Jesús Mendoza Zaragoza
Febrero 10, 2025
La vida los pueblos está construida como un tejido de relaciones: relaciones interpersonales, familiares, comunitarias, institucionales y sistémicas. Relaciones de talante económico, político, cultural, ambiental y social. En fin, un tejido de relaciones en las que todas ellas van interactuando. Lo más normal en dichas relaciones es que sucedan conflictos. Vemos por todas partes, conflictos familiares, comunitarios o interpersonales, a la vez que conflictos ambientales y políticos. Los conflictos son parte del fluir de la vida.
Hay dos maneras posibles en las que se pueden afrontar y resolver los conflictos: la una, violenta y, la otra, pacífica. Este es el gran problema ante el cual tenemos que tomar una decisión: ¿Cuál forma decidimos? La forma violenta va a acrecentar los conflictos en lugar de resolverlos y, posteriormente va a generar otras violencias. Johan Galtung, un gran estudioso sobre resolución de conflictos y construcción de paz, asegura que hay que distinguir entre las diversas violencias. Hay una violencia directa, que es muy visible para todos puesto que la miramos en la vida diaria, en la familia, en la comunidad y en nuestras calles., mientras que las violencias culturales y estructurales no son visibles a primera vista, pero están ahí pues se manifiestan con una gran fuerza destructora, complicando más y más los conflictos.
Mientras tanto, la resolución pacífica de los conflictos se orienta hacia la construcción de la paz. El diálogo entre todos los actores y afectados por la violencia es la herramienta fundamental para la construcción de paz, siempre que se haya elegido este camino. Porque permite la cercanía entre actores y afectados para resolver los conflictos subyacentes a las violencias, a todas las violencias, directas, culturales y estructurales. Este diálogo incluye el acercamiento entre actores y afectados para visualizar, de manera proporcional, los orígenes y los estragos de las violencias que están presentes.
El diálogo para la paz tiene sus presupuestos. Uno es el reconocimiento que la verdad sobre la realidad y sobre las violencias nadie la tiene. Cada parte ve solo un lado y, dialogando es como podemos compartir todos los puntos de vista. De esta manera, cuando dialogamos tenemos una mejor percepción de las violencias para afrontarlas de manera proporcional. Otro presupuesto está en la actitud empática que orienta la conversación para escuchar activamente y entender, libres de prejuicios, a la otra parte o a las otras partes. De esta manera se procede a una interpretación del conflicto y a procesarlo de manera pacífica.
¿Y qué es la construcción de la paz? Según la Academia para la Paz, es “el conjunto de medidas, planteamientos y etapas necesarias encaminadas a transformar los conflictos violentos en relaciones más pacíficas y sostenibles”. El diálogo para la paz tiene que ser incluyente, de actores y afectados. El diálogo, en el caso colombiano, ha buscado el encuentro de actores violentos como las organizaciones guerrilleras (FARC y ELN), los paramilitares y los narcotraficantes. Participan también, el gobierno nacional, los gobiernos departamentales y autoridades locales de los territorios ocupados por ejércitos ilegales y las víctimas de las violencias (desplazamiento forzado, familias de desaparecidos y homicidios), sobre todo. Además, actores de la sociedad civil colaboran como facilitadores o acompañantes de estos procesos de diálogo y participan también actores internacionales, como la ONU y otros más.
Un primer objetivo del diálogo para la paz está en involucrar a comunidades diversas y divididas en una conversación constructiva para romper prejuicios y reconstruir la confianza necesaria para desarrollar los procesos necesarios del camino hacia la paz. Algunos principios que ayudan a la consolidación de la paz hacen énfasis en la inclusión, la imparcialidad, la transparencia y la apropiación local, reconociendo la importancia de involucrar a todas las partes interesadas, incluidos los grupos marginados, en el proceso de paz.
Uno de los graves problemas que tenemos en México es que no sabemos dialogar debido a la desconfianza y a los prejuicios que se han estructurado desde nuestro pasado. Los gobiernos, hasta ahora, no saben escuchar ni menos, dialogar. Los plantones, los bloqueos de calles y carreteras han sido una muestra de gobiernos que no saben escuchar. Y la sociedad civil que tenemos, está demasiado fragmentada debido al individualismo que padecemos desde hace mucho tiempo. Las organizaciones gremiales, de profesionistas, las iglesias, las universidades y los empresarios, cada uno se va por la libre. Por lo mismo, necesitamos generar procesos de empatía, de escucha y de diálogo. En otras palabras, necesitamos actitudes democráticas que requieren la escucha y el diálogo para resolver conflictos. La democracia se construye escuchándonos entre todos. Por esto mismo, el diálogo, como condición para la democracia es indispensable para construir la paz.
El camino hacia la paz implica la certeza de que ésta es posible si todos ponemos la parte que nos toca. Para ello, necesitamos una serie de aprendizajes, como una visión del bien común, de todos, de forma incluyente, la colaboración; el fomento de nuevas formas de relación entre la sociedad civil, las empresas, el gobierno, las comunidades religiosas y las instituciones educativas; la asunción de riesgos; la apertura a nuevas posibilidades; y el coraje.
La Carta de la Tierra dice que “… la paz es la totalidad creada por las relaciones correctas con uno mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras formas de vida, con la Tierra y con el todo más amplio del que todos somos parte…” (Carta de la Tierra, 2000). Y cuando se habla de las relaciones correctas, hay que preguntarse sobre los valores, principios y ética que informan y sostienen las relaciones, y cómo y por quién se determinan.
John Paul Lederach, un académico que acompaña en diversos países procesos de construcción de paz y de resolución de conflictos, tiene un concepto propio sobre la consolidación de la paz, que él describe como “un concepto integral que abarca, genera y sostiene toda la gama de procesos, enfoques y etapas necesarios para transformar el conflicto en relaciones más sostenibles y pacíficas”. (Lederach, 1997). Los procesos de transformación de conflictos reparan, nutren y construyen relaciones correctas que se basan en principios de justicia que comprenden las condiciones que deben estar presentes para que florezcan las relaciones correctas.
Vivimos en tiempos de pluralidad, en los que nos relacionamos entre diferentes. Tenemos el derecho de vivir, de convivir y de pensar diferente. No hay que tener miedo a las diferencias, puesto que así somos. Hay diferencias políticas, ideológicas, económicas, sociales y culturales. Necesitamos encontrarnos en cuanto diferentes y, además, escucharnos. Y aprender a dialogar. En la familia y en la comunidad, Las autoridades tienen la obligación de escuchar y de dialogar, puesto que para eso fueron elegidas. Las diferencias políticas tienen que pasar a segundo plano ante la necesidad del diálogo para la paz. Y así, la polarización por razones políticas irá disminuyendo. Podemos ser adversarios, pero no enemigos.
Y en cuanto a las organizaciones del crimen organizado, sobre todo las que tienen intereses ilícitos en el narcotráfico, que históricamente se fueron desarrollando con la protección solapada de policías, militares y gobernantes, ¿qué podemos decir? El mejor modo de afrontarlos es el diálogo porque necesitamos gobiernos fuertes y una sociedad fuerte que se construyen mediante el diálogo para llegar a acuerdos sociales y políticos que nos den la fortaleza que necesitamos para debilitarlos y para que dejen de ser una amenaza para el país y construyamos la paz que deseamos. Sin el diálogo, no tendremos ni gobiernos fuertes –nada autoritarios– ni una sociedad fuerte, en donde crezcamos en la confianza y en la escucha.