EL-SUR

Sábado 20 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

¿Y si no soy legible, viejo?

Federico Vite

Febrero 25, 2020

 

Publicado por primera vez en 1973, El libro de Manuel (Debolsillo, España, 2017, 438 páginas), de Julio Cortázar, expone las actividades, tanto de la vida doméstica como de la militancia, de un grupo revolucionario en América Latina. Cortázar crea una novela que se nutre de la intimidad y de la vida pública de un grupo de revolucionarios. Obviamente expone la intimidad de esos personajes recurriendo a una voz narrativa omnisciente. Para referir la vida pública usa recortes de notas periodísticas, tanto en francés como en español, que detallan la represión y la tortura que sufren los opositores al capitalismo, quienes luchan esencialmente contra los dictadores. Esas notas abordan el abuso de poder de un Estado y las consecuencias que sufren quienes pretenden cambiar un sistema, y con ello el mundo.
Tomando en cuenta esos dos ejes de lectura, el lector encuentra una narración sumamente fragmentada; pero el tiempo narrativo es lineal, se vertebra atractivamente con recursos tipográficos y caligramas. Por ejemplo, frases impresas en una sola cuartilla; la utilización de dos columnas de texto para cada página como referencia al diseño gráfico de los diarios; versos libres sueltos como parvadas y el collage de notas periodísticas que encallan en la narración de los actos rutinarios y sentimentales de la célula guerrillera. A la par de ese despliegue de novedades, el lector también sentirá el confort que prodiga la prosa de Cortázar, pues hay secuencias adorables que nos recuerdan el enorme talento narrativo de Julio.
La variedad de los recursos desplegados con pericia dotan de una movilidad inusitada a esta novela que se fundamenta en puras acciones, pues el autor no ahonda en la sicología de los personajes ni en detallar las escenas ni los escenarios. Su trabajo, en este relato, consiste en exponer hechos que se fusionan a otros hechos: íntimos y públicos. El efecto de acumulación consuma un paisaje completo de los subversivos. Este proyecto, a diferencia del cuento Reunión, de Cortázar, en el que se cuenta el desembarco de un grupo de guerrilleros en Cuba, es mucho más sólido, aunque apresurado. La proposición del cuento es cándida e incluso débil, pero la veo como la piedra de toque de la novela hoy comentada.
A la par de lo referido, Julio usa como caballo de batalla el diálogo y el monólogo, logra un trabajo estupendo que muestra las resonancias eufónicas de alguien que apuesta por la oralidad de los personajes.
Libro de Manuel, no logro verlo de otra manera, es una fusión de lo político con la literatura. Es también una forma de responder a esa tan manida pregunta de los intelectuales, ¿cuál es la función social de un escritor?
Cortázar mezcla la información de los diarios con la cotidianidad de un grupo guerrillero que se emociona, ama, vive, come y sueña. Piensa en cambiar el mundo mientras la realidad consuma su poderío. La realidad y la ficción tienen acá un maridaje.
El mismo Cortázar hablaba de este volumen como el peor de su obra, pero me interesa comentar una declaración sobre Libro de Manuel que recoge Miguel Dalmau en una biografía, muy controvertida por cierto, sobre El cronopio fugitivo. “Yo sé perfectamente todas las fallas que tiene el libro, escrito contra el reloj. Dadas las circunstancias históricas de la Argentina, su eficacia dependía de la velocidad con que fuera publicado y yo, como buen escritor pequeñoburgués, estoy habituado a escribir tranquilo, tomándome todo el tiempo necesario. Esta vez en cambio me encontré en la situación en que se encuentran los periodistas cuando tienen que hacer un artículo porque las máquinas están esperando. Fue un experimento apasionante pero no creo que estuviera plenamente realizado”, afirma Cortázar y con ello me concede un hecho: temo que Julio debió exprimirse literalmente para cumplir con la entrega de este documento. Para concretar el proyecto trasladó a esta novela muchos episodios de su vida, embozado en el personaje “Andrés”, hechos que no eran públicos. Julio revela su intimidad ideológica y literaria e incluso algunas escaramuzas amorosas. Pero justamente gracias a ese hecho, la inserción de Julio como “Andrés”, se fusiona el mundo real con el mundo literario. La ficción como mímesis de lo real se acrecienta.
En suma, sirva este volumen para señalar, nunca tardíamente, que Cortázar concibe la novela como una sucesión de fragmentos entrelazados que abrevan de la vida y de la literatura, eso es lo que él llamó “realmente lo verdadero”. Es ahí cuando la definición de puente que hace Julio nos sugiere una forma de encarar la realidad y la ficción, esa amalgama total. “La praxis intelectual (sic) de los socialismos estancados exige puente total; yo escribo y el lector lee, es decir que se da por supuesto que yo escribo y tiendo el puente a un nivel legible. ¿Y si no soy legible, viejo, si no hay lector y ergo no hay puente? Porque un puente, aunque se tenga el deseo de tenderlo y toda obra sea un puente hacia y desde algo, no es verdaderamente puente mientras los hombres no lo crucen. Un puente es un hombre cruzando un puente, che”, explica el propio Cortázar en Libro de Manuel, novela que critica ferozmente la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse en Argentina.
También creo que el paro nacional de mujeres del 9 de marzo es necesario. ¡Ni una menos, ni una más!