Silvestre Pacheco León
Febrero 10, 2025
Por fortuna desde el 2018 los trabajadores decidieron empezar a cambiar esa realidad contraria a sus intereses y de manera pacífica votaron por un gobierno que se comprometió a repartir una tajada más grande de la riqueza que produce el trabajo. Eso significa el aumento que el gobierno autorizó para el salario mínimo que así va recuperando su valor de compra.
Pero bueno, eso es un tema para otras colaboraciones porque lo que quiero compartir hoy en el presente artículo es la experiencia de mi propia familia que como ha ocurrido con la mayoría de quienes nacieron en el campo, emigró a la ciudad y se disgregó en la vorágine de la sociedad urbana. Pero entre lo valioso de la experiencia familiar quiero contar que en nuestro caso siempre campeó la solidaridad y el apoyo entre unos y otros.
Procedo de un pueblo tan antiguo cuya historia se remonta a las primeras migraciones de Aztlán en Mesoamérica. Eso es Quechultenango, fundado entre la confluencia de tres ríos en la cañada del río Azul en la zona Centro del estado. Podríamos decir con los antecedentes históricos de mi pueblo que el caminar es una de nuestras principales virtudes, por eso en la actualidad contamos con varias generaciones de paisanos que en Estados Unidos han hecho una réplica de nuestro pueblo, llevando con ellos la cultura local, la comida, las danzas, la fiesta en comunidad.
Cuando en 1960 llegó el primer médico para realizar su servicio social reportó que solo había un profesionista que ni siquiera vivía allí. La escuela primaria solo tenía hasta el quinto grado y los estudiantes nunca podían tener su certificado para continuar sus estudios. La principal enfermedad era el alcoholismo y el mayor número de muertes por la pelea con arma blanca.
Los primeros migrantes que se aventuraron a salir más allá de los cerros, donde la mayoría pensaba que se acababa el mundo, fue porque los contrataron para ir a trabajar de braceros al campo de Estados Unidos, y a su regreso contaron que fuera del pueblo había otra realidad con oportunidades para progresar y entonces los más audaces “echaron punta” para encabezar la salida.
Mi tía Galdina Castro León fue la primera que probó suerte en mi familia emigrando a principios de los años sesenta del siglo pasado a la ciudad de México con todos sus hijos.
Sus hermanos, Diego y Alberto Castro, se asentaron en la ahora alcaldía de Coyoacán en el barrio del Niño Jesús y se hicieron empleados, uno en la ya desaparecida empresa papelera de Coyoacán y el otro en Squared de México.
Mi tía Galdina se llevó a mi hermana Salomé y la acomodó a trabajar con una familia alemana que vivía en la esquina de Miguel Ángel de Quevedo y Fernández Leal.
Mi hermana por su parte trajo al mayor de los hermanos que terminó la secundaria en la ciudad y cuando cumplió 16 años pensó que ya estaba en la edad de trabajar para financiar sus estudios y fue cuando tuvo un feliz encuentro con mi primo Olegario Pacheco Escobar, un hombre de amplio intelecto que estudió en el seminario de Chilapa la carrera de sacerdocio y ya recibido la abandonó.
Desde su época de seminarista mi primo convivió ampliamente con la juventud local haciéndola partícipe de las actividades culturales que aprendió en el colegio.
Fue de los primeros miembros de mi familia que mostró sus dotes artísticas y las desarrolló. Tocaba el acordeón, la guitarra y el órgano. Organizaba y presentaba obras de teatro con las que la comunidad disfrutaba.
Sin título profesional reconocido emigró a la ciudad de México y se inscribió en la carrera de leyes en la UNAM donde su desempeño académico lo llevó a relacionarse con uno de los personajes del consejo empresarial del Grupo Modelo que lo incorporó a la industria cervecera desde donde quiso reivindicar los derechos de los trabajadores haciéndose parte de la dirigencia sindical con el cargo de secretario del Trabajo.
Desde el sindicato de la Cervecería Modelo mi primo fue el principal aliado de nuestros paisanos. He hecho la cuenta de que en menos de diez años fueron 30 los quechultenanguenses que laboraron en esa fábrica de dueños españoles que era la que mejor pagaba.
Después de jubilados algunos de esos paisanos regresaron a mi pueblo y nunca se olvidaron de sus raíces. Otros como fue el caso de mi familia se disgregaron en esa selva de asfalto. Tres de mis hermanos se quedaron a vivir en la capital del país, la otra mitad en Chilpancingo y el resto en diferentes partes del estado.