EL-SUR

Sábado 26 de Noviembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Una agenda común para la movilización social… y sus dificultades

Saúl Escobar Toledo

Febrero 15, 2017

México inició el año de 2017 impactado por una situación inédita en nuestra vida contemporánea. Tres crisis de distinto origen se han reunido en un solo momento histórico amenazando la vida de los mexicanos y la soberanía nacional: la primera, de más larga data, es la crisis de nuestro desarrollo económico que desde hace más de treinta años arrastra serios problemas en materia de crecimiento, calidad de vida y sustentabilidad; la segunda, un poco más reciente pero que ya lleva más de una década tiene que ver con la violencia cotidiana que azota al país y que se ha convertido en una crisis de derechos humanos; y, por si nos faltara, la tercera estalló apenas al final del año pasado con la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos y está derivando hacia una crisis en las relaciones con nuestro vecino del norte.
Las tres crisis pueden analizarse por separado para entender sus orígenes y sobre todo sus riesgos y amenazas, pero se han conjugado de manera tal que en este momento están produciendo un gran malestar y preocupación. También han revelado la situación tan frágil de nuestra democracia y la debilidad de nuestro Estado de derecho y las vías institucionales para hacerles frente.
Ante todos estos acontecimientos que, insistimos, parecen conjugarse en un momento particularmente adverso para México, las acciones de la sociedad deben fortalecerse. Ante un gobierno débil y un sistema político desprestigiados, plagado por la corrupción y sin autoridad moral para tomar la iniciativa, los ciudadanos deben hacer sentir su influencia no sólo manteniendo la protesta en las calles y los espacios públicos, sino también con una agenda común. Para ello, el diálogo debe ser el instrumento principal. Un diálogo sin exclusiones, pero sin jerarquías, un diálogo horizontal para la convergencia.
Se requiere desatar iniciativas dentro y fuera del país. En el plano externo, llamar a la solidaridad con México y fortalecer el diálogo con los diversos sectores de la sociedad norteamericana en torno, centralmente, a los derechos humanos de los migrantes y residentes mexicanos en aquel país. Pero las acciones en el plano internacional no deben relegar o subordinar el debate sobre nuestros problemas internos. Las protestas contra el gasolinazo y el cambio en la política económica, así como la lucha contra la corrupción y la violencia, tienen que seguir siendo parte de la agenda ciudadana. El debate sobre la reconstrucción y saneamiento de nuestro sistema político y la reorientación de la lucha contra la delincuencia organizada, la política contra las drogas y la militarización del país y de la seguridad nacional, son temas vitales para nuestro futuro inmediato.
Entendemos este diálogo social como un debate respetuoso entre organizaciones y actores diversos para llegar a un programa común que pueda ser la plataforma de acción para presionar al gobierno, al Congreso y a otros sectores sociales con el objetivo de buscar una salida pacífica, viable y pronta a los problemas del país.
Se dirá que es una tarea muy complicada. La convergencia de tantas calamidades, amenazas y dificultades a veces se nos presentan como un escenario caótico en el que no sabemos por dónde empezar.
Y, en efecto, las marchas del domingo 12 en diversas ciudades del país pero sobre todo la que tuvo lugar en la capital, para protestar contra el gobierno estadunidense, fue un buen ejemplo de estas dificultades. Dejemos a un lado las razones y exageraciones que se esgrimieron de una y otra parte para convocar o boicotear la movilización. Al final, el balance exhibió más la división que la unidad, la debilidad más que la fuerza, y las dificultades para entablar un debate racional, una discusión a la altura de la crisis que nos agobia.
Desde luego, queda claro que las fuerzas afines al gobierno se organizaron para confundir, desvirtuar y restarle asistentes a la movilización. La convocatoria a otra marcha en apoyo al Presidente, el mismo día y a la misma hora, la que encabezó Isabel Miranda de Wallace, fue una medida eficaz para sabotear la protesta anti Trump, y dio los resultados esperados por sus autores. Por estas y otras razones, la confusión imperó sobre la claridad de las intenciones de los convocantes que insistieron en que se protestaría contra el gobierno de Estados Unidos pero sin dejar de lado los problemas internos y la crítica y el deslinde de la administración de Enrique Peña Nieto. Quizás se confiaron demasiado y no supieron contrarrestar la campaña gubernamental; o la suma de organizaciones fue demasiado amplia para este primer intento unitario.
Por el otro lado se hizo uso de argumentos que insistieron en la falta de autoridad moral de los convocantes, como si alguien la tuviera como monopolio propio. Como si la movilización de muchos ciudadanos que acudieron a esa marcha principalmente para denostar a Trump y protestar contra el muro y la discriminación representara un retroceso y no un señal positiva de inconformidad.
Una parte de la izquierda, que no estuvo de acuerdo en la convocatoria, tenía todo el derecho a no acudir a ella ni difundirla. Pero no creo que haya sido una buena idea sabotearla ni descalificar a esa otra parte de las organizaciones y luchadores progresistas que decidieron participar. A final de cuentas, no se cumplieron sus dichos: nadie puede decir que fue un acto de apoyo al gobierno, ni que los medios la manipularon para demostrar que el Presidente cuenta con un gran respaldo popular. El reportaje de los corresponsales extranjeros fue incluso más generoso, destacando la furia de los mexicanos contra Trump, algo que se esperaba desde hace tiempo, y dejaron a un lado las disputas internas. Ninguno de estos medios extranjeros lo difundió como un acto de unidad con el Presidente.
Habrá quien piense que es mejor que la movilización social se exprese, como ha sucedido hasta ahora, dividida y cada quien con sus clientelas y adherentes. Bajo la consigna de que el agua y el aceite no pueden mezclarse, tendremos que conformarnos con manifestaciones aisladas, unas más numerosas que otras, pero incapaces hasta ahora de frenar al gobierno. Y habrá quien piense también que la verdadera y definitiva movilización de la sociedad se dará el día de las elecciones presidenciales, en 2018, no importa si para entonces la crisis nos ha desbordado y la sociedad se ha cansado de ver a sus políticos y a sus dirigentes sociales e intelectuales dejarse arrollar por un gobierno inepto que sin embargo no tiene una oposición fuerte ni en el Congreso ni en las calles.
No deberíamos festejar el fracaso relativo o el escaso éxito, como quiera verse, de la marcha del domingo 12. Porque si se considera que ni el gobierno ni las instituciones políticas son capaces de construir una vía para el cambio, entonces no queda otra solución que la movilización social. Pero si esta movilización no se pude construir unitariamente, con un programa común, sin exclusiones y con propósitos claros, entonces el gobierno seguirá en lo mismo y la crisis se profundizará aún más con lo que ello significa para la vida de los mexicanos de aquí, y de allá, al norte de la frontera.
En la marcha del domingo, la que no se convocó para apoyar al gobierno, hubo de todo: quienes se manifestaron sólo contra Trump y quienes lo hicieron también contra Peña; los que gritaron animadamente sus consignas y los que parecían que iban de paseo; los que van a todas las marchas y los que casi nunca salen a la calle. Esta diversidad no debería descalificarse, sino más bien entenderse como una realidad, un espejo del país que tenemos. Ésta, como muchas otras manifestaciones, nos enseñan que la sociedad está dispuesta a construir caminos para ejercer la protesta, la reflexión y la imaginación de un país diferente. Ojalá ello nos mueva a realizar nuevos esfuerzos para la convergencia. A pesar de las ambigüedades de unos y el sectarismo de los otros, habrá quienes lo seguiremos intentando.

Twitter: #saulescoba