EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Violento 20 de abril

Silvestre Pacheco León

Abril 29, 2007

 

Mientras estamos bocabajo, apretujados en la reducida cocina del restaurante, esperando
impacientes y atemorizados el cese de los disparos, pienso si será cierta la eficacia de
tirarse al suelo para no ser blanco de las balas y asumo para mi consuelo que algo tiene
de cierto esa acción que vemos en las películas. Por eso no me sentí ridículo cuando al ver
desenfundar las pistolas, instintivamente me tendí en el piso junto a mis demás
compañeros en medio del fuego cruzado que duró largos minutos.
La preocupación entonces era el caso de Pedro, herido en los primeros disparos. No tuvo
tiempo, o no encontró lugar entre las mesas y las sillas del restaurante para ponerse a
salvo. Solamente se agachó cubriéndose tras el barandal de tablas que da a la calle. Entre
lo más nutrido de la balacera lo escuchamos quejarse. “Me dieron”, nos dijo con
desconsuelo. Le preguntamos que dónde y nos respondió que en la espalda.
El estruendo de los disparos era intenso, y parecía que nosotros éramos el centro de
atracción porque el zumbido de las balas nos mantenía a ras del suelo. Fue entonces
cuando decidimos trasponer la puerta de donde estábamos para pasarnos a la cocina,
también de paredes de tabla, como toda la construcción. Sin decirlo, todos los del grupo
pensamos en que los muebles de la cocina nos ayudarían a cubrirnos mejor. Así vamos en
fila india, lo más agachados que podemos para salvar nuestras vidas.
Ahora que lo recuerdo, todo el piso era de tierra. En la cocina la comida se quemaba
porque la cocinera y su hija permanecían inmóviles, una al lado de la otra, tiradas en el
piso, sin pensar en el riesgo de tener abierta la llave del gas, o quizá pensando en no
correr el riesgo de levantarse para cerrarla.
La pequeña cocina no daba resguardo para todos, por eso una parte del grupo siguió
adentrándose hasta esconderse en el baño.
Pedro seguía quejándose y nos alarmaba, primero porque decía que una de sus piernas
estaba entumida, luego que le costaba trabajo respirar. Como podíamos tratábamos de
animarlo. Cuando dijo que tenía sed, pensamos que su caso era grave. Fue cuando pensé
en la utilidad que tienen los milagros, porque la realidad era patética: estábamos a dos
horas del lugar más cercano de donde podía venir alguna ayuda. El problema era que fuera
del pueblo nadie podía adivinar lo que estaba pasando y no había tampoco modo alguno
para pedir auxilio, pues las dos casetas telefónicas que dan servicio a la comunidad
bajaron sus cortinas intempestivamente como lo fue la balacera.
Los celulares tampoco tenían señal, así que sirven de nada para estos casos. Estábamos
pues a merced de quienes tenían y accionaban sus armas.
Recién iniciada la balacera uno de nuestros amigos, vecino del lugar, se desprendió del
grupo y corrió precisamente hacia donde provenían los disparos. Al principio no
entendimos su osadía, pero luego nos quedó claro que trataba de proteger a sus papás,
los cuales esperaban dentro de una camioneta, en medio de la calle, en el lugar donde se
originó la balacera, a que el hijo se despidiera de nosotros.
Por fortuna, para no sentirnos completamente abandonados, entre nosotros seguía Manuel
Romero, el campesino que nos acompañó ése día en el recorrido para conocer las partes
conservadas del ejido.
Los disparos cesaban por momentos y en su lugar eran las voces violentas entre los
bandos enemigos que se escuchaban, luego los llantos entremezclados con los gritos de
dolor por los muertos y los heridos.
De pronto llegó el autobús que cubre la ruta Zihuatanejo Xinacantepec, y se detuvo justo
enfrente del restaurante que nos servía de resguardo. De él bajaron algunos pasajeros sin
imaginar siquiera lo que ahí acontecía.
Toda la escena de la calle se descubrió ante nuestros ojos. La camioneta de nuestro
amigo estaba abandonada, sin sus papás, con huellas de sangre, las llantas ponchadas y
los vidrios destruidos.
Cuando tuvimos la certeza de que podríamos salir con vida de la balacera, nos ocupamos
en pensar cómo trasladar a nuestro compañero herido. La camioneta de Manuel no estaba
disponible porque era real el riesgo de que nos detuvieran los de cualquier bando, pues la
costumbre dice que en esos casos resulta más peligroso un herido que un muerto. La vida
de Pedro peligraba por partida doble.
Quedaba la opción de utilizar nuestro vehículo, pero daba la casualidad de que éste había
quedado estacionado al otro lado de la calle y, junto a él yacía el cuerpo sin vida de uno de
los participantes en la refriega, el mismo que minutos antes sostenía un arma larga. Todo
eso hacía riesgoso cualquier movimiento.
Aprovechamos una tregua que no sé como establecieron los bandos. Fue para levantar a
sus muertos y heridos. En el campo de batalla hizo su aparición una camioneta con un
ataúd en el que introdujeron un cadáver. Más adelante tuvieron que sacarlo para meter otro.
