Federico Vite
Septiembre 30, 2025
(Cuarta parte y última)
La tetralogía de Nápoles finaliza con Storia della bambina perduta (Italia, Edizioni E/O, 2014, 441 páginas). El libro, cuya traducción literal sería Historia de la niña perdida, replantea la amistad de toda la vida entre Lenú y Lila. Viven en el mismo condominio (Lila abajo, Lenú arriba) y se apoyan: cuando una trabaja, la otra cuida a los hijos. Conversan mucho, intentan que el barrio en el que crecieron sea mucho más habitable, pero la violencia se ha apoderado de todo el territorio. Asaltos, robos, secuestros, muerte. Son los años 90, ella tiene cuarenta y tantos años, el mundo ha cambiado, pero no el barrio; de hecho esa zona de Nápoles parece haber sufrido una involución (algo parecido a lo que nuestro Acapulco sufre).
Lenú narra la muerte de los vecinos y familiares, las penas, en suma, los deterioros físicos de una edad otoñal. Ha enterrado a su madre y la distancia con el padre crece, de igual manera con los hermanos e incluso con las hijas. La sensación de que el lector asiste a una confesión es mayor; sobre todo, porque lo único que queda es esperar que la vejez sea benévola, pero eso no ocurre y debido a una inquietante calamidad, Lenú se muda a Turín, pero antes de irse comprende que sus hijas, sus amigos e incluso ella tiene un fuerte acento del dialecto napolitano, no se siente cómoda y mientras escribe –recordemos que lo que se lee fue escrito porque Lila desaparece– oculta ese acento, esa forma de expresarse. Nulifica el dialetto meridionale. Ella quiere que la mayor cantidad de personas sepan lo que hizo, amó y anheló Lila; al recrear todos esos episodios habló de sí misma, de la tirante y compleja relación con la madre. Por ejemplo, mientras la madre (Immacolata no habla mucho italiano) intenta corregir un error de Lenú –que deriva en una separación matrimonial–, la empuja y le dice: “Quédate callada, puta, callada, callada, callada”. Y acompaña esas frases con una bofetada fortísima. Lenú reacciona en el mismo tono y se evidencia así el fragor de otras tantas discusiones. Lenú no sigue las convenciones familiares. Lo mismo pasa con Lila, protagoniza tremendos pleitos con la mamma, pero en cierta manera ambas resuelven esas batallas, aunque no de la manera más tranquila posible. Lenú siempre hace referencia al dialecto, pero no lo escribe:
“Antonio recargó la espalda, se miró la mano y la entrelazó con la otra; las metió entre las rodillas.
‘Si me pides que lo haga, lo hago’, dijo en dialecto.
Pero después se ofuscó.
Lo hago casi siempre, dijo, e intentó justificarse: ciertas veces obedezco al dinero, ciertas veces a la estima, en cualquier caso me obedezco a mí mismo”.
Reproduce de este manera las frases en dialecto, como si no fuera posible ni necesario llevar al lector al terreno más íntimo de la narradora: el napolitano.
Ella se siente cómoda así e incluso evita “hablar” como los del barrio. No ocurre eso cuando hay frases en inglés. Un caso es el siguiente: “Basic Sight (nombre de un negocio)” se reproduce en la narración como “Basissit”. Para finalizar este apartado me gustaría citar un caso más: “Cuando publiqué aquel artículo, con ayuda de Lila, recibía llamadas telefónicas anónimas que me amenazaban a mí y a mis hijas, hablaban en un dialecto cargado de obscenidades. Pero vivía con ansia –el ansia ahora me parece connatural a la escritura”. Y esto, de manera forzosa, me conduce a otro pasaje digno de resaltar. Pues todo aquel personaje que conoce a Lenú le pregunta, ¿por qué volviste? ¿Para qué? Ella se limita a explicar una cosa: “Me tranquilizaba reiterando el límite temporal de aquella permanencia en Nápoles: después de la publicación de mi libro dejaría definitivamente esta ciudad. Me lo decía a mí, me lo volvía a decir: tenía necesidad sólo de llegar a la redacción final de la novela”.
Me detengo acá porque me sugiere muchas cosas esa delación; la primera, durante toda la saga la gente de afuera (Milán, Florencia, Turín, Roma) hace señalamientos puntuales sobre Nápoles: “Es una ciudad caótica, hay mucha violencia, es muy desordenada, muy sucia, con muchos problemas urbanos”. Todo eso es cierto y durante la lectura del cuarteto queda claro que el sur y el norte tiene grandes diferencias, no sólo el clima, la riqueza y el ecosistema. ¿Para qué le sirve Nápoles a una napolitana? En este caso, para crear una serie de libros, pero al dar cuenta de la ciudad convulsa y terrible se ponen en perspectiva otros tantos elementos que se podrían condensar en una frase: la experiencia vital de crecer y vivir en una zona específica del planeta es tremenda. Esa vivencia fecunda un conocimiento que, en este caso, conduce sin remedio a la literatura.
Lenú deja un testimonio de su tiempo y abunda en ciertos problemas, nacidos de la pobreza y la ignorancia, porque no se debe olvidar que las dos protagonistas son vecinas en un barrio pobre y violento, cuya opción de vida es rendirle cuentas a un hombre, atenderlo, cuidarlo y hacerse cargo de los hijos; pero de alguna manera, gracias a un prodigio de la inteligencia de ambas, porque tanto Lenú como Lila demuestran con suficiencia su astucia; logran salir de esa camisa de fuerza y construyen una vida propia sin la mano masculina sobre ellas, sin las migajas de una sociedad que atemoriza.
La historia finaliza en 2006; ahí culmina el motivo de la escritura. Se acaba el para qué de una vocación que inicia en los 70 del siglo pasado.
Lo paradójico del asunto es que yo quiera dar cuenta de todos estos aspectos en cuatro artículos escritos en español. Crucé filtros (traductores) y referencias específicas a otro lenguaje, italiano, para poner en español, y en un diario regional del sur de México, lo aprendido, porque hay lecciones mayúsculas en L’amica geniale, una saga que con el paso del tiempo no hace sino agrandar la experiencia de lectura. ¿Por qué? Porque las novelas ya no se proponen analizar durante tanto tiempo (setenta años) a una serie de personajes, quienes ofrecen una visión del mundo parecida a la nuestra. La estructura de la novela es aristotélica y lo que invita a la lectura es una pregunta, ¿qué sigue? A pesar de que apela a cánones decimonónicos, 1640 páginas de vida pueden tener muchas palabras, pero contienen eso que los viejos llaman literatura.
Hace unos meses, el influyente periódico New York Times entrevistó a varios críticos literarios, escritores y lectores para saber cuáles son las cien mejores libros del siglo XXI. El primer lugar fue para L’amica geniale. ¿Por qué? Yo especulo que por la intensidad de la historia, la habilidad narrativa para tramar la vida de los personajes; pero sobre todo, por la ambición de contarlo todo. Quizá lo más interesante del cuarteto sea que la novela recobra con acierto el halo popular de sus protagonistas. Tengo esa certeza.
Al terminar la lectura de estos libros veía a la gente en la calle y me hacía esa pregunta irrevocable: ¿qué locura es ésta de vivir en un sitio tan caótico, violento, sucio y negligente? Es una locura también dejar constancia de una experiencia tan brutal como la de estar vivo y ser inteligente en un puerto que detesta la sagacidad y la apabulla a la menor provocación. Eso, entre otras tantas cosas, cuenta Elena Ferrante en el cuarteto de Nápoles. Si no conoce estos libros, créame, se pierde de algo importante. Quizá lo más importante en lo que llevamos de este siglo.
* La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite