Federico Vite
Septiembre 09, 2025
(Primera de cuatro partes)
Basta con decir Elena Ferrante para que se piense en una cadena de misterios; el primero de ellos, quizá el más interesante, ya fue resuelto por el periodista italiano Claudio Gatti, quien siguió el rastro del dinero y encontró que los registros financieros e inmobiliarios de Ferrante conducen a la traductora de Christa Wolf, y otras tantas narradoras alemanas, Anita Raja. Ella es de Nápoles, radica en Turín; está casada con el narrador Domenico Starnone. Raja es hija de una judía polaca y un napolitano.
Gatti labora en el diario Il Sole 24 Ore, una publicación especializada en negocios, y publicó sus hallazgos tras analizar los flujos monetarios de Raja. Encontró que a partir de 2014, cuando las novelas de Ferrante despuntaron en todo el mundo, la editorial romana Edizioni E/O movilizó grandes sumas de dinero a las cuentas de Anita e incluso ella se hizo de algunas propiedades. Cuando Gatti publicó su reportaje, Raja no emitió opinión alguna. Lo obvio es que con su salario de traductora sería imposible comprar un departamento.
A final de cuentas, lo valioso de Ferrante son los libros y a ellos me someto.
Mi acercamiento con la obra de Elena Ferrante inicia con I giorni dell’abbandono (2002). Pueden encontrar en los archivos de este diario esa reseña. Me enganché después con La figlia oscura (2006) y esa novela ambientada en una isla de Grecia me llevó a L’amica geniale (2011). Yo solía comprar los libros de segunda mano, anduve en varias librerías de Ciudad de México en busca de un ejemplar en italiano. No tuve fortuna, pero tiempo después –yo vivía en Puebla en aquel momento– alguien me regaló el volumen de La amiga estupenda (traducción del italiano al español a cargo de Celia Filipetto. España, Lumen, 2012, 386 páginas), a regañadientes la acepté, porque quería conocer el texto en italiano, pero me sometí a la lectura y encontré algunas cuestiones que requerían de atención constante. No porque encontrara, como siempre, lazos familiares entre la gente de Nápoles y los acapulqueños, sino porque me descubrí leyendo la vida en un barrio pobre y las aventuras escolares de dos niñas, Lila y Lenú, pero me intrigaba algo más que no aterrizó muy bien durante la primera lectura. Me refiero al prólogo, Borrar todo rastro. En este arranque del primer volumen de la saga, titulada en español Dos amigas, encontré huellas de los futuros libros.
“Rino me llamó esta mañana; pensé que iba a pedirme más dinero y me preparé para decirle que no. El motivo de su llamada era otro: su madre había desaparecido.
–¿Desde cuándo?
–Hace dos semanas.
–¿Y me llamas ahora?”.
Poco a poco fui entendiendo que Rino es hijo de Lila; en realidad, Lila se llama Rafaella Cerullo y más tarde caí en cuenta que la narradora era Elena Greco, conocida por todos en el barrio como Lenú.
“Como siempre, Lila, se pasa, pensé.
Estaba ampliando hasta la exageración el concepto de rastro. No sólo quería desaparecer ella, ahora, con sesenta y seis años, sino borrar además toda la vida que había dejado a su espalda.
Me dio mucha rabia.
Veremos quién se sale con la suya, me dije. Fue entonces cuando encendí el ordenador y me puse a escribir hasta el último detalle de nuestra historia, todo lo que quedó grabado en la memoria”.
A partir de este momento, Lenú es quien lleva la voz cantante y empieza a narrar, sin dudarlo, por la infancia. Pliega la amistad entre ella y Lila a la vida de un ogro, Don Achille, un hombre temido y respetado por su activa participación como fascista y “empresario”. Claro, presta dinero, abusa de su poder y forma parte del elemento sustancial de este primer volumen en el que la pobreza, la marginación y el sometimiento político mediante el uso de la fuerza moldea los usos y costumbres de una colonia en la que la modernidad queda muy lejos. Viven entre casas viejas, vecindades estrechas y gente con muchos problemas. Deambulan periodistas, poetas, mafiosos, comunistas, fascistas, maestros, mecánicos y zapateros.
