Érika P. Buzio / Agencia Reforma
Ciudad de México
Gerardo Tamez (Chicago, 1948) se define como un músico capaz de moverse con igual soltura entre el rigor del conservatorio y la vitalidad de los sonidos tradicionales mexicanos.
Guitarrista, compositor y arreglista, su carrera de más de seis décadas ha sido un puente constante entre estos dos mundos.
Galardonado con el Premio Nacional de Artes y Literatura 2024, en el campo de las Bellas Artes, Tamez representa una corriente esencial en la cultura mexicana: aquella que valora por igual la creación académica y las raíces folclóricas.
Inició su camino en la música de la mano de Los Folkloristas, fundado en 1966. De hecho, el grupo debe su nombre a su madre, Rosa Elena Domínguez.
“Los ensayos eran en mi casa”, recuerda en entrevista Tamez. Llegaban Rubén Ortiz y José Ávila. “Ahí aprendí que la música folclórica no es sólo sonido, sino historia viva”.
Esa experiencia marcó su camino.
“La labor de Los Folkloristas fue importante no sólo como músicos, sino como investigadores y gestores. Para mí, sigue siendo una época fundamental en mi lenguaje como compositor”.
La experiencia de estar en contacto con los hacedores de música folclórica le dio, reconoce, una identidad y una riqueza cultural impresionante, y esa influencia se nota en su quehacer.
Su formación, sin embargo, fue dual: junto al folclor absorbido en casa, estudió en el Conservatorio Nacional de Música. Una experiencia que le permitió confrontar el canon europeo dominante con las sonoridades locales de la tradición.
“Todavía tenemos una educación musical más inclinada a Europa, pero ya hay apertura para valorar lo nuestro”, señala.
Esta dualidad ha sido su sello: “Soy un músico anfibio”, bromea, al referirse a su habilidad para transitar entre la música académica y la tradición popular.
En 1976, Tamez compuso Tierra mestiza, obra que se convertiría en su carta de presentación.
“Tomé un poco del son jarocho, de la chilena guerrerense, del huapango y del mariachi. Todo eso es música mestiza”, explica.
El estreno de la obra esa misma década en el Palacio de Bellas Artes fue un parteaguas: “El teatro se caía de aplausos. Si tenía dudas de ser compositor, ahí se disiparon”, recuerda.
La pieza es hoy interpretada en múltiples dotaciones y países, desde ensambles de guitarras hasta orquestas sinfónicas.
“No se trata de copiar lo tradicional, sino de integrarlo con creatividad”.
Mantiene con Los Folkloristas una relación estrecha. El grupo, junto con la Orquesta de Cámara de Bellas Artes y el actor Eligio Meléndez, interpretarán el próximo 20 de noviembre De murmullos, un homenaje a Juan Rulfo en El Cantoral a 70 años de la publicación de la novela Pedro Páramo.
En el estreno de esta pieza, en Oaxaca, en 2017, Tamez incluyó unas partes de guitarra para darse el gusto de tocar con la banda del Centro de Capacitación Musical y Desarrollo de la Cultura Mixe (Cecam).
“Me siento muy orgulloso de haber penetrado en ese espíritu rulfiano”, dice, mientras en el vestíbulo de su casa cuelgan varias obras de Pablo Rulfo, su amigo e hijo del escritor.
Tamez es también fundador del ensamble Tierra Mestiza, dedicado a difundir la música de concierto mexicana y latinoamericana con raíces en el folclore y la música popular, que cumple 20 años, y lo celebrará el 13 de septiembre en la Sala Carlos Chávez de la UNAM, donde estrenará Paisajes de son, un recorrido por los sones regionales.
“La tradición no es estática, se renueva con cada generación”, asegura.
Para Tamez, la guitarra es un instrumento que desdibuja fronteras.
“En Alemania, me sorprendió ver a músicos tocando el guitarrón o aprendiendo rasgueos mexicanos”, cuenta.
Su exploración abarca desde el barroco con el fandango de Santiago de Murcia y el fandango jarocho hasta influencias árabes, como descubrió mientras se preparaba para un concierto en Marruecos con la arpista Mercedes Gómez.
“Escuché un Román Castillo (romance novohispano, antecesor del corrido) en forma árabe y entendí que la música es un viaje de ida y vuelta”, plantea.
De la mano de Javier Hinojosa, estudioso de la música antigua, se entusiasmó al descubrir la huella del barroco en el folclore de México: “Dije: ‘de aquí soy’”.
Ir a contracorriente
“Hubo épocas en que marginaban mi música por no sonar ‘europeizada’”, confiesa Tamez.
Del propio Arturo Márquez, compositor, hubo quien dijo: “Ah, qué decepción de Arturo Márquez, se está volviendo peligrosamente popular”, recuerda.
Pero, al respecto, Tamez revira: “¿O sea que por ser ‘peligrosamente popular’ ya no vale la pena?”.
Alguna vez, el crítico José Antonio Alcaraz, después de escuchar el arreglo de Tamez para terceto de guitarras del Huapango de José Pablo Moncayo, le escribió: “Hay voces que no aprueban lo que haces, pero sé fiel a ti mismo”.
Ese consejo, confiesa, le valió oro.
Si los vientos han cambiado, lo atribuye a la insistencia. No sólo suya sino de colegas como Márquez, un amigo de muchos años y el primero en felicitarlo por el Premio Nacional.
“Tratar de parecerse a algo que no es de nuestra cultura, en algún momento puede parecer interesante; técnicamente está bien hecho, pero a lo mejor expresivamente no lo es”
Hoy, ve con esperanza a jóvenes compositores que, como él, abrazan lo local sin complejos.
“Para ser internacional, hay que ser local”, parafrasea al compositor y director de orquesta brasileño Heitor Villa-Lobos.
Mientras tanto, Tamez sigue creando.
En su estudio conviven su guitarra de Paracho y uno de sus regalos más preciados, una guitarra azul, pintada a mano, cuando dirigió en Tixtla, Guerrero, a una orquesta de niños y jóvenes con un programa de sus obras.
“El Premio (Nacional) me dice que valió la pena insistir”, reflexiona.