Silvestre Pacheco León
Junio 30, 2025
Era tiempo de lluvias en 1972 y yo estudiaba en la Preparatoria 5 de la UNAM cuando mi madre me avisó en una carta que en Quechultenango tenía mi lugar apartado para regresar a cumplir la promesa que ella hizo al santo patrón Santiago Apóstol de que saldría como danzante en la fiesta patronal del 25 de julio si me hacía el milagro de estudiar en la Ciudad de México.
Así que pedí permiso en el trabajo para regresar a mi pueblo en la segunda quincena de junio a ensayar la danza de las Cueras como era mi promesa.
Es cierto que una de mis primeras reacciones como citadino y estudiante universitario fue alejarme de las costumbres y creencias religiosas de mi pueblo porque las veía como anacrónicas y contrarias al pensamiento racional, pero eso no me hacía olvidar el compromiso de la manda que mi madre ofreció si el santo me favorecía en la pretensión de quedarme en la ciudad, de hallarme a su modo y ritmo de vida, con un lugar para vivir, un empleo para subsistir y una escuela para estudiar.
Y aunque sentí que todo eso lo había logrado por mi cuenta, no pensé dos veces en pagar lo que para mi madre que creía en los milagros del santo, era una responsabilidad.
Por eso cumplí con los obligados ensayos de la danza que en mi pueblo se baila desde la época colonial.
En aquel mes de junio al volver a escuchar el sonido del tambor y la música de la flauta volvieron a mi mente los recuerdo de mi niñez y adolescencia en aquel pueblo donde estaban mis raíces.
Recordé que la fiesta patronal de entonces parecía ser el único motivo relevante que tenía la vida del pueblo, quizá porque estaba muy ligada a las actividades del campo y a la estación lluviosa del año.
El Quechultenango de entonces que era campesino por vocación y necesidad tenía arraigadas costumbres y creencias indígenas, aunque la gente fuera mayoritariamente mestiza.
El pedimento de lluvias era un ritual obligado en el que se mezclaban la creencia milenaria de los pueblos originarios con la religión católica.
El rito comenzaba el 25 de abril, en el muy europeo día de San Marcos. La ceremonia, que aún se realiza, era en El Salto donde surge el manantial brotando de una peña para saltar luego al precipicio hasta llegar al lecho rocoso, cincelado por su caída en uno de los pliegues del cerro de Naranjitas, en cuya garganta se ubica el nacimiento del río Limpio para salir luego a la boca del cerro, donde una cortina de concreto la contiene creando un estanque de agua transparente que protege una muralla de riscos que reproduce en un eco las voces de los que se bañan o pescan, y discurre después en los canales construidos para el riego de los campos como obra del ingenio azucarero que tuvo fama en la época colonial.
Hasta ese lugar cada año llega la peregrinación de quienes participan del ritual, creyentes y no creyentes acompañados de las danzas de chivos, mecos, viejos, nitos y tlacololeros, que con sus respectivas músicas y cohetes trasmiten y amplifican el impacto de la fiesta.
Eso mismo sucede el 3 de mayo, cuando se festeja el día de la Santa Cruz, tanto en El Salto como en El Cimal, el cerro icónico bajo el cual se fundó Quechultenango.
En ambos lugares el ritual se repite porque dice la tradición que allí mora Ehécatl la deidad indígena que controla lluvia y viento, contra cuya creencia la religión católica lo más que pudo hacer es que los habitantes originarios le cambiaran su nombre por el “Amigo”.
La petición de lluvia va acompañada del Huentli, o la cuelga, un presente que consiste en comida de pollo guisada en mole sin sal, tamales de masa de maíz envueltos en hoja de totomixtli, cigarros y mezcal. Con la deidad comparten cigarros y bebida, como si en realidad estuviera en su compañía, y luego de los saludos el representante de la comitiva le pide a nombre de los pobladores que mande buen temporal, sin ventarrones ni lluvia tempestuosa para que las milpas crezcan sanas y den cosechas, advirtiéndole que en el año venidero se repetirá la visita si su pedido se atiende.
En el mes de junio eran las siembras, después de que terminaba el ciclo escolar que liberaba la mano de obra de los estudiantes para el trabajo en la milpa. Luego llegaban las fiestas de clausura con un desfile de padrinos venidos ex profeso para festejar a los graduados.
Junio era también el mes en que se anunciaba la fiesta patronal, y cuando comenzaban las lluvias que reverdecían el campo y las familias completas se incorporaban a las labores de la siembra en jornadas sin tregua durante dos meses intensos en los que cada día se alargaba al máximo debido a que todo mundo madrugaba.
Eran esas tardes cuando la música del tambor y la flauta ensayando la danza nos enardecía porque era el indicio de que se aproximaba la fiesta y también el receso en el trabajo para dedicarse de cuerpo y alma a la fiesta y la diversión de la feria, con los juegos mecánicos y pirotécnicos, el palo encebado, los toritos, los antojos, las danzas y los bailes.
Los ensayos de la danza comenzaban el 24 de junio, el día de San Juan, cuando según la tradición se abren los encantos encerrados tras las peñas de los cerros, donde el tiempo se detiene y la fiesta es permanente. Quienes tienen la suerte de ser encantados se meten a la fiesta de donde pueden tomar y llevarse lo que les antoje, si les da tiempo salir y si la alegría de la fiesta no los atrapa. Ese día se oye la música del cielo como lo asegura uno de mis hermanos.
En el mes de ensayo los 32 principiantes aprendimos la danza con sus pasos y sus sones y luego, como premio, recibimos la indumentaria de danzante. Yo como simple soldado me sentía importante porque entre todos era el único emigrado a la ciudad que vestía a la moda jipi con el pelo hasta los hombros, collar psicodélico y pulseras de chaquira, pantalones acampanados y playera de manga larga pintada con dibujos a la moda.
Vestido de danzante con mi sombrero multicolor, máscara de madera, chaleco de cuera y machete desmesurado, veía con cierta envidia a mis amigos los capitanes del ejército pagano, con sus penachos de plumas y estandartes del sol y la luna.
Pero entre todos los danzantes era el Santiago quien sobresalía con su elegante vestido de color rojo de mameluco y capa adornadas de lentejuelas, sombrero negro de fieltro con elegante pluma de quetzal, máscara blanca y rosada, barba abundante y profundos ojos azules, en la diestra su descomunal machete como espada, y en la siniestra el crucifijo como estandarte evangelizador. El macehualtzintli, un mexicano de cepa, también vestido de rojo, y el único danzante sin máscara en el papel de escudero, era la envidia de los adolescentes.
Solo el par de danzantes en el papel de Pilatos parecían ajenos a la danza con sus trajes de dandis, botas de soldado, todos de negro, con saco, chaleco y corbata. Su máscara de hombres blancos, ojos azules y cigarro entre los labios, de mirada temible, uno con su corona de picos y el otro con un impresionante turbante en forma de cono rematado de luna. Ambos como elemento de la danza para descanso del público porque distienden el ambiente rudo que alcanza la batalla entre Santiago y los moros, porque antes de aceptar el reto de Santiago, asustan a las muchachas del público, simulando un intento de secuestro, que el santo impide con energía entre aplausos y risas.