EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Una historia de tantas

Silvestre Pacheco León

Mayo 13, 2019

 

(Tercera parte)

En ese año en el que nuestro personaje visitaba por primera vez el palacio municipal de Zihuatanejo para entrevistarse con el Síndico Procurador, se habían adelantado las lluvias que limpiaron el ambiente invadido por el humo de las quemazones e incendios causados por la vieja costumbre de utilizar el fuego para limpiar y renovar las zonas de siembra y pastizales en el campo.
Gobernaba el municipio Gabino Fernández Serna, un hombre con fama de intelectual, ideólogo de las rancias familias costeñas que controlaban los gobiernos locales de Zihuatanejo y Petatlán. Su lema de campaña como candidato del partido del gobierno, “Gabino es el camino”, se convirtió en un chiste para la posteridad porque el único camino por el que se le recuerda lo construyó para comunicar a Zihuatanejo con el Parque Ecológico de La Vainilla, que pronto quedó en desuso.
Para ejecutar su máxima obra ecológica el presidente traía en jaque a los campesinos del ejido de Las Ollas que se oponían a donar parte de sus terrenos para dicho proyecto carente de viabilidad que terminó siendo un reducto para los venados que pudieron tener mejor fin si se hubieran quedado en la sobre poblada isla de Ixtapa.
En el año siguiente, después del fraude electoral perpetrado contra el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en los comicios de 1988, el acceso al Palacio Municipal de Zihuatanejo se vio interrumpido por un plantón organizado por la oposición política de izquierda para protestar contra el fraude electoral.

El Primer Paso Cardenista

La insurgencia cardenista vivida con especial intensidad por la sociedad costeña se avivó porque fue el puerto de Zihuatanejo el lugar escogido por Carlos Salinas de Gortari en sus primeros actos públicos como presidente de México.
A finales de abril de 1989 vino a inaugurar la reunión interparlamentaria México-Estados Unidos, que se realizó en Ixtapa donde estuvieron los entonces diputados cardenistas Porfirio Muñoz Ledo y Amalia García.
El Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, mejor conocido como el Ferrocarril por su largo y dificultoso nombre, fue el que cobijó al mandatario federal dándole su apoyo y reconocimiento en contra de Cuauhtémoc Cárdenas a quien Rafael Aguilar Talamantes acusó de no reconocer el triunfo de Salinas por estar secuestrado por el PRD. Así lo registró el corresponsal de Proceso Andrés Campuzano.
Aquel partido de vida efímera tuvo el acierto de encabezar por la vía de los hechos la demanda de suelo urbano para vivienda de común acuerdo con el gobierno que le permitió la invasión de los terrenos donde se fundó la colonia que, paradójicamente se registró como El Primer Paso Cardenista.
El plantón opositor instalado en la plaza municipal fue un acontecimiento novedoso que dio un giro en la cultura política local y alteró el ritmo apacible de la vida del puerto, que además de despertar en el pueblo el interés por los sucesos políticos del país, funcionó para que muchas personas encontraran ahí un canal de expresión para denunciar toda clase de injusticias, y ganar confianza en sí mismos para reclamar sus derechos ante autoridades que antes veían con temor más que respeto.
El plantón del Zócalo llegó a ser tan respetado que el presidente municipal tuvo que declararse simpatizante de la Corriente Democrática para que se le permitieran dar en paz el Grito de Independencia aquella noche lluviosa del 15 de septiembre.
Ahora, en ese mismo edificio, nuestro personaje se mantenía en espera de que el síndico lo recibiera para el desenlace de esta historia.

Valor tengo, pero son palabras las que me faltan

El profesor que ahora hacía gala de paciencia, por un momento se había abstraído en sus pensamientos del caso que lo traía hasta el palacio municipal. Mirando el trajín de los pescadores en la playa, recordaba que fue en esos mítines vespertinos que la gente del plantón organizaba en la plaza, donde estuvo tentado a denunciar el fraude que se tramaba contra los maestros en la adjudicación de las casas del Fovissste, pero desistió dominado por los nervios que le hacían sudar las manos y le aceleraban el ritmo de su corazón.
Sufría cada vez que pensaba en verse frente al micrófono delante de las personas que no eran sus alumnos, temiendo la crítica a sus palabras por algún error que pudiera cometer, aunque al final entendió que la causa principal de sus nervios se debía a la dificultad que sentía para vincular la corrupción de la vida sindical en el magisterio con las arengas contra el fraude electoral.
A eso se debía su inseguridad, porque comparaba que en su salón de clase nunca le faltaban las palabras para hacerse entender por sus discípulos, incluso en los temas de mayor complejidad.
Sin embargo esos cambios que se comenzaron a producir en el ambiente social, también contagiaron al profesor, porque comenzó a ser más sociable con sus compañeros. Ya no vivía para sí mismo y para su familia en ése pequeño círculo que durante mucho tiempo lo aisló de los demás. Dejó de ser irascible y se volvió más tolerante. Hasta su mal genio y lenguaje atropellado cambió. Eso lo notó por los comentarios de su mujer y por sí mismo , cuando cayó en la cuenta de que pasaban semanas sin tener altercados con sus compañeros ni con las autoridades del plantel, muy contrario a lo que antes sucedía, con disputas por cosas sin importancia por las que a veces llegaba hasta los golpes.
Al profesor no le iba mal en el negocio que abrió frente a los cinemas Vicente Guerrero, una taquería en la que los principales clientes eran los aficionados al cine pero también los trabajadores de Ixtapa que hacían escala en Zihuatanejo en espera del transporte a los pueblos circunvecinos.
Junto con su mujer el profesor hacía una triple jornada de trabajo para ahorrar el dinero suficiente para comprar la casa soñada, y no le iba mal, salvo porque ambos cargaban con un déficit de sueño y descanso que se acumulaban sin ver llegar el plazo que habían fijado.
Con todos esos recuerdos el maestro volvió nuevamente a su estado de impaciencia en la larga antesala para ser atendido por la autoridad.
No conocía al síndico en persona pero se lo imaginaba como el típico costeño, alto, robusto, mal hablado y retador según lo que escuchaba de oídas.
Sus pensamientos se interrumpieron por la presencia de la secretaria que amablemente llegó a pedirle que se acercara, que su turno estaba cerca porque acababa de entrar a la oficina la última persona de la lista.