EL-SUR

Sábado 13 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Zihuatanejo, misión y destino II

Silvestre Pacheco León

Enero 21, 2018

Después de que esa tarde mis amigos se despidieron para emprender su regreso a la Ciudad de México, dejé a un lado mis pensamientos sobre la misión que me había traído a la costa y reanudé mi recorrido por las calles del puerto con el deseo de reconocer los lugares maravillosos de los que mi esposa hablaba cada vez que la plática nos llevaba por las experiencias de los viajes realizados.
No caminé mucho para ubicar la única calle pavimentada que conoció y que llevaba el nombre de Cuauhtémoc, en la que entonces tenía su terminal la línea de autobuses. Ahora contaba con el edificio de la biblioteca municipal y enfrente una plazoleta donde se exhibía el mural alegórico de la llamada raza de bronce. Rumbo a la playa Palmira encontraría ahora el Kapi coffie, un restaurante y café populoso que siempre vi atestado de gente, quizá porque era el único barato y con aire acondicionado.
Lo que me intrigaba un poco era la ubicación del café que ella conoció una tarde de paseo frente a la bahía donde conoció y probó el exótico pastel de especias por cuyo regusto se mostraba dispuesta a volver al puerto cada vez que lo recordaba.
Me dijo del lugar frente a la bahía como un sitio mágico al que la atrajo un anuncio a su paso, en el que se ofrecía pastel de especias para disfrutar la puesta del sol, con el café gratis, que intrigada había caminado por el promontorio de rocas que señalaba el cartel, hasta llegar a la cima desde la cual el cielo azul se reflejaba en la bahía.
El lugar no podía ser otro que el cerro de La Madera, me dije cuando lo ubiqué físicamente con mi vista después de haberlo repasado multitud de veces en la oficina de la Ciudad de México, ya cercano el día de mi partida.
Después de sortear el arroyo y andar por el empinado y angosto camino rocoso que en partes se convertía en escalinata, llegué también a la cima donde la vista era espectacular.
Al otear por el entorno de la bahía descubrí el Capricho del Rey, la vieja e imponente construcción de piedra en la otra orilla de la bahía de la que también me había hablado, como una seña más del lugar que recordaba.
El café afamado ya no estaba, pero la información que recabé me confirmó que el negocio existió efectivamente frente a esa playa, que la dueña era una mujer norteamericana, que había cerrado el negocio y ahora se hacía cargo de una tienda de ropa típica y artesanal frente a la playa Principal.
Palmira varias veces me describió como parte de la magia del puerto esa cafetería que recibía a los clientes con los ladridos de perros, todos inofensivos pero atentos de las visitas, que eran cuidados por la dueña.
El café se servía en la pequeña terraza frente al fondo azul del mar, enmarcado por las flores de las bugambilias.
Me dijo que mientras degustaba el pastel de especias con el aroma del café, se extasiaba en las tardes con la vista en la puesta del sol mientras el solitario velero atestado de turistas buscaba de regreso el abrigo de la bahía.
Después de disfrutar aquella belleza, volví sobre mis pasos de vuelta al centro y mientras caminaba con el ánimo resuelto, me entusiasmé de estar en estas tierras desconocidas con una misión para la cual me había preparado con dedicación.

Un trabajo privilegiado

Tenía 26 años y con esa edad convencido de que mi experiencia y formación eran bastantes para iniciar la empresa que daría sentido a mi vida.
Por eso con redoblado entusiasmo me dediqué a la búsqueda del domicilio que traía anotado como sede de la oficina de la que venía a hacerme cargo.
Ya anochecía cuando di con el lugar al final de la calle de Álvarez, localizado en la planta alta de un edificio a medio terminar, muy cerca del muelle municipal, entre el estero de las Salinas y el mar.
Satisfecho por los descubrimientos del día me regresé al hotel para preparar los documentos que formarían parte del archivo local del Secretariado Técnico de la Comisión de la Conurbación de la Desembocadura del río Balsas en Zihuatanejo. Se trataba de un organismo de planeación regional que dependía de la Presidencia de la República.
El secretariado, cuyo nombre kilométrico se simplificaba con el acrónimo de Conurbal, estaba integrado por los presidentes municipales de toda el área geográfica influenciada por los polos de desarrollo generados en la desembocadura del río Balsas, y por los gobernadores de Guerrero y Michoacán, quienes a convocatoria del gobierno federal, a través de la Secretaría de Asentamiento Humanos y Obras Públicas, se reunían en pleno periódicamente para conocer y aprobar los avances del Plan de Ordenación de la Zona Conurbada, que era el producto tangible que nos correspondía realizar.
El equipo técnico de Conurbal estaba liderado por Manuel Barros Nock, un funcionario liberal, sin filiación partidista, emparentado con don Javier Barros Sierra, aquel personaje quien de líder estudiantil pasó a ser director de la Facultad de Ingeniería de la UNAM y primer secretario de Obras Públicas durante el gobierno de Adolfo López Mateos, destacando después como rector de la Universidad Nacional durante el movimiento estudiantil de 1968.
En nuestro equipo había ingenieros y arquitectos, pioneros de la planeación y responsables de diseñar el crecimiento urbano de los pueblos de la región como recurso a disposición de los ayuntamientos interesados en ejercer la autonomía que constitucionalmente se les reconocía.
Otros profesionales nos ocupábamos de la elaboración del diagnóstico regional para el desarrollo, y de la evaluación de los productos encargados a despachos especializados contratados para identificar los proyectos de inversión y sus perfiles que pudieran encadenarse a la industria extractiva de Sicartsa y al desarrollo turístico de Zihuatanejo.
La apertura de las oficinas regionales respondían a la coyuntura política marcada por la elección de Cuauhtémoc Cárdenas como gobernador del estado de Michoacán y continuador de la política cardenista interesado en hacer realidad el desarrollo de la cuenca del río Balsas.
Aquella coyuntura política en la que también del lado guerrerense llegaría a la gubernatura un personaje progresista en relevo de Rubén Figueroa Figueroa, fue la que me permitió regresar a mi estado natal con un trabajo privilegiado al lado de personajes relevantes, en una zona afectada por una serie de problemas en los que destacaban las secuelas de la lucha guerrillera que se desarrolló en la sierra de Atoyac de 1967 a 1974.