REGISTRO DE CONTRIBUYENTES
Me gusta Joan Sebastian
La semana pasada comenté que el Congreso Local debiera ser no solamente más exigente en los recursos que se invierten en el desarrollo cultural guerrerense, sino supervisar que las inversiones atiendan a un proyecto claro, imaginando que éste exista. En su caso, el propio Congreso tiene facultades para demandar la implementación de una política cultural.
Sin embargo, confieso que fui demasiado optimista al creer que el Congreso tenía una comisión de cultura. Y no, no hay.
Hay una comisión de educación pero no de cultura, y si la comisión de educación no es suficiente para atender sus propios asuntos, menos lo será si le encomiendan la cuestión cultural.
La nota puede verse muy bien en ocho columnas: No hay cultura en el Congreso Local. Y no estaríamos tan errados. Salvo contadas excepciones, los argumentos de nuestros diputados son, por llamarlo de la mejor forma, muy charros. Sus intervenciones en tribuna, sus explicaciones y consideraciones son muy tristes.
Por eso conviene que ahora que se renovará el Congreso Local, se creara una comisión de cultura que atendiera los asuntos que en el sector existen en nuestro estado. De modo que las instituciones públicas que deben implementar programas para brindar bienes y servicios culturales a la sociedad guerrerense, se sometan al escrutinio de tal comisión y se exija un trabajo no solamente eficaz cuanto pertinente con nuestra realidad social.
Una comisión legislativa en materia cultural hubiera evitado, por ejemplo, que se aprobara la desafortunada ley que rige la operación del Instituto Guerrerense de la Cultura. Una ley –cuyo autor es un triste jurista que radica en el puerto de Acapulco que jamás ha enfrentado el infinito error de su redacción– no debió pasar así, tan sin pena por el Congreso Local.
Se aprobó sin estudio, sin análisis, y claro, ahora tenemos que esperar a que surja otra iniciativa para hacer las modificaciones pertinentes, que son muchas, al texto.
Por eso es importante que exista una comisión de cultura, para que los funcionarios culturales rindan cuentas, comparezcan y sean evaluados por nuestros representantes. Después de todo en materia cultural los daños son irreversibles. Por ejemplo, suspender las becas a los creadores durante tanto tiempo y que ningún representante popular diga esta boca mía, es muy preocupante.
Por cierto, la anécdota es estupenda. La referiré sin permiso de uno de sus protagonistas y por ello no lo citaré por su nombre. Un compañero de una estación radiofónica en Chilpancingo recibió a los candidatos a puestos de elección popular en la pasada elección federal. Así durante su turno en vivo desfilaron candidatos de todos los colores y sabores, lo relata de la siguiente manera: “ahí es donde aprecias el nivel que tenemos, no sabían responder, no había posibilidad de diálogo porque están muy en su papel de soy el bueno y ganaré, y la verdad es que son medio chantitos.”
Un buen día, muy temprano, recibió la visita de un aspirante al respetable puesto de senador por Guerrero. Llegaron dos suburbans, cuatro guaruras, tres secretarios, cuatro celulares y una señora gorda a revisar el lugar donde se entrevistaría al candidato.
Le preguntaron el tiempo que demoraría la entrevista y le advirtieron que debía ser rápida porque tenía un compromiso importante, un desayuno, y que estaban con retraso. –Claro, añadiría un servidor, con retraso siempre han estado. Llegó el candidato y el conductor le saludó y le pidió que detallara su propuesta política para el auditorio. El candidato puso los ojos en blanco, se concentró y expresó palabras más o menos como las siguientes: “la propuesta de fulano de tal –hablando en estúpida tercera persona–, es clara, sin simulaciones, de cara al pueblo y sincera, honesta, firme y decidida. Voy a estar cerca de las colonias, cerca de las personas que me brindan su apoyo, voy a traer recursos a nuestra tierra, empresas. Puedo mirarles de frente porque no tengo nada qué esconder. Así, con responsabilidad, ganaremos esta elección”.
Este compañero que no comprende aquello de quedarse callado cuando un entrevistado es negado para el habla, le lanzó la siguiente pregunta: ¿qué propondrá en el senado si le favorece la elección?
La respuesta habla por sí misma: “Haremos un trabajo integral, incluyente, donde todos, pobres y ricos, amas de casa y choferes, voten por nosotros. Ganaremos la elección”.
Se escucharon porras de los acompañantes, aplausos y el compañero decidió concluir la entrevista concediéndole al candidato la oportunidad de elegir la canción que más le gustara para programarla.
Al preguntarle sobre su cantante favorito, sin dudarlo un instante, decidido, el candidato respondió: “Me gusta Joan Sebastián”.
El conductor, que como repito no sabe de cortesías, le preguntó si habría otro autor que le gustara que estuviera incluido en el perfil de la estación, que lamentaba no tener música de Joan Sebastián para complacerlo pero que tal vez hubiera por ahí otro intérprete que sí tuvieran.
La respuesta fue acorde con la propuesta política: “No, me gusta Joan Sebastian”.
Queriendo esta vez conceder terreno, el conductor le preguntó que cuál canción de Joan Sebastián prefería, ya que aunque no la escucharían, al público le interesaba conocer los gustos del candidato.
El candidato respiró profundo, ojos en blanco otra vez, pulso alterado y voz quebrada: “Me gustan todas, pero sobre todo Juliantla, me encanta Joan Sebastián”.
Mi amigo asegura, y no tengo por qué dudarlo, que una lágrima traicionó al entonces candidato, la emoción se hizo evidente, hubo sinceridad en sus palabras como en ningún candidato pudo observar jamás.
Todos los presentes lo miraron con ternura, lo imaginaron cantar a lágrima viva aquella estrofa que dice: “ese pueblo en la montaña donde tengo mi cabaña y mi razón de ser, a Juuuujuliantla”. Y compartieron la emoción, y nadie se atrevió a pronunciar palabra alguna.
Ni modo, la anécdota es así de simple, ganó la elección, hoy es senador por Guerrero y le gusta Joan Sebastian.
Y en su trabajo parlamentario lo demuestra, sobradamente.