Alan Valdez
Junio 28, 2025
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
I
Como una pera. La etiqueta dice nashi pear. Es una pera asiática. La palabra nashi apareció por primera vez en la lengua japonesa en el siglo VIII. Pyrus pyrifolia. Nashi en japonés quiere decir pera. Como una pera pera. Esta repetición en su nombre, coincide con la insistencia de su sabor que es todos los sabores, cada melón y cada sandía y cada rocío de flor acontecen en mi boca. Nunca había comido una fruta así. Es el acontecimiento de mi vida, me digo. Es lo más importante que me ha pasado, me lo reafirmo una vez más al escribirlo en una pequeña libreta que cargo a todos lados. Termino de registrar que la piel de la nashi pear me recuerda a la piel del tiburón ballena. Ambas criaturas, pieles lisas y moteadas. Sigo caminando sin dudar de la maravilla y el sol del verano nuevo.
El calor rápido seca las gotas de jugo que voy dejando sobre el suelo. La fruta acaba sus prodigios. Le aviento su corazón ya sin carne a los gansos que velozmente se acercan. Se congregan varios hasta que la fruta asiática se vuelve noticia en toda esta orilla del río.
Apunto en la libreta miro a los gansos reunirse al lado del río como personas desocupadas. Tacho la palabra miro y escribo la palabra veo justo debajo, casi empalmada en el mismo renglón. Lo que cierra mis notas de este día es una pregunta.
¿Cuál es la diferencia entre mirar y ver?
II
Ver viene del latín vid?re, que significa percibir con la vista. Es un verbo que implica una acción pasiva: simplemente captas con los ojos lo que está delante, sin necesariamente prestar atención.
Mirar viene del latín vulgar mirare, relacionado con mirari, que significa admirarse, maravillarse, asombro.
Merleau-Ponty, el filósofo francés, y John Berger, el crítico de arte británico, también están de acuerdo en que hay una diferencia tangible. Para Merleau, ver es inmediato, un sentido abierto al mundo sin ninguna intención más que la del propio órgano ocular transcurriéndose en la luz. Para Berger, mirar ya supone conocimiento, cultura y deseo. Es un gesto que incorpora lo que sabemos, lo que esperamos y lo que queremos encontrar en lo que tenemos delante.
III
El lenguaje siempre se permite ambigüedades entre un decir y otro que, de hecho, son necesarias para procurar una relación más disponible al asombro, es decir, menos utilitaria con el mundo, donde lo que más se debería privilegiar es cómo le devolvemos signos, así como él nos los entrega sin pedir nada a cambio.
La claridad absoluta, esa confianza en que todo puede decirse sin ambigüedad, tuvo un costo que el siglo XX evidenció: una ambición que se volvió paradójicamente ciega.
Las ideologías que afirmaron poseer un sentido total dejaron a su paso solo ruinas. El nazismo con su convicción de la pureza racial, el estalinismo persuadido de que podía depurar la historia de todo enemigo, la Revolución Cultural que persiguió a cualquiera que se apartara de la línea correcta, y las bombas atómicas que redujeron ciudades enteras a una explicación final de poder. Y ahora, de nuevo, en este tiempo que no deja de expresarse en nacionalismos que se aseveran económica y militarmente, y podemos pedirle a un algoritmo que lea y piense en nuestro lugar, convendría recordar que el lenguaje, sobre todo, no es un espacio de nitidez, sino un lugar donde los matices contienen una verdad más viva que cualquier obsesión de certeza.
En 2017, a la crítica argentina Beatriz Sarlo le preguntaron en la revista Brando, ¿Qué ve cuando mira? La pregunta, aparentemente inofensiva en su uso de ambas palabras, apunta de manera directa al problema de esta conversación. ¿Sinónimos se le llama a eso que creemos que es intercambiable en el lenguaje, a eso que da y señala lo mismo? Y, para empezar, ¿qué es lo mismo?
Sarlo respondió –La mirada se educa. Me pasé décadas tratando de entrenar miradas diferentes. No hay espontaneidad sino trabajo.
IV
Ahora miro este otro día de junio. Estoy subiendo en tren una montaña o, más bien, haciéndole caso a la guía, que va señalando cada tanto las minucias y curiosidades del paisaje, voy subiendo la montaña en un ferrocarril de cremallera, pintado de rojo brillante.
Si sienten frío al llegar arriba, recuerden: no es porque estén mal abrigados. Es que aquí el verano se toma vacaciones. Todos ríen, pero yo no termino de enterarme del humor estadunidense. Desde la ventana, se alcanza a ver un lago de un azul lechoso. La conductora explica que es agua de deshielo que proviene de un glaciar que durante miles de años cubrió toda la parte alta de Pikes Peak.
V
La montaña se llama Pikes Peak en honor a Zebulon Pike, un explorador del ejército estadunidense que en 1806 fue el primero en describirla con detalle, aunque nunca lograra alcanzar la cima por las condiciones extremas del invierno. El primer ascenso total ocurre en 1820, durante la expedición comandada por Stephen Long, un ingeniero militar que se haría famoso por describir las Grandes Llanuras como The Great American Desert. Expresión que durante décadas influyó en la percepción de este territorio como un espacio árido y que había que cruzar con precaución.
