EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Y después de la pandemia, ¿qué?

Jesús Mendoza Zaragoza

Abril 13, 2020

 

Estamos en el corazón de la emergencia sanitaria, declarada ante el aún creciente desastre generado por el coronavirus. Se trata de un tiempo cargado de emociones intensas y destructivas. La ira, el miedo y la tristeza se han expandido por todas partes, y no nos permiten la lucidez para pensar. No obstante, es necesario pensar, de manera inteligente y precisa sobre lo que se viene después. Es claro que se viene una catástrofe económica que nuestra generación no ha visto antes. También habrá fuertes repercusiones políticas y sociales que necesitarán ser afrontadas.
Pero, para saber lo que tenemos que hacer después de la pandemia, tenemos que plantearnos el origen de la misma. De la comprensión del origen que tengamos de esta pandemia depende la determinación de la respuesta a sus efectos devastadores. Es claro que este tema es tan complejo que no conviene una mirada simplista, ni para su comprensión ni para determinar la manera de cómo afrontarlo.
En casos de desastres y de procesos de deterioro humano, son recurrentes algunas explicaciones sobre sus orígenes. Se da una búsqueda ansiosa de culpables para exorcizarlos o para enfocar odios o desprecios hacia ellos. Suelen ser explicaciones simplistas y mágicas con fines ideológicos o aún políticos. Las explicaciones más recurrentes son dos, que ahora se han ido manifestando con el ánimo de buscar culpables.
Una de ellas ha estado explicando que esta pandemia es un castigo divino ante los malos comportamientos de la humanidad o, más en específico, de los pecadores. Se trata de una explicación mágica que pregona la relación mecánica entre crimen y castigo, entre pecado e ira divina, explicación que se da en ámbitos fundamentalistas en los que privan los fanatismos religiosos. Generalmente este tipo de explicaciones va acompañado de amenazas y de culpabilizaciones sin recato, que son altamente nocivas porque incrementan los fanatismos religiosos con posibles expresiones sociales de alto riesgo.
Otra explicación que se ha estado pregonando es la de las conspiraciones, que son más de carácter político e, incluso, esotérico. Hablan de conspiraciones de las grandes potencias políticas y económicas para tomar en sus manos el dominio de todas las naciones; hablan de planes de un supuesto nuevo orden mundial; hablan de los Illuminati y del cumplimiento de supuestas profecías cumplidas. Hay que reconocer que estas explicaciones fantasiosas son muy atractivas para muchos y responden a situaciones de paranoia masiva.
Sin embargo, la pregunta sobre los factores de la pandemia está en el aire. Pareciera que hay una gran necesidad de responsabilizar a alguien, como una manera de mitigar el dolor y de enfocar la rabia y hasta el rencor por los daños recibidos. Y, a final de cuentas, ante la dificultad de encontrar al responsable, se necesita un chivo expiatorio. Alguien debe pagar los daños, así sea con el desprecio o con rituales o metáforas punitivas. Después de todo, este intento es frustrante, pues significa eludir la propia responsabilidad. Pero, tarde o temprano, tenemos que llegar a reconocer que nuestra humanidad es víctima de sus propios crímenes.
En las ciencias ambientales hay un vocablo que nos puede ayudar para comprender esto. Se habla de que los procesos y efectos del deterioro ambiental son de origen humano y no debido a causas naturales. El calentamiento global es un fenómeno antropogénico, porque ha sido generado y desarrollado mediante la actividad humana que, paulatinamente, ha ido produciendo graves daños al planeta. El calentamiento de la Tierra ha sido inducido por el ser humano a través de la rapacidad, del consumismo y de la violencia ambiental. Es, pues, producido por un estilo de vida que nos parece normal e inocuo, pero excesivamente dañino. Ante los negacionistas que minimizan los daños al medio ambiente, la explicación antropogénica busca explicar estos daños a partir de procesos humanos, muy reconocibles.
A la vez, suele hablarse de “desastres naturales” cuando se habla de huracanes, sequías y de terremotos, responsabilizando de manera absoluta a la naturaleza misma de estos fenómenos. Este intento busca deslindar de toda responsabilidad humana a los efectos de estos desastres. Hay que decir que éstos también son antropogénicos en la medida en que hay factores humanos en su origen y en que no hemos puesto las condiciones necesarias para minimizar sus efectos destructivos. En este sentido, los desastres naturales no son tan naturales sino, en cierta medida, antropogénicos, provocados por acciones u omisiones humanas.
Esto mismo nos sirve para explorar una explicación antropogénica de las epidemias y pandemias. En este sentido, la pandemia del coronavirus no es solo un resultado de la naturaleza. Este virus se ha convertido en pandemia por las mismas condiciones humanas que lo facilitaron. Por actitudes, conductas, comportamientos individuales y colectivos. Por sistemas económicos y políticos que fueron incapaces de contenerlo a tiempo. Por decisiones equivocadas de las élites que tenían la información y quisieron proteger sus intereses.
¿Por qué, pues, estamos tan sorprendidos de los efectos devastadores que el coronavirus ha tenido en el mundo, empezando con los países ricos pero con una tendencia a devastar también a los pobres? ¿Qué esperábamos del capitalismo, que por naturaleza es devastador y sigue dominando la economía mundial poniéndole precio a todo, incluida la salud de los seres humanos? ¿Qué esperábamos de nuestras simuladas democracias que, en muchos casos, no nos representan y no han tenido como prioridad la salud y el bienestar de los pueblos? ¿Y qué esperábamos del uso faccioso y mercantilista de la ciencia que se ha enfocado al mundo de los negocios y no al desarrollo integral de los pueblos? ¿Qué esperábamos de la tendencia depredadora que prevalece en el mundo contra la naturaleza y sus recursos? ¿Qué esperábamos de la falta de credibilidad de los gobiernos que, cuando nos hablan con la verdad ya no les creemos? ¿Y qué esperábamos de nuestro maldito individualismo que no nos ha permitido asumir nuestra responsabilidad comunitaria o social en tiempos de crisis?
Todos somo responsables del origen y de los efectos de esta pandemia. Claro, en mayor o menor grado y en variadas formas. La humanidad se ha convertido en víctima de sus propios crímenes. Unos, más víctimas que otros; y unos, más criminales que otros.
La pregunta ahora es: y, después de la pandemia, ¿qué? Esa pregunta la tenemos que responder de manera colectiva. De ser parte del problema tenemos que convertirnos en parte de la solución. No podemos seguir siendo los mismos. Algo tiene que cambiar en las conciencias, como también en las relaciones interpersonales y comunitarias. Algo tiene que cambiar en los factores políticos y económicos que sólo generan crisis recurrentes y desastres. Necesitamos largar actitudes mágicas y facciosas para responsabilizarnos del mundo, cada quien desde su metro cuadrado.
Por lo pronto, la pregunta sigue en el aire: y, después de la pandemia, ¿qué?