EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Zihuatanejo, misión y destino XII

Silvestre Pacheco León

Abril 01, 2018

El complot del teléfono

Desahogábamos el último punto de la orden del día en nuestras oficinas recién inauguradas, contentos de que podríamos aprovechar toda la tarde para la fiesta con la que los compañeros de la Ciudad de México despedirían a quienes se sumaron a la aventura de viajar a la costa para implantar la oposición de izquierda bajo la cobertura del proyecto gubernamental de organización y capacitación de productores, cuando la cara de gravedad mostrada por el responsable de las finanzas nos indicó que las cosas iban para largo.
Había que tomar medidas para resolver con urgencia la deuda acumulada del servicio telefónico, nos insistía, y aunque todos sabíamos que ese tema era reiterativo en las reuniones mensuales que daban cuenta de la insuficiencia de las cuotas para cubrir los gastos de la oficina, la novedad, al parecer, era el monto de lo adeudado.
Para explicarnos la situación, nos dijo preocupado que no se trataba sólo de la cantidad a pagar, sino que posiblemente había un complot en nuestra contra porque la deuda telefónica era de llamadas internacionales que nadie de la dirección conocía ni había autorizado.
Lo del complot nos llamó la atención a todos, porque habíamos sido muy cuidadosos con la administración de la oficina que, como Movimiento Revolucionario de los Trabajadores, recientemente habíamos abierto en una calle que hacía esquina con paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, frente a la Alameda Central.
En ese año, varios grupos organizados en las delegaciones del Distrito Federal y en varios estados de la República, habíamos dado el paso definitivo que nos ponía fuera de las filas de Partido Mexicano de los Trabajadores, cuya dirigencia parecía regatear la unidad con otras fuerzas políticas.
En nuestra oficina delegacional de Coyoacán, casi vecinos del domicilio del ingeniero Heberto Castillo, todos los miembros de la dirección habíamos trabajado a lo largo de cinco años alentando la unidad de la izquierda para terminar con la dispersión en la lucha por la transformación social del país, mientras veíamos que nuestra dirección nacional empeñaba todos sus esfuerzos en lograr el registro legal del partido por la tortuosa vía de reunir a los miles de ciudadanos en asambleas distritales, distribuidas en más de la mitad del país para obtener el registro definitivo, en vez de optar por el registro condicionado, como el alcanzado en 1978 por el Partido Comunista Mexicano.
Nosotros, los escindidos del PMT, queríamos ir a marchas forzadas a esa unidad de la izquierda de la que tanto se hablaba y tan poco se hacía.
Por eso, casi subrepticiamente dejamos el partido que dirigían Heberto Castillo y Demetrio Vallejo sin hacer aspavientos de las discrepancias, pues en nuestra actividad partidista a lo largo de cinco años habíamos destacado como el núcleo del partido mejor organizado y de mayor crecimiento en el Distrito Federal.
En el proceso de escisión, un grupo de pemetistas vino a trabajar a Lázaro Cárdenas y a Zihuatanejo en los fideicomisos de cada ciudad. Yo viajaba con frecuencia a la Ciudad de México en su representación, comisionado para participar en las pláticas con los integrantes del Consejo Sindical de la UNAM, dirigentes de aquel acontecimiento histórico de sindicalizar a los maestros y administrativos universitarios, entre quienes se encontraba José Woldenberg, y los finados Adolfo Sánchez Rebolledo, Eliezer Morales, e intelectuales como Rolando Cordera, Arnaldo Córdova y el filósofo Carlos Pereyra, quienes habían participado, junto con Gilberto Guevara Niebla, Raúl Álvarez Garín y otros dirigentes estudiantiles del 68, en Punto Crítico, la revista de vanguardia fundada en la década de los setenta.
Con ellos hacíamos esfuerzos conjuntos para conformar el Movimiento de Acción Popular que más tarde se integró con el Movimiento Sindical Revolucionario de la tendencia democrática de los electricistas, y la mayoría de los trabajadores de la industria nuclear para impulsar la formación del PSUM, el primer gran partido de izquierda
Aquel domingo, atentos al farragoso caso de la deuda telefónica que urgía pagar por lo estratégico que resultaba el servicio de comunicación para coordinar todas las actividades que se desarrollaban en el país, (recuérdese que en aquella época no había ni internet ni teléfonos celulares), veíamos que no se trataba únicamente de dinero, sino de un problema quizá más serio que era urgente atender.
Mientras tanto, habíamos completado los compañeros militantes el equipo que vendría a la costa, tres eran de la UNAM y uno de la UAM. Los técnicos los conseguimos después, procedentes de Chapingo y de otras escuelas técnicas.
Cuando el contador nos habló de llamadas telefónicas internacionales hechas desde el teléfono de nuestra oficina, cada quien hizo sus propias elucubraciones, pero en el fondo todos coincidíamos en el complot dirigido a dejarnos inactivos.
La oficina que rentamos había sido la sede de una organización de la masonería, una vieja construcción de la época de la colonia, toda de piedra, muy alta del techo y de gruesas paredes.
Hasta una cárcel y algunos objetos que nos parecieron de tortura encontramos abandonados en el lugar, pero como era una construcción céntrica, de renta casi congelada y fácil para llegar, no pusimos mayor objeción por lo lúgubre y pronto optamos por ocuparla.
Aquella tarde esperábamos saber más sobre las llamadas telefónicas que causaban el riesgo de perder el servicio, pues habíamos establecido un control estricto de los aparatos encargados nada menos que a mi paisano, Anacleto Ramos, quien se desempeñaba como coordinador nacional del trabajo campesino y se encontraba presente.
Antes de escuchar la pregunta del destino de las llamadas, el contador, con el recibo telefónico en la mano se adelantó para informar que era un sinnúmero de llamadas a Rodesia.
Entonces, sorprendidos, volteamos a mirar expectantes la explicación de Anacleto, sin faltar quien comentara socarronamente si ya habíamos establecido relaciones de solidaridad con el partido de Nelson Mandela en Sudáfrica.
Mi paisano Anacleto con el desenfado habitual de los costeños respondió explicando que como estaba a cargo de la oficina se la pasaba ahí con su familia y que después de conocer lo que el contador exponía cayó en la cuenta de que últimamente su esposa le platicaba noticias de su comadre que vivía precisamente en Rodesia, pero no en el territorio sudafricano que ese año dejaba de ser colonia británica, sino en el pueblo de Tecpan, en la Costa Grande guerrerense, que tenía el mismo nombre de aquella ciudad sudafricana.
Entonces, descubierto el complot, una risa generalizada llenó el salón mientras se escuchaba que Anacleto se comprometía a pagar el recibo telefónico, previa reprimenda que daría a su mujer por hablar con su comadre sin su autorización.