EL-SUR

Sábado 02 de Marzo de 2024

Guerrero, México

Opinión

Volveré y seré millones

Silvestre Pacheco León

Septiembre 04, 2023

Cosas curiosas de la vida, en el mismo año en que Andrés Manuel López Obrador nació, el escritor y anarquista norteamericano Howard Fast terminaba de escribir su novela Espartaco, que recrea la rebelión de esclavos contra la república de Roma, poniendo en entredicho la moderna sociedad dominante en el mundo, fundada sobre el trabajo esclavo como el más claro ejemplo de la desigualdad.
La novela que debería ser de lectura obligada en las escuelas narra el levantamiento de los esclavos contra sus amos, encabezados por un grupo de 74 gladiadores entre los que se destacó Espartaco, un hombre valiente y carismático originario de Tracia, muy cerca de la actual Bulgaria, quien llegó a Roma como esclavo comprado por un mercader en las minas de Nubia, convertido después en gladiador que le dio fama a la escuela de Léntulo Batiato en la ciudad de Capua, cerca de Nápoles, y luego a la revuelta que estalló ante el inminente combate a muerte que lo enfrentaría con uno de sus compañeros.
La rebelión espartaquista es el preámbulo de la caída del imperio romano cuya república de ciudadanos libres degeneró en una sociedad ociosa, enviciada en los juegos de azar y en las apuestas en torno a los circos donde los gladiadores peleaban a muerte para satisfacer el morbo y placer del pueblo enajenado.
Esa sociedad donde la ideología dominante veía a los esclavos solo como “instrumentos que hablan” y herramienta de trabajo sin mayor valor, pensaba que esa situación desigual era eterna e inmodificable como sostén del imperio que acumuló riqueza para los aristócratas a través de las conquistas que incluían la esclavitud de los derrotados. Sólo filósofos como Marco Tulio Cicerón y en su tiempo el emperador Adriano veían la debilidad de una sociedad en la que cada ciudadano requería del trabajo de diez esclavos.
Espartaco encabezó cuatro grandes batallas con la idea de lograr un levantamiento general de los esclavos para instalar en Roma una sociedad de hombres libres sabiendo que enfrentaba al ejército más poderoso del mundo. Con una fuerza de 200 seguidores, derrotó en la primera batalla a un ejército de 3 mil soldados y cuatro años después, con 120 mil hombres en la “la batalla del Río Silario” que fue también la última, se enfrentó a 10 legiones donde muriendo 60 mil rebeldes. El último esclavo en morir, Fairtrax, el galo, que figuraba entre los más cercanos a Espartaco expiró pronunciando esa frase que perdura en la memoria esperanzada de todos los rebeldes de la tierra: “Volveré y seré millones”.
De esa talla y vuelto millones es Andrés Manuel López Obrador que a fuerza de combatir al viejo régimen neoliberal, en cada batalla acumuló la fuerza de millones para vencer a la poderosa mafia que llevaba más de treinta años en el poder.
La diferencia con Espartaco en el arte de acumular fuerzas tras cada batalla fue la propia sociedad de entonces y ahora. La mayoría de los esclavos vivían resignados a su condición frente al riesgo que implicaba rebelarse. Y es que no era para menos el poder imperial que se imponía mediante la fuerza a todo el mundo conocido. Pocos fueron los esclavos que estuvieron dispuestos a pagar con su vida el alto precio de ser libres, por eso el levantamiento no fue generalizado.
De allí la enorme diferencia entre pelear con las armas arriesgando la vida para cambiar al régimen esclavista y corrupto de entonces, que hacerlo con la fuerza de los votos después de conseguir que realmente se contaran y se respetara el resultado. Así fue posible el triunfo de los 30 millones de ciudadanos mexicanos que en el 2018 derrotaron al régimen neoliberal.
Aunque es cierto, como lo imaginó el emperador Adriano al final de su vida, según lo imagina y cuenta la escritora francesa Margarita Yourcenar, autora de sus memorias, que la peor esclavitud es la mental, cuando los seres humanos viven ignorantes de que son otros, una fuerza exterior a cada quien, la que los domina y enajena pensando y actuando como si fueran libres, sin reparar en el estrecho margen de libertad que tienen. Son como aquellos que piensan que la pobreza es un mal originado en la poca o escasa iniciativa de quien la padece, y que basta con desearlo para que la oportunidad aparezca. De ahí que no sientan ninguna congoja por tantas personas pobres, pues piensan que es culpa de ellos y no del régimen capitalista que por su naturaleza genera pobreza y desigualdad.
La apasionante historia que cuenta esta novela que se puede conseguir en todas las buenas librerías, es bastante parecida a la que nos ha tocado vivir con la 4T porque, como dice su autor, la figura de Espartaco constituye un “ejemplo para la humanidad de todos los tiempos” y de ella se pueden extraer enseñanzas y fuerza para las luchas del porvenir.
Cuatro años duró el levantamiento de esclavos que comenzó en la ciudad de Capua, muy cerca de Roma, en una escuela de gladiadores propiedad de Léntulo Batiato, un traficante de esclavos y gladiadores dedicado al redituable negocio de la lucha a muerte entre ellos para el disfrute y placer de los ciudadanos romanos.
Cada batalla memorable de los rebeldes abatiendo cohortes y legiones romanas tiene mucho de parecido a las que ha enfrentando el presidente de la República contra la mafia del poder enquistada en cada una de las áreas de la administración pública, en la de los energéticos, la salud, el medio ambiente, la educación, el empleo.
Si la mayoría de los mexicanos llegó al hartazgo por los espurios gobiernos del PRI y del PAN, eso es secundario, porque lo verdaderamente importante fue convencerlos de que era necesario el cambio de régimen para salvar a la patria de manos de la mafia que saqueaba al país mientras la mayoría guardábamos una paciencia muy parecida a la estupidez, parafraseando a lo que declaraban los mineros chilenos durante el tiempo de la Unidad Popular.
Ese es el origen de la fuerza política de la 4T y hasta el carisma del moderno Espartaco es secundario frente al enorme poder transformador de los más de 60 millones de mexicanos que se han sumado al proyecto del cambio que López Obrador inició hace apenas cinco años.
La ruta marcada por el actual mandatario es inalterable. Se debe seguir combatiendo la corrupción y la impunidad hasta limpiar por completo el aparato del Estado. Sin necesidad de expropiar ni cobrar impuestos extraordinarios a los mexicanos más ricos, como sería justo, basta con recuperar para el pueblo lo robado para que sumado a la austeridad republicana y a la sana administración de la recaudación de impuestos se siga avanzando en el combate a la pobreza y la desigualdad mediante el financiamiento de todos los programas sociales que ponen en manos de los más necesitados los medios para ocuparse productivamente invirtiendo su fuerza de trabajo en la construcción de un futuro próspero donde todos vivamos con dignidad y decoro. Eso nada más, pero nada menos.
Por eso debemos ver con ojos de divertimento lo que pasa en los partidos de oposición que simulando que son democráticos hacen el ridículo y se evidencian en su ambición por el poder y la riqueza de unos cuantos, pues aunque pueden sumar millones, su número siempre será insignificante frente a la fuerza que acumula el nuevo régimen del Humanismo Mexicano.