Alan Valdez
Mayo 17, 2025
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Estudiantes, con ayuda de sus padres, desalojan los dormitorios de colchones individuales, lámparas y papeles doblados. Camionetas y personas con lentes de sol coordinan mudanzas y sudan afuera de los edificios departamentales del campus. Después de cuatro años de universidad, los padres, así como trajeron a sus hijos, ahora vuelven por ellos. Personas nuevas, con el brillo de un verano porvenir a la orilla de un lago, llenan sus vehículos con utensilios quién sabe si adecuados para su nueva vida.
Cruzo la avenida y llego al edificio. Voy a aplicar el último examen de español del semestre. Les agradezco a cada uno por su atención durante los meses. Doy indicaciones. El examen es en el sótano del edificio de lenguas extranjeras. Abro una de las ventanas para que se disipe el calor encerrado.
Escucho los pasos de personas en la banqueta exterior. Por el tono de sus voces, no tienen idea de que hay gente escuchándolos bajo sus pies. Mis alumnos también platican entre ellos. Apenas alcanzo a oírlos, pero los observo. No se parecen a nadie que haya conocido antes. Sudan. Lentamente sudan. Se apuran frases en inglés. Mueven las manos, apuntan, ríen, confirman. Yo los miro, pero no los entiendo.
Anoto al último alumno que faltaba por llegar. Les deseo buena suerte. Ellos atienden mi instrucción. Parece muy fácil todo, parece que no hay ninguna sospecha, hasta que, minutos más tarde, un alumno levanta la mano. Señala con el índice una palabra en la pantalla: langosta.
—What is a langosta? —me dice, tocando la palabra con el dedo.
Le contesto con otra pregunta:
—¿Te gusta el seafood?
En sus ojos hay una sensación muy cercana a la respuesta, pero solo cercana.
—Langosta is a fish? Is camarón? —me vuelve a preguntar.
Yo lo miro a los ojos, casi deletreándole la palabra con cada pestañeo. Duramos así unos segundos, hasta que otro alumno levanta la mano y me retiro, dejando en el aire un:
—Almost there… ya casi, ya casi.
Algunos, al terminar, me miran y no dicen nada más que adiós. Otros se acercan y se despiden dándome la mano. Algunos solo mueven la cabeza y sonríen. Unos más me desean un buen verano.
Pero hay un caso más específico.
Tengo un alumno de Corea del Sur. Usa nombre americano. Jackson. Estudia psicología y siempre llega temprano. Comparte sus impresiones del examen. Confía en que sacará los puntos completos. Yo también confío. Se lo hago saber.
Sus frases son de despedida. Antes de irse, abre su mochila. Me cuenta que en su país ha habido cinco mil guerras. Me habla de lo que hacía la gente durante siglos cada vez que veían barcos amontonándose en el Mar Amarillo. Me habla de volver a Corea después de cinco años.
Antes de darme el objeto, me dice que en Corea del Sur aprender idiomas es un rasgo de estatus. Me obsequia una máscara en miniatura: una pieza de madera, con un cordón delgado para usarla como colgante.
—Yangban tal —aclara, señalando la pequeña cara tallada.
Yo repito la palabra con el rostro burlón entre mis manos, y Jackson corrige mi pronunciación.
—Means good luck –dice–. I don’t need it anymore. You need it.
Nos damos la mano. Le digo que ha sido un placer tenerle como alumno. Le digo que ojalá no olvide el español que aprendió este semestre. Su visa expira en tres semanas. La próxima deja Estados Unidos.
¿Dime, Seungjin, yo cuánto tiempo estaré en este país?
El salón se vacía y yo me quedo con una sensación cercana a la respuesta, pero de nuevo, solo cercana. A ellos los conocí en enero, ya es mayo. Acomodo las sillas del salón de cómputo, cierro la ventana. Ya no se escucha a nadie afuera en la banqueta hablando mal de otro compañero de oficina. Apago las luces.
Al salir del edificio recuerdo una vez más las preguntas del examen:
¿Qué haces cuando tienes hambre? ¿Prefieres bistec o langosta? ¿Prefieres comer solo o con amigos? ¿Te gustan las frutas? ¿Qué haces cuando tienes sed?
Cuando tengo hambre yo como la fruta.
Prefiero yo langosta.
Prefiero comer.
Mi fruta la mora azul.
Yo tomo el vaso de agua.
Las tardes duran cada vez más aquí en este norte. Aún a las ocho y media se puede apreciar un poco del día en las comisuras del cielo. La labor de los padres y sus hijos se ha disipado. En la calle no hay más que estudiantes dirigiéndose en trote por la orilla del río.
El atardecer de hoy es desconocido para mí. No me recuerda ningún lugar. No me informa de direcciones nuevas. Es bellísimo, eso sí. Sus colores abarcan la misma sobriedad de párpado que tiene una uña. Maquillada del centro hacia afuera en rosas, blancos y morados. Pero no sé para quién se abre esta mano. No alcanzo a leerme en su signo. Me regala bien la sombra, bien la intuición de que hoy fue este día, pero por más, avanzan inútiles, y yo los veo.
