EL-SUR

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Guerrero, México

Opinión

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Arturo Martínez Núñez

Agosto 08, 2017

Ayer presenté mi renuncia al Partido de la Revolución Democrática en el que milité legalmente desde 1996, hace 21 años. En el PRD dejo amigos, compañeros de batallas épicas y a una militancia –cada vez menor por cierto­– que en Guerrero respondió siempre al llamado de la patria. La crisis del PRD es grave y profunda. Los que no quieren verlo son aquellos que parasitan alegremente parapetados en las diferentes tribus. Allá aquellos que se aferren a un cascarón cuya dirigencia planea salvar a través de una aventura aliancista anti natura a la que la militancia no habrá de acompañar. Deseo, sin embargo, suerte a los muchos perredistas de corazón que siguen creyendo en las causas de la democracia y en los principios de un partido que fue formado para estar al servicio de la gente y no de las tribus.
A poco más de 10 meses de las elecciones del 2018, el panorama nacional luce como una de esas complicadas ecuaciones que nos ponían en la preparatoria en la que si se modifica alguna de las muchas variables se transforma por completo el resultado final. Vamos, pienso yo, a una elección con tres grandes cuartos compuestos uno por el PRI y sus satélites, otro por la alianza –de llegar a concretarse–, PAN-PRD, y el tercero por esa fuerza emergente aglutinada alrededor de Andrés Manuel López Obrador, llamada Morena. El último cuarto se compone de los independientes, partidos pequeños y testimoniales y movimientos regionales. El juego lo ganará aquel que alcance el 33 por ciento.
El PRI se encuentra en estos momentos lastrado por el coste que significa el gobierno. No es lo mismo ser pato que escopeta: la escopeta se dedica a disparar mientras que el pato recibe la metralla. A pesar de lo que dicen todos los estudios de opinión, al PRI no puede dársele por derrotado: ahí está el ejemplo reciente del Estado de México donde –haiga sido como haiga sido– se alzaron con un triunfo construido a partir de la unidad, la estrategia, la disciplina y la operación política. Estos atributos los sigue teniendo el tricolor. Si logran articular un candidato que cohesione a los rudos con los técnicos, estarán en la batalla. La primera estación es su XXII Asamblea Nacional que se llevará a cabo el próximo 12 de agosto. En ella se perfilará con claridad el tipo de candidato que quiere el Gran Elector, es decir, el presidente de la República. A partir de ahí se podrá comenzar el juego favorito de la sucesión mexicana: el tapadismo. Peña jugará sus fichas como lo ha hecho siempre: como un habilidoso jugador de dominó que engaña con la verdad.
En el bloque Azul-Amarillo, la alianza anti natura, veo dos opciones: la primera es que se lanzara a un candidato de consenso proveniente de alguno de los partidos aliados. En este caso los candidatos más competitivos serían Margarita Zavala por los azules y Miguel Ángel Mancera (a pesar de no ser militante) por los amarillos. Sin importar el candidato, la naturaleza antagónica de los partidos aliados anularía las posibilidades de éxito de la alianza: ni los perredistas van a votar por los azules ni los panistas votarán por los amarillos. La segunda posibilidad es que este autodenominado “frente”, explorara la posibilidad de lanzar a un ciudadano independiente capaz de aglutinar y sumar a partir de un programa de gobierno claro y preciso. En este escenario, las posibilidades frentistas crecen exponencialmente aunque se antoja difícil que los punteros cedan a sus aspiraciones en un “Frente” que más que nacer a favor de algo, surge en contra de López Obrador y del PRI.
El bloque mayor es el que se aglutina alrededor de Andrés Manuel López Obrador que espera que su tercera oportunidad efectivamente sea la vencida. El problema de AMLO es la falta de una estructura más robusta que le garantice que lo que se exprese en las plazas y en las encuestas se refleje en las urnas. Otro desafío que enfrentará es que como en contiendas anteriores sus adversarios van a concentrar toda su artillería sobre el tabasqueño. La elección del 2018 será un referéndum sobre la figura de López Obrador. Las posibilidades de éste serán más altas en la medida en que logre administrar el fuego contrario, ignorando los ataques fatuos y concentrándose en la estrategia de mostrarse como ajeno a la clase política dominante. Si Andrés Manuel consigue despertar a los jóvenes y convencer a las clases medias de que no representa ningún peligro para México; si logra concentrar su esfuerzo electoral en el centro y norte y si es capaz de conducir a su partido unido y sin mayores divisiones a la hora la asignación de las candidaturas, llegará a la Presidencia de la República.
Quizás sea aún muy pronto para aventurarse a hacer pronósticos. Sin embargo, los elementos fundamentales de la batalla que se aproxima están planteados. Los actores políticos están activos y actuantes. Los partidos aceitan sus maquinarias. Los grupos de interés y de presión velan armas. En el nivel local, los escenarios son aún mas complicados y complejos. La posibilidad de la reelección de legisladores y de alcaldes abre posibilidades sobre las que no existen antecedentes. No sabemos cómo van a reaccionar los electores ante la posibilidad de la reelección de sus autoridades. Las luchas por las candidaturas al Senado y la Cámara de Diputados requieren análisis puntual y focalizado. La fuerza de las redes sociales y de los medios de comunicación no tradicionales será fundamental. La posibilidad de un candidato independiente que pueda ser competitivo, aunque remota, está latente.
El 2018 ya nos alcanzó y comenzará a impactar en el día a día de los mexicanos con una fuerza y una complejidad sin precedentes en la historia reciente.

* Regreso a mi casa, El Sur, el hogar de donde partí y al que siempre regreso con la generosidad infinita de Juan. Estoy convencido de que México y Guerrero necesitan más y mejor discusión, ventilar las ideas, intercambiar los conceptos: más debate y menos pelea; más análisis y menos chisme; más intercambio y menos grilla.

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