EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Viaje a Querétaro

Silvestre Pacheco León

Julio 29, 2019

 

De Querétaro llegan a Zihuatanejo muchos paseantes de fin de semana que hablan bien de su estado. Que en su capital hay un moderno desarrollo inmobiliario, demanda de empleos y centros de estudios que atraen a jóvenes de la región. Dicen los que viven ahí que la ciudad compagina la modernidad con lo tradicional, y como la súper carretera Siglo XXI nos ha acercado tanto como para llegar allá en seis horas, no lo pensamos demasiado para aprovechar las vacaciones de nuestra nieta mayor y llevarla con nosotros en busca del clima frío en aquella parte del Bajío que tiene una altitud de casi 2 mil metros.
Es el mes de julio al medio día, con un calor que nos hizo suponer que mantendría solitaria la carretera en el tramo más difícil que sigue siendo la depresión del río Balsas, por lo abrupto del terreno, la distracción de los paisajes creados por el embalse de la presa El Infiernillo, y el constante paso de los tráilers que transportan parte de la carga del mercado mundial que se desembarca en el puerto de Lázaro Cárdenas.
Toda la costa de Guerrero rumbo al puerto industrial, hasta el entronque de Feliciano, tiene carretera nueva, y el tráfico ha sido liberado del paso por los pueblos con su infinidad de topes y baches. Ahora la autopista constituye una oportunidad para decenas de emprendedores con sus puestos de fruta, comidas, plantas, sal y artesanías.
El paisaje ha cambiado tanto en tan pocos años que ahora a nosotros nos parece desconocido porque gracias a la autopista emergieron junto a la carretera muchos pueblos que permanecieron aislados en el tiempo.
Todo es nuevo en la autopista, con sus paraderos de tramo en tramo donde ahora, además de las tradicionales y gigantes empanadas de coco en el entronque de La Unión, el turismo ha generado demanda para las de camote y piña que se elaboran y hornean a la vista de los clientes.
El comercio local alentado por los viajeros ha mejorado la economía para los productores de sal de mar del vecino municipio de Petatlán que se ofrece en costales de diferentes volúmenes. De la playa de Petacalco han traído el negocio de las piedras de colores, blancas, negras y redondas que las olas del mar pulen en la bahía, y no faltan los racimos de plátanos, las cajas de mangos, los cocos frescos, y también las plantas de ornato, que venden con sus macetas de barro de fabricación artesanal, reviviendo la antigua industria alfarera del pueblo de Feliciano que en años anteriores se afamó por sus trastes de barro.
Ya ha pasado el tiempo de la constante toma de las casetas por la multiciplicidad de organizaciones demandantes y protestantes de cualquier cosa. Ahora en cada una hay grandes mantas con la leyenda de que se sancionará a quien las afecte porque su toma daña el derecho de los demás.
Para nuestro gusto y deseo nos parece que hay demasiadas casetas de cobro y no todas baratas, pero nos alegra la tranquilidad del camino y saber que en cuatro horas estaremos en Morelia, paseando en la plaza Melchor Ocampo, disfrutando del clima frío y de las campanadas de la catedral para salir un poco de la rutina liberal del puerto de Zihuatanejo, pero cuando llegamos sufrimos las secuelas de un chubasco que atrofió el tráfico y encharcó la ciudad.
El efecto de la lluvia, los charcos y el tráfico lento nos desalientan, por eso después de comer decidimos reemprender el viaje hasta Querétaro aprovechando que el cielo se ve despejado y la carretera poco transitada, con buena luz todavía, a pesar de ser ya las ocho de la noche.
Valentina es una excelente compañía para viajar porque nos entretiene, divierte y mantiene alertas. Parece que nunca se cansa de platicar y nos involucra en sus juegos, concursos y competencias hasta el cansancio. Con ella aprendemos el color más frecuente en los carros que encontramos, y nos obliga a ejercitar nuestra memoria teniendo que recordar el mayor número de nombres propios que se escriben con determinada letra del alfabeto que uno elige a la voz de ¡Basta!
Ahora, a pesar de su breve edad, la hacemos cargo de manejar el GPS que se ha vuelto una herramienta indispensable para andar en cualquier ciudad porque ahorra tiempo y evita que como forastero uno sea foco de atención al andar de preguntón, como era la costumbre de quienes procedemos de la era anterior a la digital. (Ese es el GPS que los antiguos traemos integrado según mis hijos).
Ya al atardecer, una lluvia inesperada al pasar los lagos del río Lerma en su parte austral, nos coloca en un paisaje sobrenatural, con un cielo oscurecido de nubes negras que se descargan a lo lejos en cascadas que el viento mueve entre rayos y relámpagos, lo cual nos recuerda que es mejor la mesura para andar largas distancias en la época de lluvias, y mejor decidimos dormir en Salamanca cuyos habitantes parece que se han guarnecido todos en sus casas ante la amenaza de un fallido chubasco.
No queremos saber mucho sobre esta ciudad huachicolera y la dejamos a primera hora planeando llegar a Querétaro para el almuerzo.

