entender el universo.
Todo se desmorona es una novela costumbrista. Un relato en el que Achebe retrató labores de género, rituales teológicos, reuniones militares e ideologías. Cuando el autor traduce toda la cosmovisión de los igbos (Things fall apart se escribió originalmente en inglés), el lector comprende que el ideal del salvajismo y la beligerancia detallado por Conrad es un mero artificio que dio color e intensidad al relato de Charles Marlow, quien vivió a orillas del río Congo. Pero en el otro costado de En el corazón de las tinieblas, Kurtz no sólo es un cerdo capitalista, colonizador y salvaje: ese personaje agranda el misterio de toda la novela y lo hace de una manera esencialmente humana, llena de contradicciones que tensan aún más los hilos de la trama. La vida de ese hombre fue tocada por el mal. Así de simple. El talento de Conrad reprodujo el toque de lo maligno con maestría. El problema con esto es que gracias a las habilidades narrativas de Conrad, su libro también potenció algunos prejuicios.
Recomiendo leer El corazón de las tinieblas y Todo se desmorona a la par para unir los dos lados de una misma África. Y pensando en Guerrero, ¿qué pasa si alguien nos describe con puros vicios? Si alguien, por decir algo, nos ha descrito como borrachos, fiesteros, pendencieros, violentos, flojos, vividores y desobedientes. ¿Qué pasa? Así lo hizo Ricardo Garibay (Acapulco), Marcos Ordóñez (Tarzán en Acapulco), Roberto Bolaño (Últimos atardeceres en la tierra), Lucía Berlín (So long, Todo luna, todo año) y Edwin Corley (Acapulco gold), por citar algunos ejemplos de primera mano. Tal vez debemos responder literariamente como lo hizo Achebe. Pero ya nos tardamos. Uyy. Harto. Ojalá que los intentos por responder cabalmente a esas descripciones poco virtuosas de los guerrerenses sean fructíferos en las próximas elecciones.