EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Zihuatanejo, misión y destino V

Silvestre Pacheco León

Febrero 11, 2018

Octubre

Octubre es como el cambio de prendas en la vestimenta del puerto, no sólo porque en ese mes han terminado las lluvias y con ello las avenidas pluviales que ensucian con lodo la transparencia azul de la bahía, sino porque encima de las tonalidades del verde, el paisaje se pinta con todos los colores de las flores del campo que en se mes reconocen el tiempo de madurar para dejar su semilla.
En los cerros que rodean y protegen la bahía sobresalen los bocotes floreados, esos árboles de madera preciosa que en la histórica deforestación del cedro rojo, devino emblemático en la región, perseguido para la construcción de casas porque es más resistente que el metal y maleable para fabricar las sillas mecedoras que adornan los corredores.
En octubre los bocotes se llenan de flores blancas, enracimadas y menudas con sus cinco pétalos sin olor, como si el simple color blanco fuera suficiente para llamar la atención.
El brote de sus flores dicen que es el recordatorio para los costeños de la proximidad del día de los Fieles Difuntos.
Y si los árboles de bocote con sus flores blancas se adueñan del paisaje rural, en la ciudad son los almendros los que proliferan, pero no por sus flores diminutas, sino por su densa sombra que refresca de los patios.
La gente dice que los almendros son árboles sabios porque sus ramas crecen como capas a modo de pisos o techos para dejar pasar el viento. Siempre están verdes y cuando sus hojas maduran toman un color rojo y amarillo como si el árbol se encendiera cuando lo tocan los rayos del sol.
Mientras todo eso sucede en la tierra, en la bahía es el color azul como espejo del cielo el que domina y hace resaltar en cada ola la espuma blanca que la adorna.
Las gaviotas con su blanco plumaje revoloteando en el aire son el alborozo de las nubes que con su sombra esporádica dan reposo y sosiego a los pescadores de atarraya y panga que en la bahía son los testigos directos de la riqueza que tienen a la mano.
Con ese espectáculo me despertaba cada mañana en aquel mes, cuando las lluvias en retiro me permitieron recorrer la zona conurbada de la desembocadura del río Balsas para entrar en contacto con los presidentes municipales, Ángel Torres Reyes de Coahuayutla; Rubén Pérez Espino de La Unión, Armando Federico González de Zihuatanejo. Todos ellos a punto de terminar su gestión, en 1980, un año antes que el entonces gobernador, Rubén Figueroa Figueroa.

El tsunami

Fue un día del mismo mes en el puerto cuando una mañana tranquila y en calma se tornó en agitación inusual. Caminaba rumbo a la oficina como se me había hecho costumbre, cuando en la calle me encontré un grupo de mujeres presurosas con la angustia reflejada en sus caras. Más adelante una señora pasó corriendo a mi lado llorando desesperada, llevando de la mano a cada una de sus hijas que vestían el uniforme de la escuela, y de pronto la calle principal se veía como si fuera un concurso de carreras, padres y madres de familia con sus hijos corriendo rumbo al cerro de la colonia Vicente Guerrero.
Fue la primera vez que escuché la palabra tsunami fuera de los libros que había leído sobre los fenómenos naturales en la costa michoacana donde en 1930 se había registrado aquel temblor y derrumbe en el fondo del océano, parecido a un tsunami.
Apresurando el paso llegué a la oficina donde sorprendido miré que la administradora nerviosa y balbuciente ponía cinta canela en las persianas de vidrio de las ventanas, con la supuesta intención de contener la fuerza del mar.
Atrás de mí entró su marido quien aparecía como el más asustado de todos, urgiéndola a marcharse con él para ponerse a salvo.
–Deja de colocar eso en las ventanas que de nada servirá porque han anunciado que la ola que viene mide como 15 metros de alto!, –dijo imperativo–.
Como el marido de Olga era una persona bien informada y con amplias relaciones en el gobierno le pregunté lo que sabía sobre el rumor de la llegada del tsunami, respondiéndome que la voz de alerta procedía de la oficina del Fondo Nacional de Apoyo al Turismo de la Ciudad de México, que estaba confirmada su proximidad como efecto de un temblor en alguna región de Asia, y que el puerto de Zihuatanejo iba a ser evacuado.
Todas las escuelas de la ciudad cerraron y mandaron a los estudiantes con sus padres, pero la mayoría de la gente se mantuvo en sus negocios como en un día normal. Me llamó la atención que el personal de la base naval continuaban con su rutina y que la guardia ni se inmutaba.
La radio que entonces se reducía a la estación de Variedades, propiedad don Mario Morales suspendió su programación para estar pendiente de difundir los comunicados oficiales.
La voz grave del locutor agregaba tensión al ambiente, pero sin confirmar nada sobre el rumor del tsunami.
Ni tan incrédulo como para desestimar esa alarma me encaminé por la carretera escénica de la Ropa hasta el Mirador, cuya altura me pareció superior a los 15 metros de la ola a que aludía el esposo de la administradora. Así podría ver desde un lugar seguro el espectáculo del mar retirándose, como preámbulo de la ola gigante que se esperaba, pero lo único que pasaba era el tiempo y la repetición constante del rumor del tsunami a través de la radio.
Fue hasta el medio día cuando se escuchó el desenlace del rumor. El locutor había anunciado la presencia del ex presidente municipal en la cabina de la radio. Se sabía que era muy allegado al gobernador y la gente suponía que por ello podría acceder a más información sobre lo que en aquel momento era crucial para la vida en el puerto.
Decía el locutor que el personaje daría un anuncio importante en torno al tsunami, que había logrado comunicarse con el gobernador Rubén Figueroa Figueroa, y que tenía un mensaje para el pueblo.
–Para informarle querido pueblo –dijo con voz engolada– que he hablado con el gobernador del estado quien les manda muchos saludos.
–Me ha dado su palabra de que el “jumani” no llegará al puerto.