EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Una historia entre tantas

Silvestre Pacheco León

Abril 29, 2019

 

(Primera parte de tres)

En la vida del magisterio, como sucede en general con todos los gremios, ocurren muchas historias que alguna enseñanza dejan, pero como no todas suelen contarse y menos escribirse, están condenadas al olvido.
La historia que quiero contar tiene mucha actualidad ahora que se reivindica la importancia de hacer ciudadanía y cuando se escucha con frecuencia que ante el dilema de la ley frente a la justicia, es conveniente optar por ésta, refiere la experiencia de un profesor que sin ser ejemplo de militancia partidista y sin liderazgo sindical hizo más que muchos dirigentes sociales y se erigió como ciudadano ejemplar, que en aras de poner a salvo sus derechos como trabajador agotó las instancias legales en aquella época en la cual era costumbre torcer la ley para favorecer al grupo de privilegiados que se mantenía en el poder.
Estoy refiriéndome a la época de mediados de los setenta del siglo pasado, cuando el gremio del magisterio estaba sometido al férreo control de la burocracia en complicidad con su dirigencia sindical.
Los sindicatos estaban corporativizados al servicio del Estado y la llamada cláusula de exclusión en manos de los sindicatos, una ley que en complicidad con los patrones les servía para deshacerse de aquellos trabajadores incómodos que ponían en entredicho la voluntad y la autoridad de sus representantes.
En política no había una oposición fuerte en la cual confiar demandando solidaridad para la defensa de los derechos de los trabajadores, y la CNTE que surgió como corriente sindical opositora al poder de los charros aún no aparecía.
Así aisladamente los maestros luchaban cada quien por sus derechos y la mayoría se plegaba a las decisiones de las autoridades educativas y sus representantes sindicales tratando de que su conducta intachable y también su docilidad fueran el medio adecuado para lograr el respeto a sus derechos.
El exponente de la historia que cuento llegó a Zihuatanejo en los tiempos en que el puerto vivía su primera expansión como destino turístico, cuando la conclusión de la carretera costera y el aeropuerto internacional habían traído la bonanza en los negocios que ocupaban una gran cantidad de fuerza de trabajo.
Entonces los pioneros de la modernización llegaban por cientos de todas partes, y no les importaba pasar privaciones porque el pequeño pueblo que era entonces Zihuatanejo carecía casi de todo.
El servicio de transporte era escaso, la red de agua potable insuficiente y la falta de escuelas un drama para tantos niños en edad de estudiar.
Las rentas eran caras y casi no había viviendas disponibles, por eso muchos de los recién llegados vivían en los poblados vecinos, sujetos a las dificultades del transporte que era también escaso.
La historia de nuestro personaje tuvo como fondo aquella realidad que caracterizaba entonces al puerto de Zihuatanejo.
Habiéndose casado joven resolvió el problema de vivienda para su familia rentando una casa en el pueblo de San Jeronimito desde donde viajaba todas las mañanas junto con su mujer y sus hijos a las escuelas donde sus niños estudiaban y ambos trabajaban.
Tenía el matrimonio un automóvil que era popular en el gremio de los maestros porque ninguno de quienes requerían de un aventón se quedó sin conseguirlo. La joven pareja lo había comprado en abonos gracias a su disciplina para el ahorro.
Fue con esa experiencia que ambos se propusieron hacer un nuevo ahorro que les permitiera acercarse a su lugar de trabajo, pues con diez años de madrugar para llegar puntuales al trabajo pensaron que ya se merecían un pequeño descanso que les permitiera convivir con sus hijos, de tal manera que cuando se les presentó la oportunidad, invirtieron en un negocio de comida que requirió de más esfuerzo y privaciones para atenderlo hasta hacerlo rentable. Todo ese sacrificio valía la pena y sería transitorio, decían para consolarse.
Con aquel ritmo de trabajo ambos maestros cumplían 14 años de antigüedad cuando se supo que pronto estarían terminadas las casas que el gobierno federal había construido para beneficio de los sindicatos de burócratas con recursos del Fovissste en una zona conocida como el cerro del Hujal, donde también el Infonavit construía su tercera unidad habitacional para los trabajadores hoteleros afiliados a la CTM.
Nuestro personaje era el de mayor antigüedad en su zona escolar y daba por descontado que por eso le correspondería la asignación de una de las casas, con lo cual estaba de plácemes doblemente porque en ese año aprovechó la oportunidad que se le presentó para comprar una casa que le ofrecieron en el centro de Zihuatanejo.
Los hechos sucedieron en 1988, en el mismo año en que se produjo en el país la escisión política que marcó el origen del fin del partido del gobierno con la salida de gente prominente encabezada por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y la maestra de la UNAM Ifigenia Navarrete.
El profesor del que escribimos no era ningún activista político, ni tampoco un opositor en el interior del SNTE, pero quizá fue el ambiente de euforia que se vivía entre quienes aspiraban por el cambio en la vida de los mexicanos lo que influyó para que en aras de defender sus derechos actuara con determinación tomando el camino jamás imaginado.
En un golpe de audacia el maestro había conseguido hacerse de una de las casas en la unidad habitacional del Fovissste por la vía de los hechos enfrentando y contraviniendo las decisiones tanto del gobierno federal como de los líderes sindicales.
Días antes de que se ejecutaran las asignaciones de las casas de acuerdo con una lista confeccionada a gusto de los líderes sindicales que dejaban de lado a muchos maestros que las mere-cían, nuestro personaje organizó al grupo de descontentos y los convenció de hacerse justicia por sí mismos, tomándolas y organizándose para defenderlas como parte de su patrimonio.
Fueron semanas de desvelos en las guardias montadas para vigilar el movimiento de sus enemigos que pretendían desalojarlos, y no fueron pocas las veces que tuvieron que confrontarse con la policía y los líderes que pretendían desalojarlos.
Cuando sabían de algún intento de desalojo todos se unían como un solo grupo en torno a las casas y así consiguieron la solidaridad de todos los vecinos que los vieron con simpatía porque reivindicaban un derecho del que pretendían despojarlos.
Todo iba bien para el grupo porque cada día que pasaba sin ser desalojados lo contaban como un triunfo que los acercaba al reconocimiento legal de su derecho que comprendía la asignación legal de sus casas, hasta que una tarde el profesor que ya era reconocido como líder recibió el mensaje de que debía cuidarse porque uno de los líderes sindicales que se sentía afectado en sus intereses por la toma de las casas tenía intenciones de atentar contra su vida.