Silvestre Pacheco León
Febrero 16, 2026
(Primera de dos partes)
Esta es la historia. Comenzó en el año 1972, en tiempo de lluvias. Yo tenía 19 años de edad y había cumplido tres de vivir en la Ciudad de México. Era una tarde de mayo cuando recibí una carta de mi pueblo en la que mi madre me informaba que había llegado mi turno de cumplir la manda ofrecida al santo patrón de Quechultenango, que consistía en bailarle la danza de Las Cueras por el milagro de sanarme cuando a la edad de dos años estuve muy grave y a punto de morir por enfermedades relacionadas con la desnutrición, y como logré sobrevivir, cumplidos los 18 años de vida era menester pagar mi promesa, y como la danza en cuestión, exclusiva del santo patrón, solamente una vez al año se efectúa, precisamente en la fiesta patronal del 25 de julio, no debía desaprovechar la oportunidad que se me presentaba gracias a que mi madre había estado al pendiente de lo que era mi obligación.
Y aunque para entonces era yo un ateo convencido de que la religión es el “opio del pueblo”, nunca pensé incumplir el compromiso que mi madre, creyente y devota del santo, había adquirido con él cuando, como último recurso frente a mis enfermedades y su capacidad para atenderme, me “endonó” al santo para que hiciera el milagro de sanarme.
Recuerdo que de esa enfermedad que tuve de niño mi madre guarda una fotografía en la que aparezco sentado en una silla vistiendo solo un cotón de manta, con mi cabeza grande rapada, sostenida apenas por mi cuello enclenque, mis ojos hundidos y la mirada entre dolorida y triste.
En aquel tiempo de la década de los años cincuenta del siglo pasado todavía era costumbre que la gente tomara fotos de sus enfermos y de sus muertos como manera de mantenerlos presentes.
Yo era el sexto hijo en mi familia que se lograba. El primero de mis hermanos había muerto a muy tierna de edad.
Durante muchos años cada vez que mi madre sacaba de su baúl las fotos del recuerdo y encontraba la mía, invariablemente repasaba la plática de la enfermedad que me había afectado, y repetía la serie de curaciones a las que fui sometido a raíz de la “espinilla” que tuve, cuya enfermedad consistía en un cúmulo de granos que me salieron en la cabeza y que con el tiempo se tornaban purulentos, sin sanar a pesar de las rudas y dolorosas curaciones a que me sometían como quemarme la punta de mis cabellos mientras la anemia y la diarrea crónica me hacía víctima de toda clase de enfermedades ligadas a la desnutrición.
Para mí esa foto de niño enfermo era la muestra de la resignación de mis padres ante mi muerte inminente, por eso cuando sané pensaron más en que se trataba de un milagro del santo que del efecto nutritivo que tuvo para mi mejoría la dieta de sangre y caldo de tortuga que me procuraron durante un buen tiempo gracias a que mi tío Bardo nos surtía de esos ejemplares capturados en el afamado “pozo” de Coxcamila por encargo de mi madre y que mi padre destazaba despegándolas de su concha.
Y aunque yo mismo crecí en la idea que mi sobrevivencia no tenía nada que ver con ningún otro milagro que el amor y cuidado que me tuvo, nunca pensé en contrariarla en su fe y sus creencias, por eso luego de responder su carta agradeciéndole la noticia de que la Hermandad del santo me había considerado para integrar la lista de aspirantes a danzantes, me propuse regresar a mi pueblo para cumplir la manda después de tres años de ausencia.
Debo confesar que en esa respuesta obediente que le escribí a mi madre también figuraba el deseo de volver a ver a Julieta, la primera novia que tuve en mis años juveniles y que había dejado en el pueblo con la promesa incumplida de que le escribiría a diario desde la capital del país para mantener nuestro noviazgo.
Nos hicimos novios a los 15 años y la conquisté después de mis primeras vacaciones escolares que pasé en la Ciudad de México a finales de 1968. Ella recién terminaba la primaria y yo había concluido el primer año de secundaria, pero a pesar de lo pequeño que era nuestro pueblo no habíamos convivido nunca, nos conocíamos solo de vista.
Como entre las muchachas de su edad Julieta era la más bonita, tenía varios pretendientes, pero me aproveché de esa especie de prestigio que uno se gana cuando sale de su pueblo y regresa diferente de como se fue, con otra manera de vestir y hasta de hablar, que se interpretan de que a uno le fue bien.
El caso es que apenas con dos meses de ausencia regresé a mi pueblo distinto, vistiendo pantalones vaqueros, con zapatos en vez de huaraches, el copete engominado al estilo de los rebeldes del rock, y casi remedando el modo de hablar de los chilangos, y con tal petulancia que me propuse conquistar a la muchacha más bonita del pueblo, haciendo a un lado a todos sus pretendientes con un plan de declaración amorosa de mi propia inventiva.
Para conocer un poco el terreno en que me movía le pedí a mi primo y amigo de Julieta que le platicara de mis pretensiones y como su respuesta fue positiva anduve luego el siguiente paso que consistió en acercarme a ella para afirmar mi presencia. Todas las tardes del mes de octubre mi cita fue la esquina de su casa para estar pendiente de cualquier salida que pudiera yo aprovechar para acompañarla, aunque siempre iba con su hermana menor que la hacía de chaperona.
El ritual para el enamoramiento practicado por los jóvenes galanes de entonces consistía en ir tras ella (pegársele), en su paso por la calle, con la pretensión de que con un discreto bs bs volteara para cerciorarse de quién se trataba, y si aminoraba el paso era señal de que correspondía al deseo de acercamiento, y si a la postre se detenía era casi como lograda la conquista.
Sobre la experiencia de las conquistas amorosas se contaba entre los amigos de aquella época lo que había vivido el mismo primo que me ayudaba, quien pretendía a Socorro, una muchacha guapita que recientemente había llegado al pueblo y carecía en absoluto del conocimiento de lo que eran las formas civilizadas de entablar un noviazgo, de manera que sin antes tantear el terreno de su pretendida quiso ahorrarse los pasos, y cuando pretendió que la muchacha detuviera su marcha para el acostumbrado ¿te acompaño? Socorro le respondió con tan fuerte cachetada que mi primo quedó afectado de por vida, incapaz de incursionar en la conquista amorosa empleando el método que describo.
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