EL-SUR

Sábado 13 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Zihuatanejo, misión y destino XI

Silvestre Pacheco León

Marzo 25, 2018

La figura del puerto El puerto de Zihuatanejo, definido por algún urbanista ingenioso como la figura de un plato roto, cuyos bordes lo componen los cerros Viejo, Ixtapa, del Almacén y Las Gatas, creció con las deformidades propias de la falta de respeto a la planeación que el mismo gobierno pagó. Los cerros que lo rodean constituyen el anfiteatro o baluarte de la ciudad que la protege contra los vientos huracanados y el efecto de los ciclones. El fondo del plato, la planicie que está al nivel del mar, frente a la bahía, fue la primera parte que se urbanizó para el desarrollo turístico, extendiéndose después a las laderas de los cerros sin orden ni concierto debido a la especulación con el suelo urbano. El mayor desacierto en la política de urbanización del puerto podía verse a simple vista en la parte plana de la ciudad, ocupada mayoritariamente por lotes baldíos acaparados por los especuladores del suelo. El alto costo de la tierra generado por la especulación auspiciada y solapada desde el gobierno, orillaron a los demandantes de vivienda popular a ocupar las faldas de los cerros y cargar sobre sus espaldas el alto costo de la urbanización. Así crecieron las nuevas colonias junto a los estrechos bordes de aquel plato roto, alejados de la vista y cercanía de la bahía que desde siempre se mantuvo como la zona privilegiada. El Centro y las colonias aledañas Cuando me fui a vivir al pueblo de Agua de Correa padecí la desorientación que sufren los visitantes lidiando con los señalamientos de tránsito para aprender a llegar de primera intención al centro de Zihuatanejo. Unas veces me pasaba los dos acceso que hay para el Centro. Cuando me daba cuenta del error ya estaba yo bordeando la laguna de las Salinas siguiendo el sentido de la única entrada al puerto. Otra veces tomaba equivocadamente el primer retorno de la avenida principal y me entrampaba en la glorieta de la plaza Kioto. De tan pequeña que es la colonia del Centro se me perdía, hasta que recurrí al mapa de la ciudad y me di cuenta que eran apenas tres las calles verticales que trazadas de norte a sur desembocaban en la playa principal, mientras otras seis horizontales trazadas de oriente a poniente las cortaban formando la cuadrícula de lo que podríamos llamar el primer cuadro. Pero en poco tiempo me propuse conocer la ciudad y las características que definían a cada una de sus colonias. Conocí primero el barrio de La Noria en el extremo oriente de la ciudad, asentado en el cerro de igual nombre, quizá el más antiguo de los asentamientos donde vive la mayoría de los que se dedican a la pesca. Allí se construyeron los primeros lavaderos comunales para las lavanderas de los hoteles, en torno a la noria que los abastecía y que le dio nombre a la colonia. Para evitar la vuelta a la laguna de Las Salinas que los dividía para comunicarse con el Centro, los vecinos construyeron un puente peatonal sobre el brazo de mar. Era un espectáculo ver el paso de los transeúntes por el tambaleante puente de madera, tan endeble y sin alumbrado que a menudo cobraba víctimas entre los alcoholizados. Junto al barrio de La Noria, siguiendo las manecillas del reloj, estaba la colonia Cuauhtémoc, cuyos habitantes protestaban siempre por la fetidez de la planta de tratamiento de aguas negras que funcionaba en ese lugar y descargaba sus aguas no muy bien tratadas a la laguna. La colonia Emiliano Zapata, que era la continuación de la Cuauhtémoc y colindaba con la Vicente Guerrero, se conocía como Los Hermanos, en alusión a que algunos de sus fundadores eran de la religión Testigos de Jehová, quienes en tiempos recientes había hecho su aparición en Zihuatanejo y eran la novedad caminando en grupos por las calles para dar la “buena nueva” a las familias, tocando de casa en casa. Junto a la Emiliano Zapata, siempre siguiendo las manecillas del reloj, comenzaba la colonia Vicente Guerrero, limitada por la la avenida Morelos, la única avenida que servía de acceso a la ciudad. Esa colonia siempre fue la más poblada y extensa porque creció a lo largo de la carretera que llevaba al municipio de La Unión subiendo la empinada cuesta del cerro de Las Antenas. Era conocida y reconocida porque en ella