Luego subieron a la camioneta al muerto que cayó junto a nuestro vehículo. Aún así los
amigos locales nos aconsejaron que no cruzáramos la calle. Fue preciso pedir el favor a
uno de los levanta-cadáveres para que nos trajera el coche hasta el lugar de nuestro
herido.
La tarde empezaba a oscurecer cuando los del grupo salimos del restaurante para
subirnos al vehículo. Pedro, nuestro compañero herido, hizo esfuerzo sobre humano para
mantenerse derecho y caminando entre nosotros como si todo fuera normal.
Para salir del pueblo sin tropiezos los amigos de Manuel nos abrieran paso con su
camioneta. En el camino averiguamos la gravedad del herido. La bala no salió pero la
sangre manaba. Pedro se mantenía consciente, tanto, que protestaba ante cada tope u
hoyanco que volábamos por la prisa.
Confiábamos en que para entonces la Cruz Roja hiciera su arribo, aunque la oscuridad de
la noche volviera más riesgoso nuestro viaje.
A medida que avanzábamos empezamos a ver las primeras señales de respuesta:
patrullas con policías municipales, luego las estatales. Después la ambulancia que nos
ayudó con el herido hasta dejarlo en manos de los médicos en el Hospital General de
Zihuatanejo.
Era abril, en un día caluroso. Nuestro grupo salió del puerto casi al amanecer. Íbamos
Pedro, Amado, Víctor y yo. En Vallecitos hicimos dos brigadas para recorrer el sureste y
noreste del ejido: el Cerro Verde era uno de nuestros objetivos, igual que la barranca de La
Primavera. Los campesinos dueños de las parcelas a visitar ya nos esperaban.
Tomaríamos fotos, mediríamos latitud y altitud, y realizaríamos la colecta de plantas para
un inventario que nos dijera la riqueza biológica del ejido.
Todos caminamos bajo el sol incandescente una larga jornada.
El pueblo en la mañana estaba tranquilo. En la zona de la escuela secundaria los jóvenes
echaban relajo bajo los nanches en flor. Más allá las piedras del río se veían como
desnudas por el escaso caudal. Caminamos por brechas en mal estado mientras el
tiempo nos permitía una plática detallada sobre la importancia de conservar la
biodiversidad. Los campesinos escuchaban atentos y preguntaban interesados sobre los
servicios ambientales que prestan los bosques.
Era fácil de explicar y entender mientras las iguanas del camino buscaban el mejor lugar
para asolearse: el clima tiene que ver con la vegetación, lo mismo que el agua. Deja el
hecho de que los árboles limpien el ambiente de la contaminación que provoca la quema
de combustibles, sino que a su existencia está ligada la vida de muchos animales que nos
sirven de diferentes maneras. El agua ha dejado de correr superficialmente por los cauces
de barrancas y arroyos en estos tiempos debido a la pérdida de la vegetación. Y no es que
sea tan cierto aquello de que sin árboles la lluvia se aleja. La cantidad de lluvia puede ser
la misma de siempre y caer, más menos, en las mismas regiones, el problema es que
cada vez permanece menos tiempo en la tierra porque nada hay que la detenga si faltan las
plantas.
Todo eso platicamos de los servicios que presta la vegetación y las posibilidades que
tienen los campesinos de beneficiarse con la conservación si se organizan y empiezan a
demandar el pago por los servicios ambientales que prestan sus bosques a la humanidad.
Cuando decidimos que el recorrido era suficiente, regresamos al pueblo. A las seis de la
tarde era la cita con los demás compañeros. El sol a esa hora baja rápido para ocultarse
tras los cerros.
Cuando nos acercamos al centro del poblado nos perturba una cuatrimoto que llega veloz
delante de nosotros y asimismo regresa por donde vino manejada por dos adolescentes.
Entonces el ambiente se enrarece, lo veo en los rostros de los adultos que juegan volibol,
el instinto me dice que hacemos bien en marcharnos. Cuando ya estamos en el lugar de la
cita surge la invitación. Los campesinos han contemplado ofrecernos la comida y nada
mejor que hacerla en uno de los restaurantes a bordo de carretera, precisamente en el
tramo que se conoce como la calle principal de Vallecitos de Zaragoza.
Con reticencia pero finalmente por educación aceptamos la comida y entonces nos
sentamos a esperar que nos sirvan. En eso estamos cuando una camioneta estacionada
en el lugar es arrancada con urgencia y rechinar de llantas con dirección de la Tierra
Caliente. No pasan muchos minutos cuando otra camioneta llega y se para violentamente
frente a nosotros. Vienen dos en ella, el chofer y su copiloto. Los dos tratan de bajarse del
vehículo al mismo tiempo. El copiloto que se ve el más urgido en bajarse no puede abrir la
puerta de su lado y mejor opta por salirse del lado del chofer. Nos da risa la acción fallida.
En cuanto puede poner los pies en el suelo vemos que saca de entre sus ropas una
pavorosa arma que apunta por encima de la caseta y dispara con ella sin miramientos. La
respuesta es inmediata y nos toma a todos por sorpresa.