EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Zihuatanejo, misión y destino XIX

Silvestre Pacheco León

Mayo 27, 2018

La unidad de la izquierda

En 1980 la izquierda partidista en nuestro país caminó decidida hacia la unificación, contradiciendo toda la experiencia anterior de las capillas sectarias y la lucha fratricida.
En ese proceso de unificación encabezado por el PCM yo recordaba siempre aquella pregunta de principiante formulada en una asamblea de mi organización en la que algunos de mis compañeros avezados veían cierta dosis de ingenuidad y otros inoportuna o candorosa, el caso es que siempre quedaba sin respuesta satisfactoria la razón de tanta división en torno a una causa común.
A pesar de las diversas concepciones del mundo y de las interpretaciones particulares de la realidad que cada organización formulaba, a mí me quedaba claro que en su mayoría eran en exceso contemplativas, que se quedaban en la abstracción olvidando la excitativa de Carlos Marx de cambiarlo en la práctica.
Yo entendía la fuerza de los matices en la interpretación que cada organización tenía sobre la realidad nacional, pero nunca comulgué con la idea de la imposibilidad de llegar a puntos de acuerdo para alcanzar la unidad, y con la suma de fuerzas acelerar los cambios para atenuar la desigualdad que ya desde entonces mantenía en la pobreza a la mayoría de la población.
Muchas de las conquistas sociales de avanzada, escritas en la Constitución, eran letra muerta por falta de fuerza en la oposición pulverizada.
Las conquistas más cercanas a nuestra práctica que pretendíamos hacerlas realidad estaban contenidas en el capítulo de las garantías individuales de la Constitución, la organización y manifestación de las ideas y la libertad de tránsito.
Por ejercerlas, en aquel tiempo, uno corría el riesgo de ir a la cárcel debido a las disposiciones que el gobierno autoritario imponía. Por eso los mítines sin permiso de la autoridad tenían que ser relámpagos en la capital del país, dar el mensaje o la denuncia y desaparecer en lo que llegaba la policía.
Las publicaciones para manifestar puntos de vista o propuestas o denuncias discordantes del gobierno eran inexistentes o marginales, como los panfletos y volantes elaborados de manera artesanal, que no tenían más alcance del que le daban las propias organizaciones.
Hasta las paredes de la ciudad estaban vedadas para manifestarse, y uno tenía que salir de pintas para escribir a la carrera y en la noche las consignas del momento, a sabiendas de que estas duraban pocas horas para ser leídas, antes de que las brigadas de trabajadores llegaran para borrarlas.
En Guerrero para colmo nuestro eran los retenes militares en las carreteras de la costa el método impuesto para el control estricto de la movilidad de las personas.
Diariamente se producían vejaciones y abusos contra los pasajeros, desde el registro ilegal de las pertenencias hasta el robo descarado de equipaje o la incriminación falsa, acusando a cualquiera de transportar cosas prohibidas como forma de represión.
Por eso cuando al año siguiente se hizo público que el Partido Comunista abrazaba con decisión la idea de buscar la unidad orgánica de los partidos de izquierda fusionándose en uno solo, nuestro entusiasmo creció pensando que al fin eso era posible.
Las diferencias entre las organizaciones se superaron de tan buen modo que me pareció ridículo que el debate se centrara en lo símbolos a utilizar.
Claro que no era cosa menor dejar de lado el universal de la hoz y el martillo con el que se identificaba el PCM, en aras de marcar distancia con uno de los poderes mundiales representado por la URSS en aquellos años, como lo pretendía el nacionalismo revolucionario del PMT.
No le faltaba razón al ingeniero Heberto Castillo sobre el peso de los símbolos y eso lo constatamos después en el medio rural donde el adoctrinamiento contra el comunismo llegaba a ser fanático, pues seguían creyendo que además de ateos los comunistas eran partidarios de repartirse a las mujeres, quitarles sus hijos y redistribuir la riqueza despojando a los pobres de su patrimonio.
Eso lo vimos en los años siguientes, cuando las campañas electorales incluyeron las giras proselitistas por todo el territorio. Las amenazas armadas en la zona serrana de gente que se sentía afectada en sus creencias y modos de vida nos obligó varias veces a suspender los mítines.
Mientras tanto en Zihuatanejo la vida seguía y nosotros nos congratulamos del surgimiento del Movimiento de Acción Popular dirigido por intelectuales valiosos como Rolando Cordera, Adolfo Sánchez Rebolledo, Gustavo Gordillo, Carlos Pereyra.
La unidad habitacional del Infonavit

En el año del nacimiento del MAP se inauguró en Zihuatanejo la segunda unidad habitacional del Infonavit que fue la primera en desarrollar edificios de tres plantas en los terrenos que ocupaba el antiguo campo de aviación, entre los arroyos del Limón y Agua de Correa, cuya pista iba desde el hotel Zafari hasta la vecindad con los terrenos de la estación de autobuses Estrella de Oro, en la entrada a la ciudad.
El acontecimiento fue muy importante porque tuvo un impacto inesperado en la sociedad del pequeño pueblo de Agua de Correa donde nosotros vivíamos.
La mayoría de los jefes de familia entusiasmados por el acceso al crédito barato optaron por dejar sus lugares espaciosos y frescos al pie del Cerro Viejo, por las reducidas, calurosas y promiscuas casas del Infonavit, con la única ventaja de que vivirían en la ciudad, distante apenas diez minutos, lo cual les daría la categoría de citadinos en vez de pueblerinos.
Nosotros, en aras de que nuestra hija no perdiera a sus amistades con las que crecía, optamos por lo mismo y dejamos aquella casa fresca y espaciosa con su ambiente de pueblo para hacernos otra vez a la ruidosa vida urbana.
El cambio no era menor porque ese mismo año nació Iroel y con él sumamos cuatro en la pequeña tribu familiar.