EL-SUR

Martes 27 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Una, dos, tres por mí y por todas mis compañeras

Ana Cecilia Terrazas

Marzo 07, 2020

AMERIZAJE

Una

El corrector de estilo que tiraba las cosas al piso para asomarse a ver piernas; el reportero-editor que hacía gestos libidinosos todo el día y, además, ya beodo –que era invariablemente todos los viernes en punto de las 12 del día– agredía verbosexualmente a quien esto escribe; el periodista tótem que le dijo a un tercero “mira, fulano, lo que te traje” cuando me mandó llamar para asignarme que lo entrevistara.
Los jóvenes que ante el “no” decidieron difamar y todos los que ofrecieron “trabajo” a cambio de pseudoenamorarse (una necesita ser autosuficiente para jamás depender de los hombres).
Hace unos días un amigo, al enterarse que otro conocido mutuo –maestro, misógino de siempre– fue acusado de acoso, me escribió: “seguramente la chava reprobó y por eso se está vengando”.

Dos

“Sin mayor esfuerzo vienen a mi memoria estos recuerdos: el primero, una mano en mi pierna a los nueve años, cuando andaba en bicicleta a una cuadra de mi casa. Las veces que sentí manos sobre mi cuerpo en el transporte público, incontables. A los 21 años y recién egresada de la universidad, el acoso impertinente de un diputado en la LIII Legislatura persiguiéndome con su frase ‘órgano que no se usa, órgano que se atrofia. Yo se lo atiendo, güerita’. El de la mujer tóxica, directora de finanzas de empresa multinacional: ‘tú no necesitas el aumento de sueldo porque ya estás casada’. Y ya empoderada, como integrante del Consejo General del entonces IFE, las innumerables ocasiones en que solicité la intervención del consejero presidente para que los presentes guardaran el debido silencio cuando hablábamos mujeres de la mesa”. Esto compartió Alejandra Latapí, mexicana, feminista, demócrata.

Tres

“La historia es breve. Sería la crónica del acoso y hostigamiento del director del doctorado cuando lo hice. En ese momento no me di cuenta de que me estaba hostigando y fue francamente un infierno todo el doctorado con el hombre cuestionando mi capacidad y diciéndome tonta. Hoy me doy cuenta y eso sería imposible ahora porque hubiera podido hacerlo público, visible en redes sociales, hubiera podido denunciar ante una institución pública. Pero en ese momento no pasó”. La viñeta es de Claudia Calvin, fundadora de Mujeres Construyendo, “comprometida con la igualdad de género y convencida de que sin igualdad de género y sin la voz de las mujeres el mundo no va a cambiar”.
Historias hay millones, por lo menos hay tantas como tantas mujeres haya en el mundo cuya historia machista ha predominado desde la Era de los Metales.
Hace dos semanas, comiendo pizza y tomando vino, cuatro amigas muy queridas y su servidora comentamos el punto de pasada. Ninguna salía exenta de haber padecido una situación violenta por ser mujer. Espontáneamente, conversando sobre el tema y sobre la marcha de este 8 de marzo, brotaron: un intento de violación; un secuestro exprés que no llegó a violación porque el fulano espetó el famoso “ni te creas que estás tan buena”; tocamientos indeseados en transportes públicos; exhibiciones no solicitadas y las generalizadas denostaciones o “piropos” lascivos de hombres anónimos que se meten con gran naturalidad con una sólo porque una va pasando por la calle.
Esa cultura de vejación, ya sea refiriéndose a nosotras despectivamente como “viejas”; ya sea nutriendo una industria pornográfica –mirar te hace parte del negocio, ¿eh?– en la que la mujer es objeto de uso, desde luego desechable; ya sea asignándonos como responsables del cuidado, la limpieza y el orden de las casas y de las cosas a nombre de la humanidad entera, o de plano deshaciéndose de nosotras vía el feminicidio, es precisamente algo que no se entiende salvo que una sea mujer.
Acaso puede haber quien quisiera de buen grado apostar por la igualdad, ser solidario e intentar tener nuestra perspectiva. Ojalá también quedara claro que desear ser mujer o la buena intención no suplantan el realmente serlo.
Por lo pronto, la relatoría de anécdotas particulares de discriminación, devaluación, desacreditación, desprecio, asesinato, acoso, violación y violencia configuran la narrativa general de lo que ya no queremos que ocurra más. Por eso se agradece muchísimo a quien toma de su tiempo y de su vida para publicar lo que solía ocultarse.
Por eso tan vigente el “yo sí te creo”, así como la proclama liberadora de cuando jugábamos escondidillas: una, dos, tres por mí y por todas mis compañeras mujeres.

@anterrazas