Tal entendido animó así los asentamientos de colonias en los extremos de esta geografía. En el este y en el lado opuesto, la gran promesa de la costa del Pacífico, dejando así el Medio Oeste con el calificativo de no apto para la vida, al menos para el temperamento europeo, porque en realidad allí existían numerosos asentamientos indígenas con rutas de comercio, espacios de caza y sistemas de vida que no encajaban en la idea de progreso de los exploradores.
VI
Sin embargo, es importante desmentir la idea de que Zebulon Pike fue el primero. Mucho antes, la montaña ya había sido vista y cartografiada por conquistadores españoles que recorrían el actual territorio de Colorado. Algunos la llamaban El Capitán, por su forma que se alza como un vigía solitario, y otros simplemente la registran como La Montaña. Pero su historia más larga pertenece a los pueblos indígenas de la región. Los Ute la consideraban un lugar sagrado y la llamaban Tava, que significa sol. Para ellos, no era solo un punto de referencia geográfico, sino un espacio de encuentro espiritual y un marcador donde podían mirar el paso definitivo de las estaciones.
VII
El tren sigue subiendo pesado y lento, pintado de rojo brillante, mientras la conductora sigue señalando la flora que crece entre los claros. Habla de los aspen trees, unos álamos de corteza blanca y lisa, marcada por cicatrices que parecen ojos. Cuenta que fueron los pueblos indígenas quienes, según algunos relatos, se dieron cuenta de sus propiedades analgésicas al observar a las ciervas recién paridas acercarse a lamer la corteza para calmar los dolores del posparto.
Lo primero que pienso es si de ahí vendrá la aspirina, pero la conductora se me adelanta y hace la aclaración de que, aunque la corteza contiene compuestos con propiedades analgésicas, el nombre comercial aspirina proviene de la Spiraea, una planta europea que también contiene salicina, y no de este álamo.
Al terminar su explicación, señala al lado derecho un grupo de marmotas de vientre amarillo, que se mueven entre las piedras, y un par de borregos cimarrones, con sus cuernos curvados. No falta mucho para llegar a la cima. El clima cambia bruscamente. La conductora nos pide que subamos las ventanas ahora que estamos más cerca de la cima porque, incluso en verano, la temperatura puede caer por debajo de cero y el viento sopla con violencia.
VIII
Al llegar a la cima, 4 mil 302 metros sobre el nivel del mar, me encuentro con una cafetería, unos baños y una tienda de recuerdos. Parece un centro comercial en las orillas del cielo. Entro a la tienda. Reviso las postales, fotos predecibles de la montaña y su atardecer, pero hay una distinta. Es una imagen en blanco y negro que muestra a dos exploradores que murieron congelados en febrero de 1873, cuando intentaron ascender en invierno y quedaron atrapados por una tormenta que duró dos días. Cuando los encontraron, estaban sentados junto a su equipo con los cuerpos rígidos y la ropa adherida a la piel por el hielo. La fotografía se envió primero a los archivos de Colorado Springs como un testimonio de advertencia para otros exploradores, pero con los años se convirtió en una postal que se vende aquí arriba, en la cima que aquellas dos personas nunca lograron alcanzar con vida.
La compro por setenta y cinco centavos.
Hay algo que me satisface y, al mismo tiempo, se me presenta incómodo. Sostengo la postal mientras miro el horizonte que esas personas solo imaginaron. Siento que estoy faltándole el respeto a algo mucho más antiguo que yo. La sensación, aunque brusca, se aleja rápido de mí.
Guardo la postal en mi mochila. El aire helado, un frío de tundra ártica, se me mete a los ojos hasta que me lloran. Aquí arriba no hay ninguna nube. Es tan alto que ni siquiera proyecto sombra. Las montañas alargan su cinturón más allá de lo que nunca he mirado.
Hay un letrero que dice que, en un día despejado, se puede alcanzar a ver hasta más de 160 kilómetros a lo lejos. A mí no me consta, yo tengo miopía y astigmatismo. Aún así, el azul del horizonte se abre en todos los azules hasta volverse casi el blanco. Pienso por un momento si la gente subirá montañas para responderse la pregunta sobre Dios o por alguna de sus derivaciones.
Miro una última vez al cielo, vacío, vacío, y, por lo mismo, pleno en su cavidad que todo lo contiene. Hacen la llamada del descenso y un montón de personas con las manos llenas de recuerdos se dirige hacia los vagones.
Antes de acercarme también hacia las filas, me agacho, tomo una piedra y la guardo. Esa es mi única ambición.
IX
¿Dónde está Dios?, le preguntan en la misma entrevista a Beatriz Sarlo.
–Dios reside en esta pregunta y en todas las que se interrogan sobre su existencia –contesta.
El tren vuelve a sonar su silbato de descenso. Apunto por última vez en mi libreta, ¿Dios nos ve o nos mira desde acá arriba?
Esta vez no tacho ninguna palabra.