EL-SUR

Jueves 23 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Yo con esta tengo

Silvestre Pacheco León

Mayo 18, 2026

Esto que les cuento pasó hace ya muchos años. Figúrense, era cuando todavía no se conocían los anzuelos y de todos modos la gente se las ingeniaba para pescar. Yo la verdad nunca me había puesto a pensar en la importancia que tienen esos pequeños inventos en la vida de la gente hasta que un día en una plática con un amigo de la sierra me dijo como si nada que antes, cuando se introdujo la ganadería en la Costa Grande, los ganaderos no ponían límite a sus posesiones y que por eso eran frecuentes los pleitos por los linderos entre vecinos, que fue hasta que llegó la invención del alambre de púas cuando cada quien reconoció con sus cercas alambradas la extensión de sus potreros. Los ganaderos cercaban los terrenos como suyos dependiendo de los rollos de alambre que podían comprar, me decía.
Y así como pasó con la ganadería la gente de la costa vivió su propia realidad con la pesca, cuando la industria no se había ocupado de que sus inventos llegaran a fabricar los anzuelos que, dicen, tuvieron su origen en Egipto.
Pero como, al fin costeños, los habitantes de la costa no podían vivir privándose de la pesca, de modo que entre los métodos que desarrollaron apareció el uso del machete cuando éste no solo tenía fines de arma de ataque y de defensa.
Yo no sé si en toda la costa, pero dicen que en la Grande esa pesca con machete se practicaba en las lagunas por la razón del agua mansa y la abundancia de pesca, que la técnica que llegó a ser muy depurada consistía en meterse al agua tratando de hacer el menor ruido posible, listo con el filoso machete en la diestra para que, vista la presa, con un certero machetazo pudiera herirla de muerte y con la mano izquierda presta para capturarla y echarla a la tirincha colgada del hombro.
Esa era la rutina de la pesca de robalo, liza y mojarra, ejemplares que entonces abundaban en las lagunas.
Bueno, lo que yo quiero platicarles es una historia de aquel tiempo y que nació en un pueblo costeño, ahora vecino de Zihuatanejo pero más antiguo que el puerto.
Sí, se trata de Agua de Correa, un pueblo dedicado a la agricultura y después a la ganadería y que para diversificar su alimentación se dedicó también a pescar, aun con la falta de anzuelos y de la atarraya. El pescado, a falta de refrigerador se conservaba salado y puesto a secar
Los campesinos usaban un filoso machete, tan cortante como para rasurarse los cachetes. Pescaban en grupo persiguiendo los cardúmenes en círculo para encerrarlos y luego pescarlos a machetazos. Un golpe certero lo resolvía todo. La técnica consistía en lanzar el machetazo con la fuerza y la inclinación debida para que la hoja afilada de metal no se desviara por la resistencia del agua y capaz de provocar un accidente si tocaba una rodilla. Por eso tomaban sus precauciones, el uno alejado del otro la distancia necesaria para maniobrar sin ponerse en riesgo, cuidando sus propios miembros. Todo en silencio, comunicándose con señas para no espantar a los peces.
Para los vecinos de La Correa el mejor lugar para pescar era la laguna de Potosí en el tiempo más adecuado para ello, que no sé si era cuando había luna, o con las noches oscuras, pero para la historia que quiero contarles, este detalle no importa tanto, sino el hecho de que, una tarde, en el tiempo de secas un grupo de hombres, entre vecinos, conocidos y familiares estaba reunido para tomar el acuerdo de ir a pescar al otro día. La salida sería muy de madrugada para llegar a buena hora a la laguna.
El líder del grupo era don Audelino, el hombre de mayor edad a quien se le reconocía la experiencia para confiar en él y en sus decisiones. Ya el grupo había acordado todo lo importante para el viaje, lo demás era tarea de las mujeres encargadas de preparar el bastimento porque de la tirincha y el machete cada quien lo veía por su cuenta.
Ya los participantes estaban prestos para irse a su casa y dormir a buena hora porque tenían que madrugar cuando don Audelino los detuvo.
–Una última cosa muchachos, como ustedes saben, aparte de lo divertido de pescar, todos vamos porque queremos traer pescado, no nada más a entretenernos y si desde ahora este joven no queda advertido, lo que pase allá en la laguna va a ser culpa de todos, no sólo mía –dijo dirigiéndose a Necho, el muchacho que se había ausentado del pueblo por algunos años y que precisamente ese día se había sumado al grupo cuando supo que se trataba de ir a pescar.
–Así que les propongo que tomemos ahora la decisión, o de plano le prohibimos que nos acompañe o le advertimos de que deje de hablar tanto porque ese quehacer de la pesca se hace calladito –agregó.
Necho, el aludido, reaccionó en el acto comprometiéndose a no hablar de más, agregando que desde chamaco él acompañaba a su papá a esa clase de pesca y que siempre les iba bien porque había aprendido lo que todo pescador de machete sabía.
Así advertido todos le dieron la razón a don Audelino porque en el pueblo Necho tenía fama de “hablador”, no de hablantín que son cosas distintas. Necho era de esas gentes que no saben escuchar y que se pasan la vida opinando de todo como si de todo supieran, llegando a ser chocantes por embusteros o “queda bien” como se dice en la costa.
Hechas las aclaraciones la reunión terminó quedando en juntarse en el mismo lugar en punto de las 4 de la mañana del siguiente día que era domingo.
La salida desde Agua de Correa fue como lo planeado. El primero y más puntual fue Necho estrenando su sombrero de palma, con huaraches y tirincha al hombro y el machete en la mano.
El hombre viejo del grupo echó punta en la fila india que lo seguía. Todos caminaban veloces administrando sus fuerzas, menos Necho que derrochaba su energía por la boca olvidando la advertencia de don Audelino.
Cuando llegaron a la laguna ya el sol empezaba a calentar y siguiendo el ritual acostumbrado los campesinos se sentaron bajo la enramada, se secaron el sudor, bebieron agua y quienes tenían el vicio de fumar sacaron su puro o cigarro para refrescarse, luego recordaron el orden para meterse a la laguna, repitiendo cada quien el nombre del compañero que iba a su derecha. Después se quitaron los pantalones y procedieron a entrar en la laguna en la formación acordada, todos callados.
Cuando dieron los primeros pasos el vecino más cercano de Necho le preguntó en voz baja si recordaba bien cómo era el machetazo. El joven respondió que perdiera cuidado, que su experiencia era vasta y que ya lo vería en seguida.
Solo se escuchaba el ruido del agua removida por los pasos de los pescadores cuando se escuchó de pronto el primer machetazo al entrar en contacto con el agua. Era Necho que se estrenó con el machete, luego la voz baja pero audible de su vecino que preguntaba.
­–¿Ya estuvo?
–Ya estuvo –le respondió Necho al punto del llanto.
–Y está grande? –le volvió a preguntar.
–Grande –dijo Necho– yo con esta tengo –le respondió cuando ya volvía sobre sus pasos entre el agua que se comenzó a teñir de rojo.
Advertidos de lo ocurrido desde que escucharon el machetazo todos salieron en tropel siguiendo a Necho. Le amarraron la pierna con los trapos que tuvieron a su alcance y luego se organizaron para llevarlo cargando en una hamaca hecha camilla hasta el Centro de Salud para salvarle la vida.