EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Una política con espíritu

Jesús Mendoza Zaragoza

Marzo 26, 2018

Justo el Viernes Santo, el próximo 28 de marzo, arrancarán las campañas electorales en nuestro país. Justo en la conmemoración de la muerte de Jesús de Nazareth, se desencadenará una encarnizada lucha por el poder en México, en un contexto muy delicado de descontento e inconformidad. Justo en la fecha emblemática de la ejecución de un justo bajo los poderes, político y religioso de su tiempo, comenzará un tortuoso proceso de lucha por el poder en un entorno en el cual este poder ha sido utilizado sistemáticamente para enriquecer y beneficiar a unos pocos en detrimento del país. Esta conjunción de fechas da pie para hacer algunas consideraciones sobre una dimensión olvidada en la trama política y social, que suele ser muy decisiva en los resultados de la misma. Si bien la muerte de Jesús tuvo motivaciones políticas y religiosas, ha tenido un impacto espiritual de largo alcance, durante 2 mil años. El cristianismo es un hecho espiritual con un contenido religioso y ha tenido un impacto cultural, social y, aun, político de dimensiones globales. Hay una larga tradición espiritual cristiana, como hay también otra tradición budista y otra judía. Cada religión tiene la suya. Pero también hay expresiones espirituales que no tienen un contenido religioso, sino secular o laico. Hay gente sumamente espiritual sin ser religiosa, que enriquece la convivencia humana. En la política hay creyentes y no creyentes y cada quien contribuye al buen común con aportes de talante espiritual. Por eso, ahora quiero referirme a la dimensión espiritual de la política y del uso del poder. Si en México y en muchas otras latitudes la política sufre de un gran desprestigio es, en parte, porque ha perdido su esencia, su alma, su espíritu. Es la práctica política que se ha identificado con la corrupción, con el desprecio a las ideologías, con el abuso de poder, con el contubernio con los mercaderes, con la colusión con el crimen organizado. Estamos en un país harto del manejo de la política, que se perfila de manera destructiva en la vida cotidiana y en el actual proceso electoral. Pareciera que la política no tiene futuro y que había que renunciar a ella. Este es el mensaje que la clase política ha estado dando para que los ciudadanos nos hagamos apáticos y la dejemos totalmente en sus manos para su propio provecho. Una política sin espíritu se vuelve perversa y dañina. Es lo que ha pasado en México, donde ha quedado en manos de personajes corruptos y de mafias políticas que luchan por controlar las plazas al modo de los cárteles del crimen organizado. Es una pena mirar este sombrío panorama, pero hay que reconocerlo en toda su crudeza como una condición para transformarlo. Cuando los cristianos conmemoramos la muerte de Jesús, justamente en manos del aparato político de su tiempo, una muerte a la que el mismo Jesús dio un significado redentor, para reivindicar a la humanidad herida de muerte, se nos abre un nuevo horizonte: la redención de todo lo humano, implicando por ello la actividad política. Pues lo más original del ser humano no es la maldad sino la bondad, no es la corrupción sino la honestidad. Por eso, creo que la política puede recuperar su dimensión espiritual y con ella su vocación a la bondad y a la justicia. Veo dos caminos para lograrlo. El primero sería la recuperación de las utopías perdidas. Si entendemos que las utopías son esos sueños que nos proyectan hacia un futuro deseado y constituyen el objeto de la imaginación y de la creatividad humana, en la práctica política actual han quedado anuladas. El pragmatismo político es atroz cuando las ideologías del siglo pasado ya no han podido sostenerse al no haber podido cumplir con sus promesas. Las ideas, las grandes ideas han quedado canceladas. Y el futuro también. Sólo queda reproducir el presente o retornar al pasado. La política, prácticamente, se limita a organizar la vida dentro de las coordenadas de la violencia, la pobreza, la corrupción y los abusos. Fuera de esas coordenadas nada es posible. Sin utopías, todo gira en torno al poder, a su uso y abuso. Un poder que se concentra en el círculo de una clase política enloquecida y se recicla mediante periodos electorales. Recuperar las utopías obligaría a repensar la política, su sentido, su finalidad, sus alcances y sus formas. El segundo sería la recuperación del talante espiritual de la política. Cuando hablo de lo espiritual lo distingo de lo religioso. No son lo mismo ni se identifican. Todos los seres humanos, cualesquiera que sea nuestra condición social, intelectual, moral o religiosa, tenemos una dimensión espiritual. La reconozcamos o no, la atendamos o no. Esa región donde se plantean las preguntas trascendentales sobre la vida y sobre la muerte, sobre el dolor y sobre el sufrimiento, sobre la felicidad y el sentido de la vida, sobre el bien y el mal, sobre el futuro y sobre el destino, corresponde a la vida del espíritu. Es el horizonte que está más allá de las experiencias, las ideas y los sentimientos. Es la región donde se procesan los significados, las motivaciones y las explicaciones trascendentales. Esta región interior al ser humano, es algo así como el humus donde se arraigan los valores, los principios, las creencias y las mismas utopías. Y puede expresarse de manera religiosa o laica. Cada quien lo decide. Por ejemplo, cada quien decide si cree en el ser humano y decide en qué sustenta esta fe o creencia. El cuidado de lo espiritual redunda en un mejoramiento de la calidad de vida de la persona. Mejora su salud emocional, corporal e intelectual, sustenta principios y valores, aclara utopías o ideales, define una ética firme y sostenida. La salud espiritual hace transparentes y consistentes a las personas, a las comunidades y a las instituciones y les proporciona una visión humanista. El descuido de lo espiritual nos vuelve pragmáticos, convenencieros, camaleones, inconsistentes y traicioneros porque nos dejamos arrastrar por circunstancias exteriores ante el vacío de interioridad. El próximo viernes los cristianos vamos a conmemorar que Jesús de Nazareth aceptó su muerte violenta justamente porque creyó en una utopía, porque llevaba en su alma una gran convicción espiritual con un núcleo amoroso. Su lucidez es proverbial. Sabía por qué y para qué moría, porque sabía para qué vivía. Su gran utopía, el Reino de Dios, le movía a darse y a no rendirse, y nunca permitió que nadie le extraviara de ese camino. Ahora, cuando ya cayeron todas las utopías –y las ideologías que las sustentaron–, la política se ha convertido en un terreno de pragmatismos. Ya no hay ideologías que funcionen. Lo hemos visto en las alianzas políticas entre partidos políticos y en el chapulinero vergonzoso, que han mostrado que para conseguir el poder todo se vale, hasta sacrificar las ideas y hasta sacrificar la propia dignidad. Todos están dándonos el mensaje de que la única ideología válida es la que asegura el poder y estar dentro del presupuesto. Es la ideología de la corrupción y del abuso. Pero, sobre todo, Jesús aceptó morir por razones espirituales. Y la más acendrada es la del amor. Pregonó valores espirituales como la compasión, el perdón, la solidaridad, la honestidad, la justicia, la fidelidad y la reconciliación, entre otros. Estos son valores universales que enriquecen a quienes los asumen con una calidad de vida que beneficia decisivamente a la sociedad. ¿Por qué estos valores no han de impregnar la actividad política y por qué no han de orientar las decisiones políticas? ¿Por qué no imprimir ese plus a la vida política para que recupere su talante original y genere beneficios y ya no tantos perjuicios? Ejemplos de liderazgos políticos con una intensa carga espiritual los tenemos: Mandela, Gandhi, Luther King son los primeros de una larga lista. Es más, ellos desarrollaron procesos de formación espiritual aún entre las masas para desarrollar sus estrategias políticas con mucha eficacia, como es el caso de la no violencia activa.