Federico Vite
Diciembre 17, 2024
Siempre es motivo de intriga lo que piensa un cineasta al momento de iniciar la filmación de un largometraje; pero más aún, la elección del sitio en el que realizará el proyecto. Es decir, ¿por qué escoge una ciudad o un puerto para recrear la vida con las herramientas del séptimo arte? No sólo tiene que ver con el presupuesto, supongo, pero más allá de las bellezas del paisaje elegido, creo que la decisión se toma pensando en el beneficio de la historia.
Me hago la pregunta reflexionando sobre Acapulco, porque es un sitio que imanta historias de rebosante y bulliciosa memorabilia, por ejemplo, Acapulco, la vida va (2014), de Alfonso Serrano Maturino, quien narra el puerto, y la vida de los personajes, con la vista puesta cincuenta años atrás porque el presente, sin menoscabo del adjetivo que invoco, es decrépito y la memoria es lo único que funciona a la perfección.
¿Qué es Acapulco? Sitio desangelado en el que desde hace tiempo no le interesa a cineastas que tengan un proyecto escandalosamente jugoso en lo económico y, por supuesto, en lo cinematográfico. Un recuento exprés coloca a las películas de Guillermo Iván —Welcome to Acapulco (2019)— y de Michael Franco — Sundown (2021)— como las cabezas de serie de esta nueva imagen que tiene el puerto. En la primera, el tono cómico de una situación violenta modula las persecuciones a balazos entre extranjeros; en la segunda, un problema familiar (entre extranjeros) se fusiona con nuestra realidad. El resultado: Acapulco es un moridero de primer mundo y, sobre todo, se encumbra la imagen de un puerto criminal de excelencia.
Después de ver las proposiciones de estos cineastas, la pregunta inmediata es, ¿Acapulco sólo sirve para este tipo de ficciones visuales? Entre dos tonos, la comedia de acción (blockbuster) y el drama con dosis de thriller, el asunto de ser acapulqueño es preocupante. Claro, el trabajo de Tim Roth y de Charlotte Gainsbourg es más que sobrio en la obra de Franco; no puedo decir lo mismo en el largometraje de Guillermo Iván, pues la actuación de Ana Serradilla y Michael Kingsbaker puede fácilmente olvidarse.
A caballo entre esas dos películas, pongo Semana santa (2015), de Alejandra Márquez Abella, cuyos protagonistas, Tenoch Huerta y Anajose Aldrete, visitan las zonas del viejo Acapulco, más pegado a La Roqueta que a la Base Naval, más cerca del mar que del Viaducto Diamante, aunque claro, también se filma Pie de la Cuesta y algunos pasajes emblemáticos de la Costera y La Quebrada. Me parece un trabajo decoroso. Sin aspavientos ni berrinches, sin desnudos sofocantes ni secuencias de acción que disparan la adrenalina, Acapulco se revela como una locación esencial para contar una historia sensible.
Me gustaría referirme al guión como un artefacto que funciona por la sutileza de sus engranajes. No es casual este hecho. Márquez Abella también adaptó la novela más conocida de Guadalupe Loaeza y logró algo que la distancia del libro, pero no traiciona la esencia de la historia que tantos y tantos aplausos le trajo a Loaeza. Me refiero a la versión fílmica de Las niñas bien (2018); ya en épocas recientes, Márquez Abella tuvo la fortuna de presentar El norte sobre el vacío (2022) y A million miles away (2023). Pero esos proyectos son harina de otro costal, lo que nos convoca es Semana Santa, un drama en el que cada personaje tiene una bomba interna y llegados a un hotel —en un sitio solitario e impactante por la tristeza suave que destila— el cronómetro se pone en marcha y potencia las explosiones en cadena; nos permite así asomarnos a los abismos de cada personaje y del entorno.
Acapulco es entonces para esta cineasta un sitio adecuado para la implosión y logra aislar, en varios momentos de la cinta, a los personajes, de esta manera ofrece un panorama con cierta dosis de amargura, pero no cae en los excesos, ni en el tremendismo. Otro aspecto importante es que, aunque hay tomas en exteriores —como la Autopista del Sol, un paseo en calandria, la playa, el amanecer, la noche marina, las cevicherías, la alberca y el bar del hotel—, Márquez Abella se las ingenia para hacer de esos tiros de cámara retratos intimistas. Visto así, como una intimidad en movimiento, Acapulco adquiere otra fisonomía y ese hecho me llamó profundamente la atención de la película, porque a pesar de que habla (desde el título) de un tópico de playa, vacacionistas y una familia en proceso de desintegración, este largometraje expone algo que a pesar de lo evidente tiene otro matiz: turistas nacionales con poco dinero, un puerto semivacío en un periodo vacacional importante y una infraestructura hotelera en franca decadencia.
Como un monumento a ese Acapulco que fue, el Hotel Caleta aparece espectralmente en Semana santa y luce con poca vida, apurado tal vez por la inminencia de su destino (las deudas, las balaceras, los fantasmas, todo le ha pasado a ese bello inmueble en abandono), pero lo más atractivo es que describe muy bien nuestro presente y refresca esa pesada insistencia de los cineastas nacionales (y de muchísimos escritores) por hablar de lo que ya fue. Y fue grandioso, sí, pero ya no existe, mientras más rápido entendamos el sitio en el que estamos parados será mejor.
Obviamente, al ver el título de este filme viene a la mente el clásico de Luis Alcoriza, Semana Santa en Acapulco/Viacrucis Nacional (1981), pero si hacemos cuentas de las edades entre película y película, notamos que la diferencia es de 34 años y ese dato hace mucho más atractivo el largometraje de Márquez Abella, porque actualiza, o desempolva, un tópico que nos incumbe: ¿cómo sobrevivir a lo que fuimos? Es un gran ejercicio para entender lo que imanta este puerto, no por la belleza del paisaje y el mar contaminado, sino por la infraestructura que aún pervive y la pregunta es, ¿para qué? Aunque mejor formulada la interrogante debería quedar de la siguiente manera: ¿por qué tratamos de ser lo que ya fuimos? Habrá que reinventarse. O morir. Aunque también queda el recurso de apostar por el turismo militar. ¿Por qué no? Si criminales ya estamos.
Si le interesa Acapulco, como un asunto estético, esta película de Márquez Abella es importante.
@FederìVite