EL-SUR

Sábado 13 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

-XIII-

Silvestre Pacheco León

Enero 15, 2017

Köln

Dos de octubre de 2016. Frankfurt no nos atrajo mayormente para pensar en quedarnos un día más, y es que nos hemos excedido en el tiempo planeado para llegar a Holanda, ahí viven familiares de mi mujer y están a nuestra espera. Les dimos fecha del primero de octubre para arribar, pero estimo que a éste ritmo llegaremos bastante retrasados.
Salimos de Frankfurt después del almuerzo, vamos con la idea de pasar a Bonn, para conocer la ciudad de Beethoven, el creador de El Himno de la alegría, y donde Karl Marx, el filósofo revolucionario, estudió la carrera de leyes, pero nos pasamos de largo decididos a llegar hasta Colonia (Köln en alemán), la enigmática ciudad de los ubios (la más antigua tribu germánica que habitó las orillas del Rin), fundada hace 2 mil años, ahora convertida en centro internacional de las empresas mediáticas y editoriales.
Como no todo en la vida se puede, tampoco podemos ir a Tréveris, la ciudad donde nació el autor del Manifiesto Comunista, como era mi idea original. Me consuelo con la idea de conocer Colonia, donde Karl Marx desarrolló sus dotes como escritor de crítica lúcida y mordaz contra el Estado prusiano, que le valió la clausura de su periódico en 1849.
Antes he leído que en Colonia se encuentra la catedral de San Pedro y Santa María, famosa para los cristianos porque se dice que en ella están resguardadas las reliquias de los Reyes Magos.

El río Rheim

El frío arrecia cuando vamos cruzando el famoso puente Hohenzollern, que une la zona fabril con el centro histórico de la ciudad donde se encuentra la emblemática catedral construida en 600 años.
Lo que más me impresiona al llegar a Colonia es su increíble río de aguas azules, extenso y poderoso como brazo de mar, tan profundo que los barcos navegan a favor y contra la corriente.
En la entrada fabril de la ciudad los edificios de estructuras metálicas descuidadas dan la impresión de abandono en esta tarde nublada en la que llovizna por partes.
A medida que avanzamos vemos magníficos jardines y hermosos bosques, hay proliferación de hospitales y asilos, mucha gente vieja camina por la calle, y también grupos de trabajadores inmigrantes.
Antes de que llegue la noche buscamos hospedaje muy cerca del río, así llegamos a la posada del Rheim.
Es un hotel magnífico, con un elevador que parece emerger desde el fondo del río. El edificio no es moderno pero tampoco se ve viejo, tiene personalidad, espacioso y limpio. La recepcionista de perfil aristocrático, alta, esbelta, elegante y amable nos da la bienvenida en perfecto español.
Desde nuestra habitación vemos el espectáculo del agua mansa que fluye. Estamos frente al Rheim mirando la ciudad en el atardecer. Dos lanchones navegan a contracorriente, sus nombres llaman nuestra atención: el primero, que carga un vehículo sobre su cabina se llama Ann, el otro, Integridad.
Calculamos que son más largos que el yate Fiesta, el de los paseos por la bahía de Acapulco.
En la orilla de enfrente se mira el bosque, estamos en la margen izquierda según me enseñaron quienes dicen que para orientarse se debe considerar la dirección de la corriente.
A pesar del frío de la tarde decidimos cenar fuera del hotel abrigándonos lo mejor que podemos porque caminaremos. Vamos al restaurante recomendado en la recepción, de típica comida alemana.
Mientras esperamos que nos sirvan miramos a cada uno de los comensales. La vecina a nosotros es una mujer mayor que llegó y come sola. Va elegantemente vestida, y por el trato de los meseros con ella pensamos que es una visitante asidua del lugar. Llega enseguida un grupo numeroso con mesa y platillos reservados, algo celebran, les sirven casi al instante.
Nosotros hemos tenido que preguntar sobre cada uno de los platillos. Es el primer restaurante en el que me siento totalmente ajeno, pero mi mujer y mi hija lo disfrutan. Con el clima artificial nos olvidamos del frío y la cena caliente nos reanima.
De regreso al hotel sólo el viento impetuoso y helado nos hace olvidar la cena y también el propósito de caminar por la ribera del río como en las fotografías que he visto.
En la noche me levanté a deshoras para escuchar el rumor del Rin, como dice el poeta Pablo Neruda del río Arno en Florencia.
Tomé fotos de la ciudad iluminada y me dormí con la imagen de lo visto en mi memoria.
Tres de octubre de 2016. Amaneció y me resultaba difícil abandonar la cama, pero lo tenemos que hacer para aprovechar el desayuno y enfilar a Holanda, después de pasear por el centro histórico.

La catedral (Kölner Dom)

Nos tocó mal tiempo en Colonia, imposible disfrutar el paseo porque en cuanto estacionamos el auto comenzó a llover. Lo bueno fue el apoyo que recibimos de un muchacho que nos indicó el lugar para estacionarnos, era un ruso también de visita, ¡tovarisch! le dije en agradecimiento, él sólo nos sonrió.
Vamos corriendo hasta la catedral pensando, como todos, que así nos mojamos menos, pero nos detenemos en la explanada maravillados por su fachada y altura impresionantes. Parece que sus elevadas y puntiagudas torres presionan la entrada principal. Tiene algo de lúgubre y no sólo es por su estilo gótico y la capa oscura de polvo que la cubre, sino por la infinidad de imágenes que la saturan describiendo pasajes de la biblia, la historia de santos y dignatarios de la iglesia. (Aquí me entero que hay una historia de la vida de San Silvestre).
Hay mucha gente a pesar de la lluvia, necesitamos medio día cuando menos para apreciar todo el valor de la catedral. Todos los visitantes quieren ver el relicario de los Reyes Magos, guardado en un cofre brillante de oro y plata, en forma de la catedral, de más de dos metros de largo, colocado atrás del altar principal.
En la nave central se mezclan en cuchicheo las lenguas más raras que he escuchado, viene gente de todo el mundo. Muchos pagan un euro por el panfleto en su lengua que contiene la historia de la catedral, otros dan esa misma cooperación para tomar una vela o veladora que encienden al santo de su devoción. Los más sólo miramos.
En la esquina de ése portento de construcción está la tienda de la catedral, tan llena de objetos como la iglesia misma. Aquí me llama la atención que casi no hay dependientes ni vigilantes, cuando menos no se notan. Son varios pisos y departamentos atiborrados de souvenirs. La gente busca y escoge de prisa y después mansamente se forma en las filas que hay para cobrar.
Después de pasar y repasar por las tiendas de recuerdos retomamos nuestro camino. En seis horas de viaje ya estaremos en Holanda. Nos queda medio día para seguir disfrutando la bella campiña alemana.