Jesús Mendoza Zaragoza
Septiembre 08, 2025
Hablando de los problemas del país, con frecuencia se habla de buenos y malos. Se suele decir, por ejemplo: “somos más los buenos que los malos”. Eso sucede en los ámbitos gubernamentales y, también, en los diferentes espacios de la sociedad, lo cual impide resolver, de fondo, los problemas que tratamos. Ese empeño moralizante de calificar a unos como buenos y descalificar a otros como malos no lleva a ninguna parte. Al contrario, se agranda la polarización social y, también, política en nuestro país. ¿A quién le corresponde definir la maldad y la bondad? ¿Quién decide quién es bueno y quién es malo?
Pongamos dos casos muy frecuentes. El primero lo referimos al contexto de violencia y de inseguridad que vivimos en México y, particularmente, en el estado de Guerrero. Lo más fácil es señalar que los buenos somos nosotros y que los malos son los narcotraficantes, incluyendo a los patrones y a sus trabajadores, o las organizaciones criminales que pululan por todas partes, desde bandas ubicadas en colonias o comunidades, hasta los grandes cárteles.
Otro caso frecuente es el que se construye en el campo político que está tan polarizado, unos al lado del gobierno y otros al lado de la oposición. ¿Quiénes son los buenos y quiénes son los malos, en este caso? Se insultan, se gritan, unos creyéndose buenos, descalificando a los otros como si fueran malos. Y los insultos y gritos suelen tener connotaciones moralistas.
La bondad y la maldad, lo bueno y lo malo son conceptos éticos –muchas veces con connotaciones ideológicas que esconden la realidad– que no sirven para entender la realidad, para analizar lo que sucede y para proyectar caminos de solución a los problemas que tenemos en México. Moralizar la vida pública de esta forma tan extraña, no conviene a nadie porque califica a unos como buenos y descalifica a otros como malos. Esta manera de moralizar es como una maldición que hace mucho daño para encontrar las soluciones necesarias. Y, de esa manera no es posible el diálogo social o político ni la conversación pública, pues así no podemos buscar ni encontrar caminos de entendimiento para resolver los graves problemas que agobian al país.
En un mundo plural, en el que hablamos de interculturalidad, de pluralidad de opciones políticas y sociales, en el que hablamos de libertades y hasta las presumimos, como la libertad de expresión, no caben las torpes descalificaciones moralistas. Podemos tener opiniones diferentes, hasta opuestas, pero no nos descalificamos. No somos ni malos ni buenos por tener diferentes opiniones, sólo somos diferentes.
La vida democrática respeta las diferencias y las opiniones de todos. La democracia es un camino en el cual todas las legítimas diferencias son aceptables porque representan diferentes intereses o diferentes visiones de la vida. La democracia –en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica– integra las legítimas diferencias en un Estado de derecho, construido sobre valores que inspiran los procedimientos democráticos, como la dignidad humana, el respeto y la garantía de los derechos humanos y la búsqueda del bien común, como fines y criterios reguladores de la vida pública.
Para que una democracia resulte eficaz se requiere una actitud fundamental de diálogo. El papa Francisco decía que “el auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos. Desde su identidad, el otro tiene algo para aportar, y es deseable que profundice y exponga su propia posición para que el debate público sea más completo todavía. ( ….) Pensemos que las diferencias son creativas, crean tensión y en la resolución de una tensión está el progreso de la humanidad” (Francisco; Fratelli Tutti, 203).
Aceptando que somos diferentes es que, mediante el diálogo, que siempre ha de ser de manera amable, podemos llegar a acuerdos, descartando siempre la crueldad en los insultos. De esta manera la política se transforma en una expresión de amor a la gente, a los pueblos y a todo el país. Esa política de rivalidades y de insultos daña a las instituciones democráticas y a la cultura de la legalidad. Cada persona que colabora en la actividad política tiene el derecho a ser diferente, a pensar diferente y a expresarse de manera diferente. Cada partido político es diferente y tiene el derecho a ser diferente.
De esta manera, el derecho a ser diferente tiene que ser respetado. Ser diferente no es ni bueno ni malo. Se trata solamente de una maldita descalificación moralista que no permite mirar la realidad. Mirar a los diferentes como malos, es una mera ideología que intenta ocultar la realidad y justificar las agresiones y las violencias a quienes son diferentes.