EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

 Visita ad límina apostalorum

Jesús Mendoza Zaragoza

Septiembre 19, 2005

Desde los primeros tiempos de la Iglesia católica se fue imponiendo la práctica de las visitas de los obispos a la sede de Pedro, a la que se le llamó ad límina apostolorum, que quiere decir “a los umbrales de los apóstoles”. Roma, sede de los apóstoles Pedro y Pablo siempre fue reconocida por las diversas iglesias locales con la característica de primada, de primera entre pares. Cada cinco años, los obispos tienen que rendir un informe completo de la situación pastoral de sus respectivas diócesis, haciéndolo llegar con tiempo de anticipación para su revisión en los diversos dicasterios, de manera que en su encuentro personal y grupal con el Papa, puedan recibir indicaciones precisas para cumplir sus tareas pastorales.

El encuentro que Benedicto XVI tuvo con el segundo grupo de obispos mexicanos les hizo una serie de señalamientos para sus tareas pastorales. Los medios de comunicación difundieron y amplificaron sólo uno de los 10 párrafos del discurso del Papa, que se refería a la vida pública, en el que se refería al “deterioro de las sanas formas de convivencia y la gestión de la cosa pública” y al “incremento de la corrupción, la impunidad, la infiltración del narcotráfico y del crimen organizado”. Hubo reacciones en los medios políticos mexicanos, que manifestaron una incomprensión del contexto de las palabras de Benedicto XVI, pues hablaron de injerencia en los asuntos del país.

Digo incomprensión, porque el mensaje fue dirigido a los obispos como primeros destinatarios, y de manera más amplia, está dirigido a la Iglesia en México. Se trata de un mensaje pastoral que, obviamente, puede tener efectos políticos. Y si se lee bien el texto, primero que una crítica al gobierno es una llamada de atención a la propia Iglesia. Ciertamente, el Papa señala dos de los más graves problemas que sufre el país: el grave deterioro de la vida pública que ha dado lugar a la violencia y a la inseguridad pública y, por otro lado, a la situación de pobreza que ha obligado a muchos mexicanos a emigrar fuera del país. Y en todo esto, la Iglesia tiene su responsabilidad. No ha sabido o no ha podido hacer lo que le toca: evangelizar, de manera que la fe cristiana contribuya al bienestar del país. Es un verdadero escándalo el que, cuando la mayoría de los mexicanos profesa la fe católica, ésta no manifieste su capacidad para mejorar la situación de la nación.

Señala el Papa el gran reto de “transformar las estructuras sociales para que sean acordes con la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales”. Aquí tienen que enfocar su atención los católicos que han caído en uno de los más graves errores de nuestro tiempo: separar la fe que profesan y la vida cotidiana. Al respecto, señala el Papa que “muchos bautizados, influenciados por innumerables propuestas de pensamiento y de costumbres, son indiferentes al Evangelio e incluso se ven inducidos a comportamientos contrarios a la visión cristiana de la vida… Aún confesándose católicos, viven de hecho alejados de la fe, abandonando las prácticas religiosas y perdiendo progresivamente la propia identidad de creyentes, con consecuencias morales y espirituales de diversa índole”.

Tenemos un mensaje pastoral que busca reorientar la acción de la Iglesia para que cumpla su papel de manera responsable, pues el servicio de la Iglesia al país es la evangelización y no otro. Desde esta misión espiritual, la Iglesia puede contribuir a lo que el Papa llama, a transformar las estructuras sociales con la fuerza del Evangelio. Es al asunto de la dimensión pública de la evangelización al que le tienen recelo muchos políticos influidos por el liberalismo que pretende arrinconar la experiencia religiosa al ámbito privado y con nula influencia pública. Por otra parte, es una concepción que tiene un interés: no permitir que lo religioso tenga efectos públicos, interés que vive de la nostalgia del pasado.

El discurso del Papa está lejos de buscar que la Iglesia invada la vida pública, cosa que no le toca y la historia se ha encargado de demostrar que cuando ha caído en esta tentación, sale perdiendo. Lo que la Iglesia está llamada a hacer, según Benedicto XVI es cumplir su misión de formar en la fe a sus fieles. Una fe responsable y madura, capaz de arrojar a los católicos, sin complejos y sin arrogancias, hacia la vida pública para contribuir con la riqueza de la fe para el desarrollo del país. La identidad de los católicos está en tela de juicio, pues parece que se esfuma y se pierde y sale perdiendo la Iglesia y sale perdiendo el país. Y cuando hablo de los católicos, también me refiero a quienes están involucrados directamente en la vida pública, ya que muchos políticos están en la situación denunciada por el Papa, al declararse católicos, ya de manera vergonzante o discreta o de manera pública, pero no son coherentes con el contenido de la fe que profesan: son corruptos en la gestión de la vida pública y hacen un grave daño al país. Este debe ser el temor de algunos políticos que son alérgicos a mensajes religiosos. Una cosa es clara: la Iglesia tiene que probar que sí sabe cumplir su misión religiosa en cuanto que proyecte a sus fieles a asumir sus responsabilidades públicas de manera coherente con su fe cristiana.