EL-SUR

Viernes 14 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Vandalismo, violencia, ambivalencia

Abelardo Martín M.

Mayo 07, 2019

 

Tal vez para competir por visibilidad en una entidad en donde la violencia desbocada del crimen organizado ocupa los principales espacios periodísticos y las preocupaciones primarias de la población, los maestros de la CETEG decidieron regresar por sus fueros y hacer sentir su presencia de la manera que les ha dado fama y resultados.
Su marcha de protesta en Chilpancingo los llevó a la sede del Congreso, para repetir el ritual de vandalismo y destrucción que ni siquiera sorprende porque no es nuevo. Así lo han practicado ya en el pasado, y esta vez repitieron en episodio surrealista el oxímoron: profesores destruyendo bibliotecas.
Que derriben puertas, rompan cristales y mobiliario, desaparezcan equipo de cómputo, difícilmente puede ser aceptado como parte de una protesta magisterial, pero el extremo de dañar recintos bibliotecarios supera toda posibilidad de entendimiento.
A la irresponsabilidad incalificable de la turba, se une la excusa torpe de los encargados de contener los desmanes: los diputados no avisaron a tiempo, dice el secretario de Gobierno estatal. Lo cual hace suponer que el Ejecutivo de Guerrero no tiene canales de información ni de previsión, que desde los patrulleros hasta el gabinete de seguridad no hay capacidad ni estrategia ante fenómenos de radicalidad y violencia como la que se vivió la semana pasada.
Los diputados tal vez se olvidaron de pedir auxilio pero sí se pusieron a salvo. Los daños materiales no importan, para su reparación se emplearán partidas presupuestales previamente contempladas. ¿Quién las paga? La gente, con sus impuestos.
Y mientras las pugnas políticas y los intereses gremiales se dirimen a hachazos, en el trasfondo del escenario guerrerense continúa ocurriendo lo que ya no es noticia: un reguero de sangre que no para. El fin de semana concluyó con más de una decena de muertes violentas, entre Acapulco, Chilapa, Zihuatanejo y Chilpancingo.
Entre todos los casos ocurridos, destaca la emboscada a dos dirigentes de agrupaciones indígenas en Chilapa.
Frente a esta experiencia cotidiana, las cifras oficiales pretenden mostrar un escenario optimista: dicen que los primeros cuatro meses del año, los homicidios dolosos en la entidad han disminuido en más de 20 por ciento, tendencia que es más notable en Acapulco, y que por todo ello Guerrero ha pasado de estar entre los tres primeros lugares en el país a ocupar ahora el octavo puesto en esos lamentables rubros.
La propaganda oficial presume también el éxito de eventos nacionales e internacionales que se han ido encadenando, como la etapa ciclista que con el patrocinio de la Tour de France se desarrolló hace unos días en el puerto.
Como consecuencia de la sucesión que viene desde antes de la Semana Santa y hasta la fecha, Acapulco ha podido mantener su ocupación hotelera en niveles superiores al noventa por ciento sobre todo en los fines de semana.
Finalmente, la información estadística del Inegi muestra que durante el pasado año, Guerrero tuvo un crecimiento económico del 1.2 por ciento que aunque parco, es importante para una entidad con escaso desarrollo, que por años ha tenido un crecimiento nulo o negativo.
Así, con unas cosas buenas y otras no tanto, transcurre el día a día en el estado. Del pavor por tanta criminalidad a la esperanza de que de veras haya una expectativa de bienestar y paz para las futuras generaciones.
Así está también el país. Pero esa es otra historia.
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