EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Una visita a la sierra de Atoyac

Silvestre Pacheco León

Febrero 19, 2024

 

(Primera de tres partes)

 

Aún no amanecía aquel domingo cuando Israel llamó a la puerta de la casa en Zihuatanejo donde Palmira y yo lo esperábamos ya levantados y con el café servido en el termo para despertar bien en el camino.
El plan era ir hasta Río Santiago en el municipio de Atoyac y regresar el mismo día, un paseo relámpago si tomamos en cuenta las tres horas de viaje, por eso para aprovechar el tiempo de ese día habíamos decidido madrugar y regresar con la luz del día como se recomienda para quienes andan en carretera.
El motivo principal del paseo era ver los cambios que ha habido en la sierra y saludar a don Chon, tío de Israel, un señor de 85 años que tenía deseos de saludarme personalmente identificándose como uno de mis lectores.
Desde el año pasado cuando don Chon supo de la cercana amistad que tengo con su sobrino, le pidió que me invitara a su casa, que le daría mucho gusto platicar sobre la historia reciente de Atoyac que conoce y recuerda en detalle.
Con esos antecedentes la invitación me servía de pretexto para volver al municipio que en mi calidad de candidato a diputado federal del PSUM recorrí en la década de los ochenta promoviendo la vía electoral como opción para el cambio después de alcanzar la democracia.
Eran tiempos de la bonanza cafetalera, del Inmecafé y los poderosos intermediarios del grano. El olor del miedo impregnaba el ambiente y todavía vivía la terrible represión de la guerrilla.
Mi amigo Israel que por motivos de trabajo recorre constantemente la carretera de la Costa Grande, todo el tiempo se esforzó en convencernos de que después de aquellos tiempos ahora no era mayor el riesgo, y como prueba de ello nos mostró los rótulos pegados en ambos costados de su vehículo y que según él funcionan como salvoconducto frente a los buenos y ante los malos porque lo identifican como persona pacífica, trabajadora e inofensiva.
Con ese ánimo infundido por nuestro amigo, Palmira y yo subimos al vehículo que enfiló aquella mañana hacia el municipio de Atoyac pasando por la casa de nuestro anfitrión donde ya nos esperaba su esposa Anita y su suegra doña Chela para sumarse al paseo.
Antes de llegar a su pueblo pasamos a San Jeronimito, el lugar del más reciente bloqueo a la carretera federal, perpetrado por personas identificadas como base social de los agresores que atacaron a los asistentes al palenque del juego de gallos en Petatlán, quienes quisieron en vano detener la aprehensión de algunos identificados como los agresores.
Don Gustavo al que Israel saluda como su padrino estaba en su casa dormitando en la hamaca, “velando el guiso”, nos dijo, levantándose de prisa para atendernos. Fue entonces cuando Palmira y yo caímos en la cuenta de que Israel había preparado un verdadero agasajo para su familia en la sierra llevando el suculento platillo de la costa.
Don Gustavo acomodó con destreza el “poche” salido del horno en la cajuela del carro, con una base de conos de huevos para mantener el guiso caliente que luego tapó previniendo su derrame en los cientos de topes de la carretera. Después reemprendimos el viaje.
No tuvimos ningún percance en el trayecto ante la notoria presencia de los cuerpos de seguridad que lo vigilan, y tampoco hubo lugar para el aburrimiento, recordando las anécdotas de los costeños, como aquella que nos contaron del niño aquel yendo de copiloto del hermano mayor quien por primera vez se atrevía a entrar en la carretera federal manejando la Cheyenne que les habían traído del norte.
–Fíjate si no viene carro –le ordenó el chofer mirando hacia adelante.
–Pasas –le dijo el niño, y el hermano se metió a la carretera para frenar bruscamente frente al tráiler cargado de alambrón procedente de Lázaro Cárdenas.
Asustado el chofer volteó a ver al copiloto para reclamarle su descuido, pero se contuvo al oír al menor que le respondió todavía asustado:
–¡Te dije que pasabas pero recio!
Después de algunos chistes como ese el tiempo voló y pronto hicimos nuestro arribo a la cabecera municipal de Atoyac donde nos esperaban humeantes tazas de café.
Hicimos nuestro primer descanso en el Jardín del Edén, a la orilla del río Atoyac. Nos resultó fácil llegar después de largos años que dejamos de visitarlo.
Al final de una calle pavimentada identificamos el tupido follaje de selva apenas contenido con la malla ciclónica de la cerca. Tocamos la puerta y detrás de los perros que se asomaron a la reja apareció Arturo García con su inquietante juventud pues su aspecto es el mismo de hace cuarenta años, milagro que atribuyo al remanso de paz en que vive, integrado respetuosamente a la naturaleza como huésped que la cuida para que ella haga lo mejor que sabe, germinando sus semillas y auto produciendo los nutrientes que enriquecen el suelo. Para eso Arturo se aplicó en dotarla de un artificioso sistema de riego que se activa cuando la bomba comienza a subir el agua de la noria produciendo lo más parecido a una lluvia tropical.
El pequeño lugar, poblado de una variedad abigarrada de plantas de todas las formas y tonos de verde crea un clima que convoca al descanso y solaz que enamora a los visitantes con ideas para crear su propio jardín bajo los mismos principios de la sustentabilidad que define la permacultura.
Los árboles de ceiba, robles, cedros y amates a los que se suman los enhiestos bambús de verde y lizo tallo y gran diámetro, propios para la construcción, han formado un alto techo verde convertido en refugio de pájaros que mantienen una sinfonía de cantos que encantan.
En la esquina del predio una cascada que nace quien sabe de dónde, resbala cadenciosa por los riscos formando un borbollón en el fondo, bajo una llovizna artificial que refresca y anima a desnudarse.
Después del rápido recorrido por su jardín que Arturo presume complacido, nos invita una taza de café de su cosecha que degustamos bajo la fronda como techo natural de la estancia.
Yo que conocí esta selva cuando era un lote baldío, reseco y polvoriento, puedo atestiguar como verdad lo que Arturo sostiene de que “es mejor hacer para convencer” y “ver para creer”, de ahí que toda su vida la haya dedicado a construir para transformar.
Contento también por la visita que le hacemos nos platica entusiasmado esa experiencia nueva de revitalizar los ejidos para impulsar desde la base campesina las transformaciones que requiere el campo. A partir de esta iniciativa de coordinación nacional de ejidos que ha nacido en Guerrero y ahora se extiende a casi la mitad del país Arturo habla del relevo generacional que se está produciendo en el campo con jóvenes de nueva mentalidad y mucho entusiasmo.
Luego pasamos al tema del café y bajo el canto desaforado de los zanates conocemos la versión del anfitrión sobre la actual crisis de ese cultivo cuyo estratosférico precio en las tiendas y cafeterías sólo beneficia a los intermediarios y comercializadoras que se quedan con la mayor parte de las ganancias mientras los productores tienen que conformarse con los dos pesos que en promedio reciben por cada taza de café.