Federico Vite
Septiembre 23, 2025
(Tercera de cuatro partes)
El tercer volumen de la tetralogía de Nápoles es Storia di chi fugge e di chi resta (Italia, Edizioni E/O, 2013, 382 páginas). El libro, cuya traducción literal sería Historia de quien huye y de quien se queda, enfatiza aspectos vitales de Lenú, una escritora con mucha fortuna y mucho apoyo femenino; además, claro, de múltiples abusos masculinos que siempre abundan en el Continente Literario. A diferencia de la traducción al castellano (Celia Filipetto) y al inglés (Ann Goldstein), el texto original brinda la sensación de que lo escrito, ese corpus que el lector va absorbiendo a sorbos, es una confesión, porque se detallan aspectos esenciales de Lila y, por supuesto, de Lenú. Son indisolubles y se revela la vida sexual, familiar, laboral, política y, por supuesto, económica de ambas. No hay resquicio que quede fuera. Lenú sabe que no hay forma de entender a su semejante sin poner en perspectiva los ámbitos mencionados. Yo diría, sin dudarlo, que se puede apreciar el sesgo de género en la obra de Ferrante; es decir, la decidida apuesta por el feminismo no cae en los excesos de la militancia, sino que articula muy bien las vicisitudes de la época. ¿Cómo se logra eso? Bueno, como dictan los clásicos, gracias al arte de la mesura. Porque la autora pone a Lenú a dar cuenta de los pasajes convulsos de Italia en los años 70 y 80: resabios de fascismo, comunismo y anarquismo, a la par de eso, presión mediática, censura y problemas económicos. Usa el feminismo para abrir ese cerco en el que las mujeres de este libro literalmente se asfixian y a pesar de su inteligencia caen en las trampas del sistema.
El tercer volumen comienza en el año 2005, con un escena en la que las protagonistas (ya sin los hijos a su cuidado) combaten el calor con un gelatto, porque el calor es extremo y la gente, a pesar de todo, no deja de sonreír ni de hablar con amabilidad. “La quiero por sobre todas las cosas y cuando iba a Nápoles trataba de verla siempre, aunque, debo decirlo, tuve un poco de miedo, porque ella ha cambiado. Reía mucho, casi como chirrido, y hablaba en voz muy alta. Gesticulaba continuamente, eso le daba a los gestos una feroz determinación que parecía querer cortar en dos los edificios, la calle, los transeúntes y a mí”. Esta voz narrativa conduce a la vida de otros personajes y detalla aspectos que cierran las subtramas de los volúmenes anteriores; pero es en este tomo que noto el estilo de Marcel Proust, À la recherche du temps perdu (1913), como una clara y manifiesta influencia (tal vez porque por fin pude leer la historia sin intermediarios; es decir, sin traductores). Es algo que yo no percibí en la lectura en español ni en la lectura en inglés; pero en italiano resulta evidente. Lo que hace distinto a Proust de Ferrante –aparte de las oraciones largas y preciosistas del francés– es el énfasis político, pues la italiana va más allá del recuento del tiempo perdido, se enfrasca en el cauce político y, en especial, analiza el asunto de género. Algo que pareciera normal en nuestro tiempo, pero me temo que hasta el momento nadie lo ha hecho con tanta habilidad, tanta pasión, destreza y, sobre todo, tanta naturalidad. La empresa es titánica y, mejor aún, está bien resuelta. Sin excesos. Cincela la vida de dos amigas; a una le fue muy bien, a otra no tanto. Pero ambas se complementan.
Storia di chi fugge e di chi resta es una especie de microscopio en el que se observa la vida familiar de las protagonistas: padres, madres, hermanos, esposos, hijas y vecinos de aquel barrio napolitano (que nunca deja de ser pobre ni llega, por supuesto, a la modernidad, ni mucho menos a la bonanza económica). Aunque Lenú viaje por toda Italia promocionando libros, el contexto es tremendo: persecución política, cero tolerancia a la disidencia y castigo ejemplar a la crítica. Las mujeres de este libro se acercan a la lucha desde diversos flancos. Lenú, como intelectual, se une a grupos de lectura sobre feminismo; pero Lina trabaja en una fábrica de embutidos, padece el hambre y la separación amorosa. Se enrola con comunistas, anarquistas y lo obvio es que todo eso estalle. Como pináculo de esos hechos, lo pongo así para no develar aspectos esenciales de la trama, Italia sufre por el secuestro de Aldo Moro. Es 1978 y Aldo acaba de lograr un pacto entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista (Compromesso Storico), pero una brigada roja le secuestra. Mario Moretti asesina a Moro. Todo queda muy revuelto, patas para arriba, tanto en el norte como en el sur. Lina (en el sur) expone los abusos laborales y las inclemencias de un sueldo miserable. Lenú (en el norte) vive con Pietro. Su suegro es un político influyente del partido comunista, pregona austeridad (como nuestra clase política), pero disfruta la buena vida. Así que Pietro y Lenú tienen comodidades, pero ella no puede aprovecharlo. Conviven entre libros, películas, teatro, música, novedades de Europa y de América. Son el ala pensante de una generación, pero una infidelidad la regresa de nueva cuenta a Nápoles. Ella entiende que se sufre más en el sur (vaya imagen para los que vivimos en el sur global) y que escribir una historia de descubrimiento sexual parece frívola. “Me han dicho que escribí una historia de amoríos, y que debía escribir cualquier otra cosa, mucho más adecuada a los tiempos de manifestación política, de violencia, de represión, de censura, de temor por un golpe de Estado; yo me debatía horas y horas en el proceso y Dede (su primera hija) no me daba tiempo para más, pero ya tenía la panza de mi segundo embarazo. Me sentía vacía, de nuevo”.
En una situación límite, Lenú recurría al feminismo práctico; lo mismo que Lina. Esa cadena de apoyo y soporte, muy compleja y bien tramada por Ferrante, sólo pueden darnos una respuesta que parece simple, pero no deja de aleccionarme y cuando la encontré supe el motivo por el que las batallas de estas dos protagonistas fincan precedente en todos los ámbitos de sus vidas: “Ante todo, lo he platicado con muchas mujeres, debemos oponernos a la dispersión de la inteligencia femenina. Debemos aplastar en nuestro cerebro la inferioridad. Debemos restituirnos a nosotras mismas. No hay una antítesis. Debemos movernos en todos los flancos en nombre de la propia diferencia. La universidad y los estudios no liberan a las mujeres, pero perfeccionan la represión. Restituirse a sí misma, leí y supe que así es como se piensa a contracorriente”.
No sé si a ustedes les pase lo mismo cuando un libro contiene esta dosis de sabiduría, gradada por la emoción, no lo sé; pero reconozco el poder de la literatura cuando lo encuentro. Y aquí hay un hallazgo; pero si usted lo piensa bien, no hay nada original en crear personajes y ponerlos en movimiento, lo interesante es que usa esa mímesis de la historia de Italia para crear intimidad entre los actantes. Qué cosa, ¿no? Dar cuenta de lo público como si fuera algo íntimo; un secreto bien guardado entre amigas.
Hay un aspecto más; toda la historia, de acuerdo con Lenú, está escrita en italiano, pero tanto ella como Lina asumen que su lengua madre es el napoletano: un dialetto meridionale. Ellas, como gran parte de los personajes del barrio, usan el napoletano todo el tiempo. Todos, menos Lenú, “hablan un italiano frágil”. ¿Cómo es esto? ¿Una obra sobre Nápoles no está escrita en napoletano? De eso hablamos en la entrega final de esta serie de artículos que, espero, le acerquen a la obra cumbre de Elena Ferrante.
* La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite