John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) siempre es un autor impredecible que sorprende al lector. Lo ha hecho desde sus primeros libros en donde su pluma, su estilo, es deslumbrante por su originalidad y por la belleza de sus imágenes. A tal grado es purista, que ha dicho que en una novela el estilo nada con brazadas elegantes, mientras la historia patalea torpemente detrás. También sorprendió a los lectores cuando el mejor prosista de la lengua inglesa, según nada más y nada menos escritores de la talla de Javier Marías o Martin Amis; dio un giro hacia la novela policiaca, adoptando el pseudónimo de Benjamin Black.
Fue fascinante que aquel purista Banville, quien escribía sobre Galileo Galilei o Isaac Newton, ahora se pusiera el sombrero de escritor de novela policiaca y se enfocara en la pederastia católica de los años 50 y los problemas de la calle y la sociedad de Dublin. Así fue como comenzó la saga que podemos llamar Quirke.
Banville, siempre inteligente, lanzó entonces a la prensa frases un tanto escandalosas como esta: “me gusta ponerme el sombrero de escritor de novela policiaca, pues mientras como Banville me tardo tres días escribiendo trescientas palabras; como Black puedo escribir tres mil en un día y salir tranquilamente a dar una vuelta por la tarde”.
Así, con este impulso, ha entregado hasta ahora de la serie Quirke (no deja de ser impresionante que también ha seguido escribiendo como John Banville), El secreto de Christine (2007), El otro nombre de Laura (2008), En busca de April (2011), Muerte en verano (2012), Venganza (2013), Órdenes sagradas (2015) y ahora, Las sombras de Quirke.
Todas están ambientadas en el decadente y atrasado Dublin de los años 50. Un mundo, una lluviosa ciudad, con fantásticos pubs con Guiness y whisky, que ya es familiar al lector de la saga. Son novelas policiacas en donde el patólogo Quirke –así, siempre tan sólo por su apellido–, entra a los casos porque estos llaman a su puerta, no es ni un detective ni un policía, es un médico que se siente más cómodo con los muertos y quizá por esto investiga la causa que hayan perdido la vida.
Quirke escarba y desentraña una ciudad de la que está cansado, pues dice, “estoy harto de este país, de sus secretos y de sus mentiras”. Un Dublín dominado por la iglesia católica que mete las narices por todas partes.
En la saga, naturalmente, algunas novelas son mejores que otras, pienso que las mejores son la inicial, El secreto de Christine, El otro nombre de Laura y la más reciente Las sombras de Quirke.
Se trata de una novela en donde el pasado vuelve para atormentar a un Quirke que se encuentra en pausa, agobiado por el alcoholismo, la soledad y la culpa; decide ir a recluirse a la casa de su hermano político. Pero cansado de su descanso, vuelve cuando se entera de un sospechoso suicidio. Es entonces cuando aparece el otro gran personaje de la serie, Phoebe, su hija y compañera de investigación. Benjamin Black teje una cuidadosa telaraña de misterio sobre los personajes. Son los años 50 y resulta que el muerto es hijo de un comunista. Para nosotros, lectores del siglo XXI quizá nos quede un poco lejos entender de buenas a primeras lo que significaba serlo en un país católico hasta la médula. Pero ser comunista no solo era ser víctima del desprecio y el desprestigio, si no poner la vida en peligro.
Me parece que en esta novela, y por eso la considero de las mejores, Banville comienza a confundirse con Black. Pues al parecer se siente cada vez más cómodo bajo el sombrero de su médico-detective, y así, Quirke piensa cada vez más como el narrador Banville, por ejemplo: “Amor, había decidido Quirke hacía mucho tiempo, era una palabra que las personas utilizaban cuando sus emociones las sobrepasaban y no sabían qué hacer. Era igual que decir que alguien era un genio o un santo”.
Aparece el narrador íntegro, el que domina la lengua, concreta un estilo y crea imágenes como esta: “dos cisnes avanzaban en el agua…, criaturas tan pálidas como para poder ser sus propios fantasmas”. Y florece, finalmente, también el autor policiaco que conoce la fórmula para construir una encrucijada que nos tiene al filo del asiento. Donde Quirke, cada vez más agobiado por la ciudad, por su hija y por su pasado; decide que lo mejor que puede decirse a sí mismo, es “bébete ese whisky y pide otro”.
(Benjamin Black, Las sombras de Quirke, México, Alfaguara, 2017. 304 páginas).