EL-SUR

Jueves 30 de Noviembre de 2023

Guerrero, México

Opinión

Una de cal por todas las de arena

Federico Vite

Febrero 05, 2019

 

Nostalgia de la luz, de Mario González Suárez, fue publicado nuevamente en México, pero en esta ocasión por la editorial Era. Ese gozoso hecho me obliga a escenificar un ritual de paso: exponer mi asombro por un monstruo de la narrativa fantástica en México. Pero antes de ello debo señalar que este volumen se publicó por primera vez en 1996, en la colección Molinos de Viento de la Universidad Autónoma Metropolitana. El documento agrupa 10 cuentos en total; seis de ellos recrean mitos de la tradición judeocristiana y cuatro exponen vicios esenciales de la naturaleza humana. El libro también me hace pensar en las distintas formas de crear literatura fantástica con sello nacional. Obviamente no basta con referir el futuro de los ranchos cibernéticos. Eso ya lo dijo y de manera inmejorable el poeta Rockdrigo González.
La empresa que consuma González Suárez con Nostalgia de la luz es destacable (también me hace pensar en una curiosidad; otro narrador emblemático de este país es Eduardo Antonio Parra, quien tituló a su primera novela Nostalgia de la sombra, tal vez como un arquetipo del realismo duro que profesa. Pero Nostalgia de la luz y Nostalgia de la sombra aluden a Xavier Villaurrutia, autor de Nostalgia de la muerte). Construye teogonías con un manejo impecable del lenguaje. Para muestra cito las primeras líneas del texto inaugural del libro: “Bajo la comba celeste los pies agrietados de una mujer grávida huellan la tierra. Un bozo de sudor renace apenas lo afeita con su manga”. Obviamente el lector notará de inmediato, aparte de la intensidad de la prosa, la carne literaria del cuento inaugural. Alumbramiento narra la historia de Calínica, una mujer que vivía en una aldea sin nombre, en una época imprecisa. Una noche, en sueños, el Señor impregnó su semilla divina en ella y le dijo: “Abandonarás al hombre que duerme a tu lado. El hijo que llevas en tu carne es el llamado a Nacer, mas no verá la luz hasta que hayas peregrinado a los lugares sagrados y tu cuerpo sea insensible al dolor”.
Contrario a lo ocurrido con María, la madre virgen de Jesús de Nazaret –mujer que aprobó el designio celestial a rajatabla–, Calínica tiene sus dudas. Solicita al Señor que le aclare su deseo en los sueños; tiene miedo de Dios y le preocupa la relación amorosa que mantiene con su esposo Tito. Decide quedarse al lado de su hombre. Esa hecho le arruina la existencia. De hecho, precipita una tragedia. Dios la condena a no parir y a errar por el mundo en busca de la redención que el mundo mismo niega.
González Suárez crea personajes sui generis. Gente que intenta no asombrarse con las extravagancias de Dios. Por ejemplo, Taracán, una rara avis que describe una nueva presencia bacteriológica que devora a los humanos; Magma renueva las reflexiones sobre la involución, al igual que Conflagraciones, un texto en el que el costumbrismo se da la mano con la ficción fantástica. Morcilla evoca la belleza, específicamente poética, como una actividad de museo. Después de la belleza, no queda mucho por hacer, salvo llenar el mundo de evacuaciones humanas y esperar la muerte.
El resto de los cuentos Orígenes, Palimpsesto, Bruno, Límites y Levitación) redondea la propuesta hecha en Alumbramiento, el soberbio texto inaugural. Hablo de seis textos que comunican directa o tangencialmente con el mito de Calínica y su tragedia, las repercusiones de no parir.
En una entrevista, a propósito de Nostalgia de la luz, González Suárez expuso su voluntad estética con este libro: “Yo quisiera hacerle al lector el máximo daño posible. Sacarlo de su comodidad, perturbarlo, que se sacuda un poco la idea convencional del mundo y la literatura”. Me parece que lo logra, sobre todo si pensamos en la cantidad ingente de libros suavecitos, chistosos, escritos para divertir.
Los planteamientos literarios de González Suárez no son tradicionales; no condenan al hombre por su existencia bastarda, simple y sencillamente lo exponen como un instrumento ideal para ejercitar la crueldad y la ignorancia.
No me resulta extraño, en este país tan acostumbrado a ensalzar ídolos con pies de barro, que González Suárez no tenga los lectores que merece. Debería ser más leído que Juan Villoro y que Jorge Volpi, más conocido que Xavier Velasco; debería tener mucho más reflectores, pero no tiene el marketing que los autores mencionados.
Entenderá, pues, que los cuentos de González Suárez no son risueños, ni sencillos ni experimentales. A él, como los viejos oficiantes de la narrativa breve, le interesa contar todo ese universo interno que posee. La obra de este hombre es la de un científico loco que construye nuevas mitologías, finalmente, un Olimpo personal.
Me alegra que este libro (nacido originalmente en una editorial universitaria; después llegó a una empresa importante como Tusquets, en 2003, y tuvo mucha fortuna) haya sido republicado por la editorial Era a finales de 2018. Llega, pues, de nueva cuenta a la palestra nacional la obra de un narrador de alto oficio. Si encuentra este volumen, cómprelo y conozca el trabajo de alguien que ha publicado cuentos de mucho rigor literario y merece que usted lo bendiga con la luz de su mirada.
González Suárez también fue director de la colección Singulares, de la Dirección General de Publicaciones, y le debemos a él la publicación de Tadeys, de Osvaldo Lamborghini, y Cuentos (casi) completos, de Casey Calvert. Que tengan buen martes.