funcionaba la zona roja, donde el burdel más popular y concurrido por la gente local y visitantes era El Churro, que traía del puerto de Acapulco los espectáculos atractivos y de moda para los adultos. En esa colonia tenía su terminal la Flecha Roja, la del corrido del cantautor Óscar Chávez con su lema “Primero muertos que llegar tarde”, la cual funcionaba en un patio sucio y lodoso, bajo una huerta de cocoteros donde se hacinaban cargadores, taxistas y vendedores ambulantes. Entre todas las colonias de entonces la más atractiva para mi gusto era la de El Limón, fundada a la salida de la ciudad. Como estaba en la orilla era poco apetecible para quienes buscan la facilidad del transporte, sin embargo, más allá de la fetidez provocada por el poco cuidado que había en la planta de Productos Pesqueros de Guerrero instalada en ella, donde se industrializaba el tiburón y la tortuga, El Limón era el único lugar que mantenía parte de la selva original con sus árboles de mangle rojo, higueras y hujes entre los que discurría el arroyo del mismo nombre alimentado por un ojo de agua la mayor parte del año. Pero esa colonia era más conocida por sus fundadores, miembros de la hermandad espiritualista llamada Mariana Trinitaria, quienes se dedicaban a curar gratuitamente a gente pobre y desahuciada. En la última calle de la colonia que era el límite de la ciudad sobresalían cuatro casas de manufactura extranjera, donde vivían las familias fundadoras de la hermandad, lideradas por una mujer joven, guapa y de recia personalidad a quien todos conocían como Martha o La Güera. La historia de la colonia ligada con la vida de esa lideresa cuenta que sus fundadores eran avecindados afectados por la expropiación de tierras y la urbanización de la ciudad, quienes con la amenaza de quedarse en la calle buscaron apoyo con el entonces presidente de México, Luis Echeverría, principal impulsor del desarrollo turístico en Zihuatanejo del que también se hizo residente con una casa que se construyó rumbo al cerro de El Almacén. En esos días de desalojo vino el presidente para inaugurar uno de los grandes hoteles de Ixtapa y cuando pasaba por la colonia, doña Martha y sus seguidores le cerró el paso a la comitiva obligando al presidente a bajarse del autobús para atenderlos. Cuentan que al presidente le impactó la personalidad de la líder quien le demandó su apoyo para la reubicación y la reposición de sus viviendas. Cuando el presidente supo la labor social de la hermandad no sólo accedió a la petición, sino que les ofreció la construcción de su templo y una casa de curación que aún existen cumpliendo sus fines originales. Las casas en reposición fueron hechas todas de madera importada, los arquitectos hicieron un diseño especial para sus moradores y el clima de la región. Eran altas, de techos muy inclinados, con un entrepiso para recámara, construidas para resistir temblores y huracanes pero sobre todo para mantenerse frescas. Al frente de esa colonia se había detenido la construcción de la unidad Infonavit, la primera diseñada con altos edificios de departamentos, seguida por el terreno del Fovissste, ambas paralelas a la carretera federal, siempre en las faldas del Cerro Viejo, que es también el más alto del anfiteatro, donde se construyó la primera colonia de carácter residencial, bautizada como El Hujal, por sus legendarios y gigantescos árboles típicos de la zona. En el oriente, siempre dentro del anfiteatro natural formado por los cerros que rodean el puerto, se fundó la colonia Darío Galeana, en honor al primer presidente municipal que tuvo Zihuatanejo. Su colindancia rumbo a la playa era La Madera, cuya colonia posee la privilegiada vista a la bahía, la cual además del cerro que la protege comprendía el camposanto o panteón, inadvertido por la población debido al manglar que crecía en la desembocadura del arroyo de Agua de Correa. Cuando la recorrí por el lado de la playa me quedé impresionado por la barcaza que durante muchos años permaneció incrustada en el tallo de un árbol de camuchin, como si un gigante la hubiera lanzado cual proyectil fuera del mar. Entre la colonia La Madera y la del Centro todavía funcionaba el rastro municipal donde los bramidos de las reses, el balido de las cabras y el gruñir de los cerdos a la hora del sacrificio interrumpían el apacible silencio de la ciudad.