EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Una Semana Santa

Anituy Rebolledo Ayerdi

Abril 02, 2026

Nada de nadar

Antes de que el turismo se apoderara de Acapulco para vivir a su manera la Semana Santa, la gente del puerto lo hacía conforme el proceso establecido por la Iglesia católica. Recordar con dolor el sacrificio de Cristo por la humanidad y celebrar con alegría su resurrección
Una tradición en la que los niños, por lo menos los de Acapulco, eran sometidos a estúpidas prohibiciones como la de no meterse al mar durante la semana ¡so pena de volverse pescados! El premio será una garrotiza el Sábado de Gloria para para que no dejen de crecer.
–Pero, má:
–¡Nada de peros, el traje de baño se guarda una semana! ¡Que se bañen los frasteros que quieran terminar convertidos en ceviche! Es cosa muy de ellos aspirar a sirenas. ¡Yo, mi’ja, no tengo dinero para comprar peceras para criarlos a ustedes! ¡Y Dios me ampare si en un descuido mi Fernandito se convirtiera en tiburón, o tú, mi gordita linda, en una ballenita! ¡Y no te rías , por favor, que es cosa seria! ¡Nada de mar por ahora, ya se abrirá la Gloria!

Leopoldo Díaz Escudero

Don Leopoldo Díaz Escudero era un pastor hecho a la medida de los acapulqueños. Tez blanca, nariz aguileña, figura arrogante y grandes talentos. Su grave y potente voz se dejaba escuchar hasta el malecón, haciendo vibrar las fibras más sensibles de los parroquianos. Las transportaba, según fuera el tema, de la euforia al llanto pasando por destellos de reflexión profunda. La bonhomía del santo varón le redituará muchos dividendos cariñosos de la población
El sacerdote Díaz Escudero acostumbró los domingos de reuniones sociales en el curato de la parroquia de La Soledad. Ello después de las dos únicas misas dominicales, una rezada y la otra cantada. Reuniones en las que la conversación era el eje, aunque nunca faltaron las ricas viandas de la región, una botellita de mezcal y una guitarra para acompañar la atenorada voz del padrecito.

La Pasión representada
por la gente

El pasaje del lavatorio se celebraba cada Jueves Santo y consistía en que el párroco Díaz lavaba los pies a un grupo de lancheros y pescadores reclutados por don Perfecto Rodríguez y don Pillo, seglares encargados de escoger a los apóstoles y demás personajes de la Pasión. El de Judas, por ejemplo, rechazado por todos, fue sin embargo solicitado por don Serapio Mejía, del barrio de La Poza, al que nadie en Acapulco volvió a llamar Serapio.

El Reparto

Don Salvador Valle fue Simón Cireneo; Tomás Lepe, el hijo del carnicero, fue Santiago de Galilea; el alijador Baudelio Durán representó a Poncio Pilatos; Gerardo H. Luz fue Tiberios; Chendo el Boga, el Moro Capitán; y finalmente Chema Rico, el Diablo Mayor.

Las procesiones

Las procesiones circulaban por la calles adyacentes de la parroquia de Nuestra Señora de La Soledad, una casona de madera con techo de láminas de zing, representación teatral a cargo de actores improvisados con tanta fuerza dramática que hacían llorar al público femenino.

La Gloria

A los chamacos que durante los días de la Semana Santa habían padecido la prohibición de bañarse en el mar y participar en juegos de cartas, incluso el de la Lotería del gallito, les llegaban con el Sábado de Gloria sus reivindicaciones
¡Mangos!
Daba paso a una de las más crueles canalladas enmarcadas en la religión: “Golpear a los niños y jóvenes en las piernas para que no dejaran de crecer”, tortura presentada como un alegre juego sacado de alguna leyenda medieval.
–¡Para que crezcan cabro-nes y no se queden enanos! –era la sentencia entre carca-jadas de mucho padres de fami-lia, empeñados en la golpiza.
El Sábado de Gloria era necesariamente un día de baño obligatorio luego de estar prohibido toda una semana. Los aguadores de Acapulco, Maco y Chuy García, no se deban abasto con sus entregas, lo mismo que las recuas de los burreros Yuyo Castrejón, Hermilo Hurtado y Cleto Frías. Ora que muchos acapulqueños se desplazaban hasta el Río Grande (La Fábrica) para refrescarse con sus aguas zarcas. Al grito de “la cáscara guarda el palo”, a otros tantos se les bañaba a cubetazos en plena calle.

La Guerra Cristera

Nuestro conocido Leopoldo Díaz Escudero será una de las primeras víctimas de la Guerra Cristera (1926-1929). Su curato, a un lado de la parroquia, donde celebraba fiestas todos los domingos, es incautado por orden del propio presidente de la República, Plutarco Elías Calles. Ello en respuesta a una solicitud, también telefónica, de don Rosendo Pintos Carballo, vecino del templo, proponiendo el curato para ubicar en él a la escuela primaria Manuel M. Acosta, sin edifico propio. La orden presidencial será cumplida en 24 horas por el presidente municipal. (hoy, Biblioteca Alfonso G. Alarcón).
El sacerdote Díaz Escudero tendrá como curato un cuarto ofrecido por una feligresa, doña Lupita García, en la misma calle de La Quebrada.

La Soledad durante
la conflagración

El párroco Florentino Díaz Martínez suple a su sobrino Leopoldo Díaz Escudero. Celebra los actos de la Pasión de Cristo únicamente en el interior del templo, ahora rodeado con poderosos muros de piedra y techado aun con lá-mina. Atiborrado, todo conjura contra los parroquianos: el calor, los malos humores, el humo de las velas y el copal. Todo fuera de la luz del sol.
Prohibido por el gobierno cualquier acto religioso en público, el curita no deseaba ser reconvenido por la autoridad, como ya había ocurrido. cuando unos monaguillos jugaban en la calle, les permitió hacerlo al interior del templo. Las mujeres de la parroquia vestían todas de negro y arrebozadas, y sólo unos pocos hombres cumplían con el luto riguroso.
El párroco Díaz contaba con el apoyo y la colaboración de muchos católicos porteños. Entre ellos:los integrantes del coro, el sacristán Valeriano Espinosa, el organista Juan Manzanares, Juan Balboa, Perfecto Ramírez y los coristas Filiberto M. Arredondo y José Agustín Ramírez. Las damas Enedina Fierro Margarita y Marianita Altamirano, Guadalupe Catalán viuda de Ríos, Mamita González, Otilia Liquidano, María Luisa Balboa y Anita Ávila. Algunas disponían de reclinatorios con sus nombres

Garito

A diez años de la Cristiada, 1936, se instala en el zócalo de la ciudad un casino formal bajo tiendas de campaña, donde se jugará de todo y sin medida. El párroco de La Soledad encabeza a un centenar de hombres, mujeres y niños que elevan sus protestas por tamaña ofensa a Cristo y su sacrificio.
–¿Pretenden acaso jugar a los dados bajo el manto de Jesucristo? –preguntó indignada Jovita Becerra, rezandera del barrio de El Teconche.
–Es falso, pero si nos traes el auténtico, ¡ahí vamos! –fue la respuesta.
Se conocerá más tarde que el organizador del garito se llamaba Jorge Martínez, quien los instalaba en ferias por órdenes del gobernador, general Gabriel R. Guevara y cuyos beneficios iban directamente a las fuerzas federales.