El padre de Lenú es un encargado de limpieza del ayuntamiento de Nápoles; el padre de Lila, un zapatero violento y pobre. La pobreza no es lo mismo que la miseria, pero ambas duelen mucho y resulta complicado salir de esa estadía vital. Si tiene en mente una de esas películas del neorrealismo italiano, déjeme decirle que está en el mismo tono de la narración. Sirva esto también para decir que la prosas es concisa, sometida de manera estricta a la historia, sin florituras ni garigoleos. Lenú, como una especie de apuesta metaliteraria de Ferrante, articula la memoria colectiva para tratar de llenar todo eso que Lila quería desaparecer. Y, en muchos momentos, la voz de Lenú no es un mero artefacto narrativo, hay algo que ya no se encuentra en los libros actuales, la sensación de honestidad, algo más allá de la verosimilitud. Es decir, Lenú resulta entrañable porque la elocuencia de sus palabras adquiere el matiz de una delación; pero en español encuentro giros verbales extraños; por ejemplo: “El profesor, un tal Gerace, un sesentón desganado, puro bostezos ruidosos, rió a carcajadas en cuanto pronuncié oraculo en lugar de oráculo. Ni se le pasó por la cabeza que, aunque supiera el significado de la palabra, yo vivía en un mundo en el que nadie había tenido jamás la necesidad de usarla.
Se rieron todos, especialmente Gino, sentado en el primer banco al lado de Alfonso. Me sentí humillada. Pasaron los días y entregamos los primeros deberes de latín. Cuando Gerace los trajo corregidos, preguntó:
–¿Quién es Greco?
Levanté la mano.
–Ven.
Me hizo una serie de preguntas sobre las declinaciones, los verbos, las sintaxis. Contesté aterrorizada, en especial porque me dedicaba una atención que hasta ese momento nadie había manifestado por ninguno de nosotros”.
Este primer tomo contiene dos aspectos esenciales, la infancia y la adolescencia de las protagonistas. Viven experiencias que se retoman en los libros siguientes. La mirada femenina es implacable. “Me miré al espejo y yo también me maravillé: el sol me había dejado un rubio resplandeciente, pero la cara, los brazos, las piernas estaban como teñidos de oro oscuro. Mientras estuve inmersa en los colores de Ischia, entre caras morenas, mi transformación me había parecido a tono con el ambiente; ahora, de vuelta en el barrio, donde todas las caras, todas las calles seguían luciendo una palidez enfermiza, me pareció excesiva, casi una anomalía”.
La vida intensa de estos personajes, expuesta en español, tenía giros verbales que no me convencían. Algo no embonaba. Creí que la voz narrativa estaba en una especie de camisa de fuerza; pero el efecto que causó en mí la historia me instó a buscar el segundo tomo en italiano; tampoco tuve fortuna.
Un fin de semana entré a una librería en Guadalajara y hallé en inglés, a un precio muy bajo, el segundo volumen del cuarteto. Un libro de interés a bajo costo siempre debe comprarse. Siempre. Aproveché la oportunidad e ingresé a otra orilla del oficio literario, porque estaba asomándome, de soslayo, al trabajo de los traductores. Porque la labor de un traductor no sólo es trasladar el significado de ciertas palabras de un idioma a otro. La verdadera gracia está más cerca de la precisión verbal (de un idioma a otro) que de la traslación idiomática. Se requiere de un temperamento muy similar al de quien arma un rompecabezas de 60 mil piezas. En español, de Madrid, la novela me sonaba rara; en inglés, la experiencia fue otra. De eso escribo la semana entrante.
@FederìVite