Florencio Salazar
Mayo 05, 2025
A María de Guadalupe.
Uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto. Roberto Bolaño.
Las personas se deshacen poco a poco. Son falsas las muertes repentinas. Los destrozos del corazón, el estallido del cerebro o el hachazo sobre la cabeza no significan la muerte instantánea. Si pensamos en la verdad del nacimiento, cada quien se expone mientras vive. Su halo, sus huesos, su sombra y también sus luces, van nutriéndose de cólera, de angustias, de los temores que ensombrecen. La muerte es bastante perspicaz. Se oculta en efímeras alegrías, en momentos de entusiasmo, en los goces del amor y en la dicha de la fortuna, pero ahí está escondidita en algún rincón del cuerpo. Cuando se aburre de su quietud suelta un dolor de cabeza o un piquete en el estómago; a veces un roce suyo quiebra un hueso. Nada, solo la causa de la fatiga o el desvelo, algo indigesto, un tropezón en la calle o la caída de una escalera. Se vuelve a la carga de los días, después de una aspirina, un trago de jarabe o la enyesada pierna o el brazo. La experiencia pronto es archivada en la memoria para incurrir en más descuidos. ¿Pero cuáles descuidos, pues? Son accidentes. ¿Cómo saber qué se oculta en la carne frita, en el pan pulverizado sobre el filete o el descuido en alguna altura? Desconocimiento que precipita al dolor, la inflamación o la inmovilidad, retrato del futuro incierto. Se vive retozando como gatos consentidos; brincando aquí y allá como perros juguetones; persiguiendo el afán de los deseos. Entonces, se respira aire puro, se estiran los brazos, la piel abriga y se siente la fortaleza de la inmortalidad en el sentimiento infinito de la vida. Es inadvertido el poder destructivo oculto en el cuerpo: soflamero despertar perturbador del sueño. Disfrutar la vida ignorando las aves que giran sobre la testa su corona oscura. Un impulso mecánico lleva las manos a mesar el pelo y a tocar la frente. Hay algo ahí que molesta. No, no es calor goteando como cascada mezquina. Son los poros que se van abriendo para que se acomoden mejor ínfulas constantes, sistemáticas, mordiendo músculos, jalando nervios, haciendo de tripa corazón los intestinos. Pero de qué preocuparse, dicen la báscula y el médico. Qué bien se ven. No pasan los años por ti, por mí, por nadie. Pero la debilidad va penetrando como humedad en los órganos. La voz ya no es tan clara y el paso pierde su ritmo –delgadas son las suelas de los andantes–. Seguir vivos y hacer cuentas con el futuro. ¿Magnífica pretensión? Los relojes se detienen por falta de cuerda, los de arena se quiebran por un descuido; otros son automáticos o cargan energía con un poco de luz. La fatalidad sigue haciendo lo suyo: distribuye anteojos, gafas, llena de pastillas, coloca prótesis en la cadera o puentes en las arterias. Impulsa la celebración de la vida, así sea con la desventura reclusora, con la arrugada frente y los embolsados ojos. Llegar a los cien y, con suerte, disfrutar de más años con huesos de titanio, corazones artificiales, conectores al cerebro y proveedores de cargas de nutrientes. La vida es la esperanza inmutable. Se piensa en lo que sigue como si Ítaca fuese una utopía. Que circulen los pensamientos, aclaren, abran nuevos panoramas. Sin embargo, los ojos traicionan, ya no ven lo que veían. Otros pasan al lado; otros los que beben café en aquellas mesas –¿o son los mismos?–. Lejano paisaje con una mirada que no está al frente. Se mira con los ojos en la nuca. Atrás está el niño parado en su cuna observando al cochecito verde subiendo y bajando por el tronco de la palmera crecida en la mitad de la habitación. Más allá duermen los padres, los abuelos, los bisabuelos, los tatarabuelos… También duermen la timidez de la adolescencia, el furor de la juventud, las cargas y descargas de la madurez. En ocasiones la ensombrecida gemela sale del cuerpo para caminar al lado. Sus oscuros y secos ojos absorben imágenes y con la mueca de su sonrisa hace sentir que la vida sigue siendo la sombra luminosa. Cuando vuelve al cuerpo llena sus cavidades con nuestros ojos; la blanca dentadura ya no es la nuestra. Empuja los asaltos de la memoria para aproximar al desierto. El resplandor de los rostros parecen lacas delicadas, pero los faciales se alejan hacia los puntos del infinito. Reducciones que amplían: las olas empujan al mar para ocultar con su lomo la fuerza solar y las playas se hacen más cortas; mientras los acantilados impasibles ruedan migajas al vacío. Preguntaron a Gabriel García Márquez la experiencia que quisiera tener después de la muerte. Respondió: ver, a través de una cerradura, la vida desde la muerte. ¿Quién sabe? El dolor, el sufrimiento, merecen la desmemoria para cuando nos derrumbe el peso de la dicha.