EL-SUR

Jueves 09 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Urgencia por replantear la estadía en el mundo

Federico Vite

Julio 15, 2025

Lessons (Londres, Jonathan Cape, 2022, 486 páginas), de Ian McEwan, es un libro ambicioso en el que el experimentado narrador inglés anuda muchos de los tópicos que ha explorado en otros libros: la iniciación temprana del sexo, el daño emocional causado por una ruptura amorosa, la grotesca persecución de la fama literaria, la reflexión del entorno geopolítico, el acercamiento de los espías a los escritores y el temor de ser inteligente en un mundo que ha perdido la razón.
Esta es la novela más extensa que ha publicado McEwan y la pregunta que se cierne sobre el lector es difícil de responder: ¿cómo sobrellevar la inteligencia en un mundo que ya no valora las cualidades intelectivas? ¿Para qué? Eso es importante seguir en este volumen en el que se nota la obcecada búsqueda de una respuesta, una solución a esta interrogante: ¿Cómo vivir en un mundo que se ha convertido en un loa al egoísmo y la estupidez?
McEwan nos presenta a Roland Baines, un chico que muestra enormes habilidades musicales a temprana edad. Estudió piano y su mentora, Miriam Ciornell, lo llevó a la primera experiencia sexual a los catorce años de edad. Abandona la escuela y empieza un vagabundeo formidable en el que se involucra en el aprendizaje en diversos flancos; el principal, dominar otros idiomas y otros oficios. Al final, recala sin mucha fortuna en la poesía. Roland se devana los sesos y se truena los dedos porque no sabe cómo ganar dinero siendo poeta. Como músico es más sencillo, toca en un bar y obtiene algunos pesos; pero como poeta, ¿qué sigue? Busca publicaciones en una y otra revista, pero los pagos llegan con retraso. Tiene un hijo y tuvo una mujer, Alissa, un personaje que atrae toda la atención porque desaparece y el engranaje mayor de la novela se pone en movimiento. No se convierte en un relato de suspense, aunque la trama contenga un detective y algunos policías. La desaparición de la mujer conduce al lector por senderos delictivos. Años después de aquel hecho, Roland deja de ser el principal sospechoso de la desaparición y reinicia su vida. Sale de viaje y encuentra a Alissa en Alemania. La novedad es que está con un hombre, en una cafetería, pero nada es lo que parece. El tipo es editor; ella renunció al hijo y la familia porque su “mayor deseo no era cuidar un niño, ni tener vínculos con un hombre adicto la sexo”. Alissa quería ser novelista y tomó la decisión de alejarse de la familia porque le estorbaban; le quitaban tiempo y el tiempo, para un escritor, es oro. Ella lidiaba con el abandono familiar, pero aún más con los rechazos editoriales y ahí suspendo la descripción de los hechos porque el resto de la historia también forma parte de la línea de acción de Roland; él, en cambio, se conforma con trabajos menores: entrenador de tenis, músico, poeta, maestro, etcétera. Sumado a estos hechos, los personajes enfrentan a su manera la Guerra Fría, el socialismo, las crisis económicas, la catástrofe de Chernobil, los cambios tecnológicos, el racismo y la pandemia del Covid. Ian abreva de la historia reciente y es efectivo en ello. No sólo dota de verosimilitud los hechos sino que los densifica y tensa aún más la trama.
La cronología de la historia no es lineal; va siendo alterada por la memoria del protagonista y se organiza de esa manera con el insólito objetivo de encontrar el origen de ciertos problemas emocionales y laborales, porque lo recurrente en este personajes es la inestabilidad. La disfuncionalidad de Roland es preocupante; pero aún más la del hijo, Lawrence, a quien el padre cría como puede y como lo permite el dinero. Con cierta recurrencia, Roland se pregunta:
“¿Por qué no he hecho nada de mi vida?
Cuando caminaba, Roland pensaba que, aparte de levantar a un niño, todo lo demás en su vida permanecía sin forma, y él no podía ver la manera de cambiarlo. El dinero no podía salvarlo. Nada había conseguido. ¿Qué pasó con el tono en el que había comenzado a componer canciones hacía más de treinta años y estaba planeando enviárselas a los Beatles? Nada. ¿Qué había hecho él desde entonces? Nada. Pero más allá de un millón de golpes fallidos de tenis, más allá de las miles de rendiciones para “Escalar Cualquier Montaña”, no había nada. Él se sonrojó y leyó algunos de sus primeros poemas. Su padre fue cortado de un tajo. Su madre comenzó a declinar en la amnesia. Eso le dio la medida de su existencia”.
Mc Ewan logra algo que no suele encontrarse muy a menudo en las novelas actuales: sondear la respuesta a una interrogante vital: ¿cómo sobrevivir en un mundo que no valora la inteligencia? Para hallar solución a esa pregunta rastrea algunos aspectos de la biografía de Roland y la analiza, eso le permite expandir la pesquisa que le ayuda a entender algo de aparente simpleza, ¿por qué Roland se siente como se siente? Es entonces que se pone en perspectiva la relación con la maestra de piano. Después de las sucesivas novias, de parejas sexuales y de matrimonios, Roland comprende que su temprano despertar sexual fue un abuso. La novela no se transforma, para fortuna del lector, en un melodrama. Analiza con astucia la manera en la que ciertas personas se relacionan.
El libro, de apariencia extensa, se transforma en un artefacto que sólo pudo haber sido escrito por un artesano, pues el narrador entra a los miedos, los fracasos y los aciertos de un puñado de personajes con naturalidad. Analiza las ambiciones y fracasos de una generación. Son chicos y chicas que no supieron cómo superar los abusos.
Hay una escena memorable en la que McEwan confirma su gran talento. Roland busca a la maestra de piano. La encara para que hablen de los motivos que la impulsaron a seducir a un adolescente de catorce años. Pero le interesa más saber por qué una mujer de veinticuatro años necesitaba una relación marital con un chico diez años menor que ella. Los diálogos y el manejo del lenguaje son una lección narrativa.
Posteriormente, Roland se encuentra con Alissa y explora esa parte del éxito literario que él no tuvo. Y, como bien sabemos, el tiempo que todo lo destruye cierra esos capítulos en la vida de Roland.
Lessons podría haber funcionado muy bien con menos páginas, pero lo que expone Ian no deja de ser brillante. En especial, adquiere más luz cuando uno piensa que hay tantos personajes rotos en el mundo que no saben cómo sanar, ni cómo tratar las heridas internas; pero hay tantos, de verdad, que lo único que necesitan es aceptar que han perdido el rumbo y requieren de guía. La única guía, como puede notarse en Lessons, es la vida. Mejor dicho: es la vivencia de una vida pródiga en desaciertos. De ahí el título de este libro: Lecciones.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederíVite