EL-SUR

Viernes 25 de Septiembre de 2020

Guerrero, México

Opinión

Y yo no dije nada

Florencio Salazar

Septiembre 15, 2020

 

La crítica existe porque hay alguien que produce obras.
Nuccio Ordine.

Las conversaciones son círculos que se expanden. Cae la piedra y crea el primer círculo, el doméstico, luego el inmediato del vecindario, enseguida el comunitario. Después del cuarto o quizá del quinto círculo, la conversación se vuelve extraña. Se habla de otros climas, de países ajenos, de los pleitos de desconocidos. Dejamos de ser para ser otros.
De todas las conversaciones son las públicas las que nos exponen. El que expone se expone, decía José Francisco Ruiz Massieu. Pero el que no expone es porque prefiere el territorio del silencio.
Los pocos cuando dominan a los muchos, es porque los muchos actúan bajo el criterio de no meterse en lo que dicen no importarles, aunque sí les importe. Después de la rebelión en la granja los cerdos –los animales más inteligentes– reforman los principios por los que lucharon todos los animales en contra del despiadado granjero. “Todos somos iguales”, y a esa primera declaratoria se le impone un agregado: “pero unos somos más iguales que otros”. Vuelta a lo mismo.
Es sobradamente conocida la ficción de George Orwell. Tras esta ficción sigue su gran obra sobre la terrible maquinaria del estado totalitario, en la cual está prohibido el amor. Al prohibirse el amor se prohíbe todo: la reproducción, es decir, el derecho a decidir. La Granja y 1984 son los semáforos amarillo y rojo, respectivamente, que anuncian uno, la prevención, y el otro, el alto total, que significa la inmovilidad y la obediencia.
Al tener presente esos semáforos, las preguntas que debemos hacer son: ¿se debe permitir el abuso del poder? ¿la individualidad es la comunión colectiva o la fragmentación egoísta del todo social? ¿cuál es el límite cuando sentimos amenazado el derecho de disentir? La historia es realidad y ficción. Por su conjunto –cargado de símbolos– somos creyentes de lo que hemos sido, de lo que creemos ser y lo que queremos ser.
Los símbolos son intangibles y unitivos. El poder del símbolo es superior a la voluntad individual. El ser colectivo, por el influjo del símbolo, se une como cardumen para defenderse juntos o perecer juntos. ¿Qué identifica a los mexicanos, además de la Virgen de Guadalupe, la Bandera y el Himno Nacional? ¿Qué valores estamos dispuestos a proteger?
Evidentemente nuestro fuerte no es defender a las instituciones ni a la democracia. El discurso de defensa de la soberanía nacional era saliva del nacionalismo revolucionario y ahora no queda ni aliento de él. La herencia española sigue vigente (“¡acátese, pero no se cumpla!”, “cuánto tienes, cuánto vales”). Entonces, ¿sigue teniendo reverberación el verbo, adjetivo, sustantivo, brillantemente expuesto por Octavio Paz?
El comportamiento colectivo está desordenado. Los golpes en la mesa son constantes y los controles inexistentes. Mejor que citar a Voltaire, recordar a Bertolt Brecht: “Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista/ Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista/ Luego vinieron por los judíos y yo no dije nada porque yo no era judío/ Luego vinieron por mí y no quedó nadie para hablar por mí”.
La piedra va a rebotar y romper la luna en el agua, a los débiles círculos de protección. El destino de una democracia sin demócratas es el caño.