Familiares de pacientes de la clínica de Enfermedades Mentales del Hospital General de Acapulco denunciaron que en cuatro meses no se ha surtido el medicamento risperidona inyectable, utilizado en personas que padecen esquizofrenia.
“Quisiera que mi hija se muriera antes que yo, desgraciadamente a ese grado he llegado”, dijo Rosa Morancheli, de 74 años, cuya hija, de 23 años, fue diagnosticada con esquizofrenia paranoide y no ha recibido la risperidona inyectable en los últimos cuatro meses en el hospital.
Como ella, otros 50 pacientes de la clínica de Enfermedades Mentales se quejaron por la falta del antipsicótico inyectable.
En declaraciones afuera del hospital, unos 10 familiares de pacientes dijeron que llegaron a las 5 de la mañana a la farmacia por el medicamento de depósito o de acción prolongada y que controla a los enfermos de esquizofrenia, pero que les informaron que no estaba en existencia en el almacén.
Contaron que incluso un enfermo que iba amarrado de las manos sufrió un ataque paranoico y tuvo que ser internado.
El señor Héctor Carmona Ávila, de 78 años, expuso que él es padre de dos mujeres, de 44 y 42 años, que sufren esa enfermedad mental y que una de ellas requiere más urgente el tratamiento; “se me ha puesto muy enferma e incluso no quería ni venir, quería salirse de casa y me quería matar porque estaba muy nerviosa”.
En diciembre, un grupo de pacientes se quejaron que el hospital tenía tres meses sin suministrarles el fármaco, pero en los primeros días de enero se restableció el abasto del ansiolítico para una población estimada de 579 pacientes que acuden a la clínica para tratamiento contra la esquizofrenia, de un censo de mil 432 personas con algún trastorno psiquiátrico.
Ayer la señora Rosa Morancheli, de 74 años, madre de Delfina, quien a sus 23 años necesita una dosis de la risperidona inyectable cada 15 días para trata su esquizofrenia paranoide, dijo que su hija como una persona violenta, que se ha brincado las rejas de su casa, insulta y pelea “con todo mundo”.
Delfina es hija única y a pesar de la falta del medicamento inyectable, indicó Rosa, ha optado por darle el fármaco en otra presentación: “le tenemos que dar pastillas en la comida porque no se deja”.
Dijo que la inyección sí le funciona porque es una vez cada 15 días y las pastillas son cada ocho horas.
Señaló que la falta del tratamiento de septiembre a diciembre le ocasionó ataques.
Se dijo estar desesperada porque sobrellevar la enfermedad de su hija no ha sido fácil, “desgraciadamente hasta mi madre, en paz descanse, me dijo que mi hija no tenía nada, que la corriera. Nadie comprende a uno, solamente las madres que los parimos nos preocupamos por ellos”.
Doña Rosa confesó lo que en los primeros 10 años de vida de Delfina se negaba a pensar y ahora que son sólo ellas dos ya se atreve a decirlo: “Yo me voy a morir y no sé quién va a cuidar a mi hija, quisiera que mi hija se muriera primero, desgraciadamente a ese grado he llegado”.
La señora Margarita González contó que en la mañana vio a un paciente amarrado, “nos hicimos a un lado para que él pasara pero no hay ese medicamento, somos 50 personas aquí afuera”.
Señaló que al no recibir nadie respuesta sobre el medicamento, acudió a la subdirección y allí las secretarias les pidieron que esperaran porque no hay fecha, que les querían dar pastillas “pero no funcionan”.
Habló de las dificultades que como hermana vive, “hablo por mi familiar que está muy mal, se mata y no se mata”.
Explicó que llegó al hospital a las 5 de la mañana y que la atención de médicos y enfermeras es buena, “el joven que tuvo un ataque paranoico e iba amarrado fue socorrido”.
La risperidona inyectable tiene un precio en farmacias de mil 500 pesos, además de ser un medicamento controlado es difícilmente costeable para los familiares de las personas enfermas afiliadas al Seguro Popular.
La señora Margarita indicó que desde hace medio año sólo les dan citas los fines de semana, y que el comportamiento de los enfermos mentales ocasionaba conflictos con pacientes de otras especialidades atendidos entre semana; “los quitaron de consultas de lunes a viernes porque ya mero se mataban con otros y no es posible que no les den ese medicamento”.
Defendieron que ese fármaco no les ocasiona a los enfermos reacciones secundarias como somnolencia ni sedados, y son capaces de reintegrarse socialmente.
El sábado, otros pacientes también pasaron por la misma situación y sus familiares firmaron un escrito dirigido al gobernador Héctor Astudillo para pedir que se atienda su demanda porque el desabasto del medicamento provoca que los enfermos recaigan y en la mayoría de los casos atentan contra su propia vida.