Santiago de Querétaro

La ciudad nos sorprende en sus dimensiones con sus grandes y modernos edificios, pero nos desanima por su aglomerada extensión. Salvo el Centro Histórico que puedes recorrer a pie, las vías rápidas y la velocidad que te requiere, impiden su disfrute a cualquiera que vaya de provincia por un fin de semana.
Mejor salir de ahí donde se concentran los cafés, los museos y librerías, también los centros comerciales y de negocios que son propios de las grandes ciudades.
Por eso recordando nuestros viajes anteriores nos vamos a Tequisquiapan para alimentar nuestra cultura provinciana andando sus callejones empedrados saludando a los vecinos mientras saboreamos sus paletas y luego las gorditas de maíz quebrado con migas. También visitamos la zona vitivinícola donde bebemos el vino espumoso local, acompañado con los quesos propios de la región.
Como le hemos ofrecido a Valentina hacer con ella el recorrido de Mitos y Leyendas que un grupo de artistas ofrece en las calles del Centro Histórico, nos acompaña gustosa a visitar las viejas casonas de los personajes que lideraron el levantamiento contra el dominio español, donde descubrimos la portentosa obra de Rafael Cauduro dando vida a los héroes de la Independencia que adornan la Casa de gobierno.
Después, junto con casi tres centenares de visitantes vamos de calle en calle por diferentes edificios antiguos para escuchar los relatos de hechos que se han preservado desde la sociedad colonial ligados a la riqueza y ambición de los conquistadores, hasta las leyendas populares.
Satisfechos del paseo nos regresamos a la costa a principios de semana con la idea de hacer alto en Pátzcuaro donde al atardecer nos recibió una llovizna tenaz que nos despertó las ganas de los buñuelos y el atole de guayaba en la plaza de Gertrudis Bocanegra.
Al otro día, disfrutando del frío habitual de la ciudad, nuestra suerte lo complementa poniendo a nuestro lado nada menos que a la familia que vende los huchepos, esos tamales que figuran un volcán hecho de masa de maíz con queso en el centro y que son propios de la región de los lagos envueltos en hoja de mazorca que se acompañan con atole de leche.
Relajados después del almuerzo volvimos a la costa viajando por la carretera libre que nos condujo a los terrenos dominados por las huertas de aguacate donde operan las policías ciudadanas. Queríamos aprovechar nuestro viaje para completar con aguacates nuestra carga de fresas y cajetas con las tostadas de maíz quebrado.
En el verde camino de los aguacatales vemos el proceso en el que desaparece el bosque de pinos bajo la presión de las nuevas plantaciones del llamado oro verde de Michoacán.
Pensando que en las huertas su precio estaría de regalo, en vez de cajas de aguacate nuestra demanda se reduce a kilos cuando nos anuncian el precio de 60 pesos, pero como su calidad es de concurso y no resulta fácil venir cada semana, decidimos que el precio es lo de menos, y así, con nuestra carga, regresamos más felices al calor de la costa.