EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Zihuatanejo, misión y destino IV

Silvestre Pacheco León

Febrero 04, 2018

El desarrollo excluyente

En la mañana del lunes 24 de septiembre de 1979 el ambiente en Zihuatanejo se me hizo más familiar, ya sin las secuelas de la lluvia del fin de semana.
Grupos de niños caminaban de prisa en las calles adoquinadas acompañados de sus padres, todos tratando de llegar a la escuela antes del toque de campana.
En mi camino a la oficina también encontré turistas con ropa playera y sandalias, en la más completa libertad ofrecida por la tibia mañana, lejos del frío de donde procedían.
El recibimiento fue cálido por parte de la administradora, la secretaria, el chofer y la muchacha encargada del aseo.
Todas eran personas de la localidad, excepto la administradora que había llegado de la Ciudad de México a Zihuatanejo varios años antes junto con su esposo, nombrado responsable de la expropiación de tierras y del pago de las indemnizaciones a los ejidatarios de Zihuatanejo, Agua de Correa y El Rincón, propietarios de las 2 mil hectáreas que comprendió el proyecto urbano del puerto.
Después de platicar con el personal acerca de las tareas encomendadas a la oficina a mi cargo y de responder dudas sobre cuestiones de la administración, me dediqué a trazar la estrategia para mi acercamiento físico a la región.
Comencé buscando en la ciudad un lugar para vivir, y en ese propósito confirmé lo que ya me habían dicho sobre la escasez de vivienda, pero gracias a las amistades de mi amiga Olga, la administradora de la oficina, pronto tuve a mi consideración más de dos lugares para rentar.
Descarté inmediatamente la propuesta de Ixtapa donde vivían los ejecutivos de hoteles, empresarios, políticos y funcionarios. No me gustó. Se notaba su alejamiento de la comunidad local y también era grande la distancia física que los separaba, además de caro y elitista.
El modelo urbano y turístico que implicaba marginar y separar físicamente a los estratos sociales me pareció deleznable.

Arraigando en la comunidad

El lugar más atractivo, salvo porque estaba muy aislado de la ciudad, era una casa en renta ubicada en la cima del cerro de La Noria, con una hermosa vista de la bahía, pero alejada de la comunidad.
Me decidí por una habitación que me ofreció la dueña de los bungalows El Milagro, al final de la colonia La Madera, casi al pie del cerro, frente al hotel Caracol, subiendo por la carretera escénica a La Ropa, en la zona turística. La tomé temporalmente esperando la oportunidad de encontrar algo a mi gusto.
Habituado a mi trabajo, en pocos días adopté el ritmo de la vida costeña que me ayudó para desaparecer los síntomas de la asfixia al respirar el aire caliente del medio día .
Luego me propuse aprender la parsimonia propia de los costeños al caminar, una de las características que define al verdadero zanca, como lo descubrí al paso del tiempo, su andar bonachón y a veces presumido, siempre relajado para no acalorarse, contrario a la urgencia que tiene al caminar la gente de la ciudad.
El rumor del mar que en las primeras noches me impedía dormir se convirtió en arrullo. Ya no despertaba sobresaltado al golpe violento de las olas con las rocas. Su movimiento de ir y venir arrastrando la arena hasta me parecía cadencioso, y aunque se tornara frenético en tiempo de lluvia huracanada, dejé de temer que llegara hasta mi cama, y entonces disfrutaba del fresco vaho marino.
Era la época en que no había restricciones en la costa para el consumo de carne y huevos de tortuga. Hasta había una planta de Productos Pesqueros Mexicanos en la orilla de la colonia El Limón donde hacían embutidos de carne de tortuga.
Por mi parte me hice asiduo consumidor de las tiritas de pescado, de barrilete o de pez vela, cocido con abundante limón y aderezado con rodajas de chile verde y cebolla morada que se promocionaban como uno de los platillos típicos de Zihuatanejo cuya invención todo mundo se adjudicaba.
Para comer era mi costumbre llegar hasta el restaurante de don Chico Ibarra en la playa de La Ropa, siempre ocupado en sacar los ostiones de su concha, parado bajo la sombra de uno de los mangles al pie de su enramada.
Él fue quien me aclaró que “sólo cuando hay huracán llueve” en Zihuatanejo, y cuando llueve, sea fuerte o despacio se inundan las calles del centro, eso lo aprendí yo.
La playa de La Ropa desde entonces era la más visitada por los turistas que en aquella época no dejaban de venir.
Recuerdo a un gringo piel roja que pasó aquí toda la temporada de aquel año. Llamaba la atención porque siempre corría a lo largo de la playa bajo el incandescente sol del medio día.
Se llamaba Lorenzo, y en su poco español le contaba historias de los mayas a las pequeñas hijas de don Chico.

Un monumento a la impunidad

Las edificaciones que había a lo largo de la carretera escénica, eran sólo las que tenían vista al mar como los hoteles Catalina y Sotavento, también el Irma y la discoteca Kon-tiki entonces de moda.
Arriba de todos ellos estaba por concluirse la construcción de el Partenón, aquel palacio que años más tarde sería conocido como el monumento a la corrupción que selló el período de gobierno de José López Portillo.
No se conocían entonces los lujos del interior, y sólo se hablaba, muy por lo bajo, que todo había sido copiado de aquella residencia dedicada a la diosa Atenea en la Acrópolis de Grecia.
Cuando en el gobierno de Miguel de la Madrid el Partenón fue abierto al público ya se conocía el libro Lo negro del Negro Durazo, escrito por José González González, el jefe de escoltas de Arturo Durazo Moreno, el dueño de esa ostentosa construcción financiada con los “entres” que en su carácter de jefe de la policía de la Ciudad de México cobraba a los agentes bajo su mando.
La ostentación del nepotismo o amiguismo de José López Portillo mediante el cual Durazo Moreno llegó a ser jefe de la policía y después general, fue recogido por la prensa nacional en las crónicas de la gira que el Ejecutivo federal hizo en sus últimos años de gobierno a Guerrero.
El presidente López Portillo inició su gira en la playa de Troncones. Nunca se supo la razón de la visita a ese lugar, pero la prensa dio cuenta del recorrido de la comitiva por los terrenos de vocación turística.
Después llegó a Zihuatanejo donde la prensa había creado cierta expectación hablando de la existencia de el Partenón.
Lo que ocurrió como colofón de aquella historia de corrupción e impunidad fue su visita a el Partenón en compañía de su dueño. Una puerta de seis metros de alto, semejando la residencia presidencial de Los Pinos era la entrada a un derroche de mármol, pinturas y esculturas esparcidas en un terreno de 2 hectáreas.
Cuatro recámaras con camas colgantes y espejos en el techo, una discoteca, un gran comedor y luego la alberca, y en el fondo la bahía, todo para el morbo.
Cuentan que después de su recorrido por el ostentoso derroche de lujo, en lugar de alguna reprimenda, el presidente exclamó:
–Pinche Negro! Hazme uno igual.