Miro la máscara. Yangban. Practico mi pronunciación.
Yang-baan y la tarde.
Yang-baan y la tarde y sus pájaros burlones.
Pienso, una vez más, en los alumnos dejando el salón. Trato de recordarme a mí, dejando el salón cuando acabé la universidad.
No se logra una imagen clara, apenas un pasillo largo, iluminado naturalmente porque sus ventanales así lo procuraban. Llevaba el cabello igual de largo, o menos. No lo sé.
Sin embargo, el itinerario que siempre asocio a mi última vez en la universidad fue una conferencia sobre cómo leer. La daban dos profesores, ambos, para mí, siempre serán admirados protagonistas de mi formación universitaria. Habitaba en ellos la generosa suma de inteligencia y vida privada que los hacía seductores: hombres seducidos de sí mismos que, por fortuna, decidieron enseñar.
Los dos habían sido compañeros en la facultad. Claro que el gran rumor que giraba en torno a ellos era que su enemistad se debía a la vanidad y la competencia. Como alumno, disfruté de su riña.
Ese día el profesor de Santisteban, un entregado de la filosofía, dijo:
Les voy a compartir, y espero que también les sea de utilidad, una experiencia que yo he puesto en práctica en mi trabajo de investigación, inspirada por Nietzsche.
En una ocasión leí una frase suya que me pareció genial: “Desconfía de todo pensamiento que haya surgido estando sentado. Me pareció genial, ¿no? Y es que Nietzsche, en realidad, fue un pensador peripatético. Ese era su método: caminatas, caminatas largas en medio de la naturaleza.
Nietzsche es el más grande peripatético del siglo XIX. Y él redescubre lo que ya había descubierto Aristóteles: que hay una relación profunda entre el pensamiento y el movimiento del cuerpo.
Cuando acabé la universidad también pasó que comencé a trabajar en un call center. Atendía llamadas representando a una paquetería gringa. El trabajo consistía en asumir unas maneras corporativas de la puntualidad y, sobre todo, jamás, sin importar lo que esté ocurriendo del otro lado del teléfono, tienes derecho a colgar primero.
Saliendo de la universidad no me volví un peripatético. Pero hoy que trato de acordarme de qué es lo que hice en mi último día en la universidad, aquí, en este mayo de una década muy distinta pero consecuente con las distracciones anteriores, voy caminando, entregado a la idea de que el único instante en que mi cuerpo y el mundo van al mismo ritmo es al caminar bajo la luz de la noche y el día.
De regreso saco los plumones de la mochila. Rompo las listas, un corte tras otro hasta que mi criterio está de acuerdo con las formas y pedazos de papel. Son las 9 pm. Solo la luz artificial acomoda las calles. Leo las tareas finales de mis alumnos. Me doy cuenta de que no importa qué tanto mejore mi pronunciación y mi gramática, nunca voy a decir correctamente este mundo.
Los califico. He disfrutado observar cómo otros seres humanos adquieren una lengua de la que yo nunca podré estar dividido. Enseñarles español fue como si tuviera que explicar por qué mi fruta favorita es mi favorita. La respuesta más sencilla hubiera sido decirles: no sé, así se lo escuché decir a mi madre, y luego yo lo saboreé. Resultó que esa fruta tenía un nombre, y ese nombre estaba relacionado con el mundo.
Es decir: si la fruta caía magullada, los insectos se la comían, devoraban su azúcar traduciendo la carne de la fruta en algo químico. Pero si la fruta era robada del árbol, eso quería decir que había una decisión sobre el color y el temperamento del día. Y en ese caso, solo hay un tipo de verbos que tienen sentido.
Pero no, esa no fue la respuesta que les di. Y practicamos preguntas y respuestas:
¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? ¿Qué color es este?
Termino de revisar sus tareas. No tengo idea de si vuelva a ver a alguno de ellos. Seguramente. Por ahí, teniendo unas edades. Salgo a comprar cerveza para celebrar que he acabado de calificar.
En la tienda me piden mi identificación. Enseño mi pasaporte. En la foto de esa identificación yo tengo 23 años. Es la única fotografía de cuando yo tenía 23 años.
Guardo mis cervezas en mi bolsa. Camino de regreso a mi casa. Por la misma banqueta viene un grupo de universitarios. Son más o menos unos diez, doce. Al cruzármelos, el olor de sus lociones y desodorantes me acaba de dar la idea completa de la primavera.
Icónicos, ellos van a una fiesta. Y yo, tratando de ser disimulado, continúo tres aceras más hasta el patio de mi casa.
Una casa antes de la mía, otro grupo de estudiantes coincide conmigo. Escucho sus palabras. Yo sé inglés, me repito. Yo sé qué significa esto. Me siento espía, creo que no saben que yo los entiendo. Ninguno me mira, ninguno me sabe.
Yo sigo escuchándolos hablar del fin de curso mientras el tintineo de mis llaves se equivoca una vez más de cerradura.